La propaganda es la manipulación a través de las emociones del individuo. Con la excusa de la complejidad del pensamiento político, el objetivo es que la sociedad se someta de manera sumisa y convencida a los postulados pretendidos. Es el arte de esgrimir a través de noticias falsas, dobles raseros, medias verdades y otras argucias manipulativas, versiones emocionales de la realidad ante una sociedad apática, crédula y con enormes tragaderas. Es una parte importante de los estados modernos autoritarios que nos dicen: ¡Creed en mí y todo irá bien! La propaganda según Goebbels “es el arma más afilada que poseemos”. Más que argumentos buscan aborregamiento.
Vivimos en una sociedad polarizada en buena medida debido a que el gobierno está más pendiente de vender su modelo ideológico revisionista y “neorevolucionario” que en gestionar la sociedad que le hemos entregado. Y para que su deambular no sea reprochable, la propaganda tiene un papel crucial. Veamos. Si introducimos una rana en agua hirviendo, saltará fuera inmediatamente con ligeras quemaduras, pero si la introducimos en agua tibia y vamos calentándola despacio, acabará cocida sin comprender lo que ha pasado. En esto consiste la propaganda manipulativa, en calentar poco a poco el agua en la que está sumergido nuestro marco democrático de sociedad (modelo de transición, monarquía parlamentaria, poder judicial, medios de comunicación…). Y para eso se utiliza una pretendida superioridad moral y el valor de los símbolos, absorbiendo aquello que moviliza las emociones sociales para convertirlo en un arma ideológica y de cambio. En España la comunicación simbólica se ha convertido en propaganda y se utiliza de forma capciosa; desde la extrema izquierda se han apropiado del concepto “libertad” y de la “vis pública” y desde la derecha, de la patria y la bandera, como si en nuestros días una cosa fuera incompatible con la otra.
La sociedad —cada uno de nosotros— nos dejamos manipular por ficciones simplemente porque son afines a nuestro pensamiento, asumiéndolas de manera irreflexiva, incluso complaciente, simplemente porque nos suena bien la música o porque arremeten contra aquello que denostamos. ¡Mea culpa! Lo hacemos sin tamices, sin análisis ni reproches, sin indagaciones sobre la realidad de las cosas. La comodidad hace que nuestra capacidad de razonar sea superada por la molicie al aceptar sin esfuerzo aquello que otros han pensado por nosotros; asumimos su argumentario como propio sin crítica ni revisión. Los manipuladores políticos —“fontaneros” les llaman algunos— conocen la capacidad de olvido de la sociedad. Y así nos va. ¿Quién no ha escuchado soflamas sobre la alarmante falta de médicos en Madrid? Y tal vez sea cierto, pues según el Ministerio de Sanidad, Madrid es la segunda comunidad de España con más profesionales de la medicina y la sexta en ratio por cada 1000 habitantes, por encima de la media nacional. Y así con todo. Partiendo de ahí, cuantos más sanitarios, mejor, claro. A fin de cuentas, la manipulación usa nuestras emociones —tal vez la expectativa de cambios— como mercancía para vender y perpetuar su modelo. “El arte de la propaganda consiste en comprender las ideas emocionales de las masas”, decía Hitler. Y eso parece que lo han comprendido bien nuestros gobernantes.
El ciudadano necesita detenerse a pensar. Es urgente que lo hagamos. Debemos preguntarnos cómo hemos llegado a tal punto de deterioro y enojo social como para cuestionamos lo que somos, fomentando lo que nos separa para olvidar lo que nos une, degradando las razones de nuestra historia para avivar la ignorancia interesada. ¡En nosotros mismos comienza la manipulación! Y para combatirla sólo cabe la autorregulación de la ingenuidad; la reflexión propia; la crítica constructiva sin visceralidad; la reprobación y el tamiz de las conclusiones precocinadas que nos entregan. Pero además hay otro problema; como buenos españoles, siempre pensamos que el equivocado y que el que consume propaganda es el que piensa distinto. Pues bien, siendo así, repitan conmigo: “Hola, soy español y soy manipulable” .