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Miguel Maura al aparato

por Eduardo Juárez
11 de febrero de 2024
EDUARDO JUAREZ

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Un pueblo con el corazón roto. Derriban la presa de Veganzones

Ángel Serrano

EL ACUEDUCTO DE SEGOVIA: VENGAN Y VEAN

Es Gutmaro Gómez Bravo un historiador para tener en cuenta. Catedrático de la nueva escuela, tiende a construir redes de conocimiento y a trasladar su amplia experiencia hacia aquellos lugares donde los jóvenes interesados en ver el pasado con ojos de futuro puedan encontrar cobijo. Asiduo visitante de los seminarios que organizamos en el Real Sitio de San Ildefonso desde 2011, Gutmaro tiene por costumbre introducir su fina vista en el debate, analizando la causa plausible y la consecuencia del hecho histórico hasta lograr sacar toda variable reseñable de lo que pueda ocurrir a consecuencias de lo ya ocurrido. Buen amigo y Maestro de quien escribe, Gutmaro suele lanzarme bocanadas de reflexión de vez en cuando, consiguiendo que este que suscribe gaste tiempo en rebuscar fuentes primarias que permitan argumentar lo dicho por el Maestro o rebatirlo, lo que rara vez ocurre. Entiendan que, llegados a este punto, un historiador de la trascendencia de Gutmaro nunca da puntada sin hilo, ni sentencia sin fuente documental que lo atestigüe.

Así que, centrado en hacerme profundizar en muchas de aquellas cosas que o bien doy por sentadas o dejo fluir en la corriente del desinterés, Gutmaro me lanzó una andanada hace apenas unos días mediante un mensaje corto de aquella red social donde la mentira permanente y la patraña frecuente tienden a embotar el razonamiento del personal, imbuido éste en la fuerza de la palabra corta y al pie. Reflexionando acerca de la deriva que el liderazgo político experimenta no sólo en este país, sino en el conjunto global de los sistemas democráticos parlamentarios, Gutmaro citaba como ejemplo la memoria de Miguel Maura y su asunción de la democracia surgida tras las elecciones de abril de 1931 y la suspensión de la monarquía por parte de Alfonso XIII justo antes de abandonar España en un extraño exilio autoimpuesto. Líder claro del ala monárquica y conservadora, Miguel Maura logró integrarse de forma eficiente en el primero de los gobiernos provisionales de la II República, ocupando el ministerio de la gobernación en aquellos años en que se cocinaba la primera constitución democrática parida por parlamento español alguno, por más que se esfuercen en lo contrario los defensores de las constituciones de 1869 y 1873. Entiéndanme que me niegue a aceptar democracia alguna donde no se cuente con todos aquellos que forman la sociedad que la soporta y, sin mujeres con derechos íntegros y permanentes, no hay libertad que valga.

Este político madrileño, nacido en Madrid hacia 1887, era vecino ocasional y habitual del Real Sitio de San Ildefonso, ocupando desde los años veinte, si no antes, una de aquellas casonas solariegas que surgieron como setas primaverales en los aledaños de la casa del duque de la Torre y del campo del polo diseñado para deleite del monarca dimisionario. Supongo que introducido en este Paraíso por su señor padre, Miguel Maura, heredero del llamado “Maurismo”, acostumbró a dejar pasar los estíos en compañía familiar a la sombra de los membrillos en flor, buscando quizás en el frescor que la sierra regala al caer la tarde la renovación que su padre nunca supo llevar al conservadurismo español.

Así, en efecto, se ha de entender el ocaso de aquel coloso de la política regeneracionista que fue Antonio Maura. Más preocupado por evitar que el cambio le alcanzara desde abajo, se esforzó cuanto pudo en inmovilizar los gobiernos presididos por Alfonso XIII en los años del colonialismo norteafricano, de la expansión sin medida del movimiento obrero enfrentado a la desigualdad social y, por poner algún ejemplo de sus diatribas esenciales, de la militarización galopante de una tendencia política que nada bueno habría de regalar a la pobre España, enferma de esos y otros múltiples padecimientos. Enfrentado a las asociaciones obreras engarzadas por la Internacional, Antonio Maura pareció no ver venir la catástrofe política inherente al reclutamiento forzoso, la ausencia de políticas de integración social y la insurgencia africanista enquistada en las fuerzas armadas, razón por la que la Semana Trágica de Barcelona se lo llevó por delante.

Si bien es cierto que el señor padre de Miguel Maura siguió paseando su aseada y blanquecina barba califal por parlamentos, cortes y reales sitios, el liderazgo de la derecha monárquica española cayó en barbecho durante un periodo extremadamente largo, por más que se dispusiera Eduardo Dato a cubrir un espacio complejo en un régimen encelado en no ver que el cambio necesario lo consumía todo.

Muerto el patriarca conservador en 1925 y el supuesto sucesor en un repugnante atentado cuatro años antes junto a la Puerta de Alcalá, Miguel Maura pasó a ocupar un puesto significativo en el panorama conservador patrio. Firmemente convencido de que la república podría llegar a ser una solución integradora, este conservador nacido en la defensa de la monarquía acabó por fundar el Partido Republicano Conservador, contradiciendo a todos esos ignaros actuales que entienden la república como algo revolucionario y cuasi comunista, negando cabida alguna al pensamiento republicano moderado representado por este madrileño y otros tantos como Melquiades Álvarez, hoy casi olvidados.

En lo que se refiere a este Real Sitio, Miguel Maura siguió acompañando los atardeceres eternos que hacen brillar la torre de la catedral segoviana mientras riela entre ámbar y dorado el triste meandro que acontece al Eresma en su paso bajo el puente de Santa Cecilia. Así le sorprendió el golpe de Estado de julio de 1936 entre las mesitas que alegraban el ambigú del Hotel Europeo y la terraza emparrada de su casona alquilada. Dicen algunos testigos del momento que Miguel Maura, asustado por la gravedad del asunto, se apresuró en llegar hasta las oficinas de la delegación del Patrimonio de la República para hacer una llamada al presidente Azaña con la intención de buscar un entente cordial que dejara a los militares en sus cuarteles, la política en el congreso y a cada uno en su casa.

Si le respondió Manuel Azaña tras escuchar la propuesta de un gobierno de concentración, lo desconozco. Eso sí, me imagino a aquel buen hombre al aparato, que diría Miguel Gila, esperando que ese rayo con que muere el sol por la cima del risco de los Claveles alumbrara el poco seso con que el ser humano alimenta su estupidez congénita en esos momentos de absoluta trascendencia.
Quiera la fortuna que, en las llamadas venideras de conciliación y respeto democrático, el aparato que dejó mudo a Miguel Maura nos dé esa oportunidad que todos nos merecemos.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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