Víctor García Sanz, de 26 años es natural de Segovia, aunque su familia procede de Cabezuela y de Rebollo. Fue uno de los pocos escogidos para disfrutar de uno de los 200 visados que se ofrecen en nuestro país para viajar a Nueva Zelanda. Habla de cómo trabajó en las granjas y plantaciones a cambio de alojamiento y algo de dinero, para poder viajar y descubrir los tesoros naturales que esconde este país situado en las antípodas españolas. Cuenta cómo se desarrolla la vida y las costumbres en un Nueva Zelanda, en el que sólo viven dos millones y medio de personas en un terreno más extenso que España.
-Durante este pasado año ha vivido en Nueva Zelanda, ¿Cómo le surgió esta oportunidad?
—Una vez que terminé la carrera de Geología, me entraron ganas de aprender inglés y me enteré de que existen 200 visados en España para personas que quieren ir a trabajar a Nueva Zelanda. Lo solicité por internet y tuve la suerte de que fui uno de los privilegiados para conseguir el visado, así que no dudé en irme.
— ¿Cuánto estuvo viviendo allí?
— Estuve quince meses, porque en principio te dan el visado para un año, pero tuve la posibilidad de extenderlo tres meses más. Me lo concedieron porque cumplía los requisitos que pedían, como por ejemplo haber trabajado en granjas, plantaciones o este tipo de cosas, ya que la economía de Nueva Zelanda se nutre de este tipo de trabajos.
— Costear un viaje de este tipo suele ser muy caro ¿Disfrutó de algún tipo de ayuda económica?
— No, incluso a la hora de hacer el visado ellos te exigen poder demostrar que tienes el suficiente dinero como para que puedan constatar que no vas allí para quedarte a trabajar de forma fija. Aunque realmente a la hora de llegar, en el aeropuerto no me exigieron presentarlo.
—¿Qué le ha aportado personal y profesionalmente vivir en Nueva Zelanda?
—He notado que el hecho de tener que irme yo solo a un país tan lejano como es Nueva Zelanda me ha enriquecido mucho como persona. Encontrarte allí y tener que ganarte la vida en otro idioma sin ningún apoyo te hace espabilar para poder sacar tu vida adelante.
— El idioma es uno de los principales impedimentos que existen a la hora de salir de tu país de origen ¿Cómo lo vivió usted?
— En un principio estaba un poco asustado, aunque ya me había ido un año de Erasmus a Cracovia anteriormente. Allí comencé a soltarme a hablar en inglés con otras personas, pero el nivel era mucho más bajo y una vez que me vi en Nueva Zelanda, fue completamente diferente. Pero al final te juntas con gente que está en tu misma situación y eso ayuda mucho.
— ¿Cómo ha sido su vida allí, en que ha trabajado o que ha estudiado?
— Estuve trabajando en plantaciones, granjas y trabajos temporales la mayor parte del tiempo. Allí la economía se basa principalmente en la ganadería. Hay muchas granjas de vacas y también exportan mucha fruta. Por esta razón necesitan mucha gente para que trabaje en las granjas y recogida de fruta. Suelen tirar mucho de los viajeros de Europa y Sudamérica que se encuentran allí o personas que llegan de las islas del Pacífico. Son trabajos muy fáciles de conseguir: basta con llegar a las zonas de temporada y en uno o dos días consigues el trabajo y te pagan por semanas.
—¿Le fue muy difícil acostumbrarse a la cultura y costumbres de Nueva Zelanda? ¿Qué destacaría del país?
—En mi caso no me resultó muy difícil la adaptación al país. Cuando llegué conocí a un japonés que acababa de llegar como yo, y viajamos juntos la mayor parte del tiempo. Te facilita mucho la adaptación, relacionarte con personas que están en tu misma situación de ir a aprender inglés y buscarse la vida. Por eso sueles tratar mucho menos con gente nativa. En cuanto a la cultura, me dio la impresión de que hay muy poca. Los ingleses llegaron allí hace solo doscientos o trescientos años y no hay una cultura muy arraigada. Las ciudades no tienen una plaza o una iglesia como ocurre en España. Por otra parte, los paisajes son realmente espectaculares, porque allí entre las dos islas sólo viven cuatro millones y medio de personas, es como Madrid metido en todo un país. La ciudad más grande es Auckland, que tiene alrededor de dos millones de habitantes y por lo que el resto del territorio es prácticamente virgen y se puede disfrutar de paisajes realmente bonitos.
—Nueva Zelanda es un país impresonante ¿Tuvo la posibilidad de descrubrirlo?
— Al haber tantos viajeros, allí es muy fácil comprarse un coche. En un día tienes los papeles y el vehículo sin tener que ir a tráfico ni hacer papeleos. Como tenía trabajos temporales, me quedaba mucho tiempo libre para viajar y solía recurrir al ‘work away’, es decir, trabajabar a cambio de alojamiento y comida.
— Nueva Zelanda está en las antípodas de España y la diferencia de horarios es notable, ¿De qué manera conseguía comunicarse con las personas en España?
—Ahora con las nuevas tecnologías es mucho más fácil comunicarte y como en verano eran doce horas exactas, cuando allí me levantaba a las ocho de la mañana aquí todavía eran las ocho de la tarde, por lo que no había mucho problema.
—Nueva Zelanda tiene un clima complicado, ¿Cómo se acostumbró a ello?
— Aunque sí que se puede decir que el país tiene un clima complicado, en muchas ocasiones tenía muchas similitudes con el de aquí en España. Existen algunos cambios importantes de temperatura entre la isla norte y la isla sur, que es más fría porque se encuentra mucho más cerca del polo, ya que allí están en el hemisferio sur. Pero lo que sí llamaba mucho la atención es que en el mismo día, de un momento a otro, podía cambiar el tiempo por completo. Pasaba de hacer un viento increíble a quedarse un día soleado, se podían vivir las cuatro estaciones a lo largo de un único día.
