En sus últimos días aún podemos ver en las salas de exposiciones del Teatro Juan Bravo la exposición que el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua ha organizado, con carácter itinerante por distintas ciudades de Castilla y León, en colaboración con la Diputación provincial de Segovia, sobre «Los orígenes del español».
Hemos podido constatar, no sin pena, la escasa presencia de público interesado por esta valiosa exposición, auténtico muestrario de joyas de documentos originales sobre el inicio de la lengua española. La exposición recupera textos y documentos de gran valor en la historia de la lengua castellana, convirtiendo incluso en irrelevantes viejas y superadas disputas sobre la lengua, al margen de otros intereses ideológicos, políticos o de poder.
Es admirable la supervivencia de la lengua española, de ahí el interés por sus orígenes en geografías dispersas, cronologías extensas, intereses siempre plurales y funcionalidades cambiantes, como la vida misma, como la cultura misma, de la que la lengua es sin duda principal reflejo y artífice. Si miramos el origen de los documentos expuestos, León, Burgos, Covarrubias, la Liébana, Verdemarbán, Sahagún, Valpuesta, entre otros, vemos la relatividad de las etiquetas con la historia posterior ha querido manosear la principal virtud de un lengua como es la comunicación, el entendimiento mutuo en pos de una convivencia. Estos documentos nos aportan muchos datos valiosos para filólogos e historiadores, juristas y antropólogos, pero sobre todo otros muchos mensajes para la ciudadanía llana sobre la lengua como el principal tesoro de una colectiva, su principal capital muy por encima de otros recursos materiales y financieros tan efímeros e incluso tan injustos. La lengua sin embargo es un bien colectivo, el más igualitario, el más democrático. Precisamente para cuestionar otros usos espurios de las lenguas que tanto discriminan y nos complican, deberíamos ver y saber leer los mensajes que podemos obtener de exposiciones como la que ahora comentamos. Al igual que la crisis profunda actual nos pone delante de muchas y variadas preguntas sobre el hombre y su destino y nos ha despertado una enorme y razonable curiosidad por nuestros orígenes como grupo, como especie, recordemos los recientes descubrimientos paleontológicos del Abrigo del Molino en Segovia, por no hablar de Atapuerca, colas de visitantes debiera haber en esta exposición para conocer y repensar alguna de las varias cuestiones que nos interrogan en la actualidad sobre la lengua, sobre la cultura, sobre nosotros mismos.
Es una muestra reducida, lo que siempre se agradece por este mundo de ajetreos que sufrimos, pero no nos engañemos porque son documentos de una valía tan relevante como únicos. La exposición se articula en cinco grandes áreas temáticas: Documentos, Cartularios, Beatos, el Mío Çid, los Becerros de Valpuesta
El público tiene la oportunidad de conocer Documentos altomedievales castellanos y leoneses de alto valor para el estudio del nacimiento de la lengua española, al margen de que la tal España aún no existiera como entidad política que absorbiera el peso del idioma, como la ‘Nodizia de Kesos’ (segunda mitad del s. X), el «Privilegio rodado de Alfonso X, Fuero Real de Burgos», el ‘Tratado de Cabreros’, tratado de paz entre Alfonso VIII de Castilla y Alfonso IX de León, considerado el primer documento real escrito en lengua romance canonizada. Así como otros documentos de relación de bienes, donaciones y concesiones varias, incluso pleitos.
En cuanto a los Cartularios, podemos ver piezas como el Crismón y signo rodado del «Privilegio rodado de Sancho IV» (s. XIII), el «Libro de las Estampas (Testamentos)» (s. XIII) y muy especialmente los «Becerros Gótico y Galicano de Valpuesta», colección de 187 documentos muy variados de los siglos IX al XIII.
Entre los Beatos expuestos, muchos de ellos originarios de los «escritorios» monásticos de Castilla y León, destacan el Beato de la Biblioteca Nacional A 1, el Beato de las Huelgas, el Beato de Turín, y un fragmento del Beato del Monasterio de Silos. Joyas universales que despiertan toda la admiración imaginable.
El último bloque se centra en la figura de Rodrígo Díaz de Vivar (Ego Rodericus) y se exponen, además del Cantar de Mio Cid, diversos documentos emanados de su figura: Carta de Arras (1074), documentos de donación a la Catedral de Valencia, uno del Çid (1098) y otro de Dª Jimena (1101) y la «Historica Roderici» del siglo XIII.
En todos los casos, los documentos y materiales expuestos cantan las hazañas de reyes y héroes, se glosan textos religiosos y también recogen humildes textos en los que se registran distintas tareas de la vida cotidiana, redactados con frecuencia en trozos de incunables de forma irregular, plena adaptación al soporte.
En ellos, los amanuenses de en torno al año mil escriben en un latín que a duras penas puede ya contener la irrupción del romance que corría de boca en boca, un romance que hoy hablan cientos de millones de personas.
Finalmente decir que si de la mano de la Semiótica en el siglo XX hemos sacado todo el provecho posible a la propuesta de que todo arte es lenguaje, bien podemos decir de los documentos de esta exposición que también el lenguaje, desde sus mismos orígenes, es arte y con mayúsculas. No solo en las coloristas y magistrales ilustraciones de los Beatos y los crismones reales, sino sobre todo en los variados tipos de escrituras, de la visigótica semicursiva rústica a la letra de privilegio real, de la gótica documental a la carolina, de la visigótica redonda a la carolingia. El arte y el diseño contemporáneo han convertido las tipografías en uno de los campos de experimentación y de creación de todas las vanguardias. Ya ven.
