Cada año que termina invita al balance y cada año que comienza trae promesas de mejora. Éste he decidido empezar a cuidarme. Nada de apuntarme a un gimnasio ni entrenar para una maratón. No. Algo más sencillo, más razonable, al alcance de cualquiera.
Para empezar, revisaré mi dieta. Es bien sabido que una alimentación saludable y equilibrada es la base de todo. El desayuno, la comida más importante del día, será completo: avena integral, fruta, leche o queso, un yogur para cuidar la flora intestinal y un huevo. Todo ello acompañado de un té verde, manzanilla o rooibos, degustado sin prisas.
A la hora de comer, legumbres y verduras de distintos colores —repletas de fibra, vitaminas y oligoelementos esenciales—, pescado azul y aceite de oliva virgen, ricos en omega-3, poca sal y algo de ajo que dé alegría mediterránea a los guisos. De vez en cuando, chocolate negro en pequeñas cantidades. Todo en raciones medidas, las justas para mantener el peso bajo control. Fuera el azúcar. Y no olvidar masticar despacio.
La cena será ligera y consciente: proteínas magras combinadas con abundantes vegetales y grasas saludables, con una pequeña porción de carbohidratos complejos. Nada de frituras ni excesos que dificulten la digestión y perturben el descanso nocturno.
La compra merece especial atención. Evitar ultraprocesados, leer etiquetas, descartar productos con largas listas de aditivos (E-xxx). No es tanto: apenas cuarenta segundos más por artículo, unos quince minutos adicionales en el supermercado a cambio de una vida más larga, más plena y, por supuesto, más responsable, por unos miserables cuatrocientos euros mensuales: una cifra perfectamente asumible…, para quien no tenga otros gastos.
Dormiré ocho horas diarias. Me hidrataré con un par de litros de agua y repartiré cinco piezas de fruta a lo largo del día. Daré un paseo cotidiano de no menos de diez mil pasos, preferiblemente por el campo, respirando aire puro y disfrutando de la luz natural. Añadiré estiramientos y algo de ejercicio de fuerza —no más de diez minutos— para mantener el cuerpo en forma.
Reservaré un rato para la meditación, seguido de media hora de lectura de poesía o clásicos que serenen el alma. Limitaré el uso de pantallas, prestaré menos atención a las noticias y dedicaré ese tiempo a mis aficiones. Cuidar el cuerpo y el entorno mediante acciones sencillas será otro de mis objetivos: limpieza, orden, higiene, cuidado de la imagen personal y todo aquello que favorezca el bienestar corporal y la salud.
He hecho cálculos y no es difícil cumplirlo todo. Basta un poco de voluntad y dedicar poco más de diecisiete horas y media al día a estas pequeñas cosas. Y aún quedarían seis horas y media para trabajar, desplazarse, atender obligaciones y socializar. Más que suficiente. ¡Querer es poder!
¿No le parece a usted un buen plan? Ya veo: no se lo puede permitir. Claro. Es lo que tiene ser pobre, no disponer de tiempo, tener familia, vivir en el mundo real, sufrir la inflación y comprobar cómo los huevos o el aceite de oliva cotizan casi como el oro. Pero piénselo bien: ¿no merece el esfuerzo? Quizá rehipotecar su casa o mudarse al extrarradio, vender el coche, alquilar un hijo… Seguro que encuentra la manera. Hágame caso.
Siempre puede consultar el portal «Estilos de Vida Saludable» del Ministerio de Sanidad, con secciones específicas sobre alimentación equilibrada y herramientas prácticas. Su Gobierno se preocupa por usted. Verá como allí encuentra las respuestas y, con un poco de suerte, también el tiempo.
Mientras tanto, mens sana in corpore sano, para quien pueda permitírselo. Para el resto —cada vez más nutrido—, con permiso de Arcadi Espada y Jaume Boix, mens sana in corpore insepulto. Por ahora.
