En la última década, el sector agrario ha pasado de unas producciones medias de unos 41.000 millones de euros a la cifra récord la campaña pasada ligeramente por encima de los 44.000 millones de euros. En el mismo período, los gastos en medios de producción utilizados para ganar en eficiencia, productividad y calidad pasaron de 16.000 a 21.000 millones de euros, un incremento muy superior, lo que se reflejó en un deterioro de las rentas netas de la actividad que iniciaron una racha de recortes hasta la ligera recuperación en 2013.
En el comportamiento de las rentas juega un papel muy importante el volumen de las producciones, pero, sobre todo, el valor de las mismas en los mercados en origen y el coste de los medios que adquieren agricultores y ganaderos para desarrollar su actividad. En ese proceso de negociaciones también tiene un papel fundamental el peso de cada una de las partes, tanto a la hora de vender como a la de comprar, escenario donde se pone en evidencia quién manda en el campo. Dicho en otras palabras, quién tiene la capacidad para quedarse con esa parte de valor añadido que tienen todos esos productos que se comercializan en ambas direcciones.
Desde la perspectiva de la comercialización y venta de sus productos, el sector parte de una clara posición de desventaja por dos razones. Primera, por la existencia de una grave dispersión en la producción, más de 300.000 trabajadores con una oferta dispersa que no se ha superado por la existencia de cerca de 4.000 cooperativas u otras entidades asociativas, aunque en conjunto facturan más del 40% de toda la producción final agraria. Segunda, por tratarse en muchos casos de producciones agrícolas de carácter perecedero, o de ganaderías, fundamentalmente de avicultura de carne, donde los animales tienen fecha de salida para evitar sobrepesos, aumento de costes y pérdida de precios.
Los pequeños, por su escaso volumen a comercializar, tienen que acudir los canales de los intermediarios o tratar de abrir nuevas vías a través de las ventas directas, mercados locales, tiendas cercanas o Internet, lo que se conoce como canales cortos o simplemente a las industrias agroalimentarias. Los productores individuales de mayor volumen o las entidades asociativas, a la salida se encuentran con los grandes grupos de distribución con mayor capacidad para imponer sus posiciones.
De acuerdo con las disposiciones comunitarias y, en España reforzadas por la reciente Ley de la Cadena Alimentaria, a la hora de comercializar un producto es obligatorio la firma de contratos por escrito en todas las operaciones que se desarrollen a lo largo de todo el proceso. Ese contrato debe contener, además de un precio, el resto de las condiciones que obliguen a cada una de las partes. Es un paso positivo en defensa de los intereses de los productores en origen. Pero ese peso se diluye automáticamente si, a la hora de fijar ese precio, nos encontramos con un sector desorganizado frente al poder dominante de la gran distribución o de las industrias alimentarias. Esta situación se agrava si además se trata de productos frescos, de difícil conservación, como sucede con los casos de la leche o de los productos frescos como frutas y hortalizas.
En lo que afecta a la compra de los medios de producción, de acuerdo con los datos manejados en un reciente informe del Parlamento Europeo sobre la cadena de suministros agrícolas, su estructura y sus efectos sobre la actividad agraria en el conjunto de la UE, solamente seis empresas fabricantes de productos agroquímicos controlan el 75% de las ventas en ese mercado, mientras tres lo hacen en el sector de las semillas. Este elevado grado de concentración, según denunció el eurodiputado francés José Bové, se traduce en una fuerte dependencia de ese tipo de medios de producción y, sobre todo, en un mayor aumento de los precios cuyo incremento entre los años 2000 a 2010 cifró en un 60% en los costes de la energía, el 80% para enmiendas del suelo y los fertilizantes, un 36% en maquinaria y el 30% en las semillas, mientras los precios de los productos agrarios en el mismo período solo habían subido un 25%.
España no es una isla aparte de lo que sucede en la UE y, aunque existe libertad de mercado, la realidad es que, la hora de la verdad, solo son unos pocos los protagonistas. En el caso de la energía, el mercado lo controlan cuatro grandes grupos que se reparten el territorio; sucede lo mismo si se habla de combustibles o en la comercialización de los fertilizantes.
Frente a este elevado grado de concentración de la venta de los medios de producción, aunque en los últimos años el sector ha dado pasos para centralizar las compras, la realidad es que se halla muy lejos de tener una posición de igualdad con el peso que tienen los proveedores.
Se han potenciado las centrales de compras, las adquisiciones a través de las estructuras cooperativas y también el desarrollo de acuerdos desde todas las organizaciones con carácter provincial, regional y finalmente de ámbito estatal.
Sin embargo, queda mucho trecho por recorrer. Actualmente, unos costes de producción exclusivamente altos no es solo consecuencia del poder de los grandes grupos, sino del escaso interés que tienen en muchos casos agricultores y ganaderos para organizarse y defender sus intereses, tanto para vender como para comprar.