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Latinoamérica no. Hispanoamérica

por Jacinto Romero Peña
25 de enero de 2026
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Nieva

Crónicas del Alba, libro y fotos

Proyectos y esperanzas

A finales del siglo pasado, cayó en mis manos un manual italiano de Geopolítica, término tan de moda en estos tiempos, de cuyo título no consigo acordarme porque lo cerré casi de inmediato sin llegar a adquirirlo, como era mi intención inicial, una vez que comprobé, sumido en el estupor, la presencia de un capítulo dedicado a “África latina”. Movido de una curiosidad ya no joven pero sí aún en plena forma, indagué sobre la zona del continente africano a la que se refería. Sorpresa. Se trataba del rincón que forman, dentro del Golfo de Guinea, entre Camerún, Guinea Ecuatorial, Gabón, y Santo Tomé y Príncipe. El denominador común de todos estos países es que utilizan una lengua de origen latino: francés, español y portugués, aunque no italiano. La intención me pareció clara, aún admitiendo que pudiera estar equivocado: abrir una puerta justificativa de una presunta comunidad de valores, a través de la semántica, a la influencia cultural, económica y política de Italia en la zona. El tema me pareció muy forzado y no ha tenido éxito, por ahora. Veremos más adelante.

No ha sido así el caso del término “América Latina”. Sus primeros balbuceos se dieron en el segundo cuarto del siglo XIX, para ser utilizado de forma masiva a partir de 1860 según una campaña política y cultural francesa bajo Napoleón III, buscando apoyo para su intervención en México, que tan fallida resultara. Inicialmente, se trataba de una oposición al de “América anglosajona” (1) , y se volcaba en poner de manifiesto el origen común latino de los países de herencia española y portuguesa, pero también de las regiones de herencia francesa como Quebec, la Acadia –territorio del actual Canadá al este de Quebec-, Luisiana y las islas del Caribe y Guayana francesa. Para 1870, el término era ya aceptado de manera prácticamente universal.

Pero, hete aquí que con el paso del tiempo, su uso mutó de manera aún más interesada, hasta dejar fuera de la canasta a los territorios franceses. Ahora el término Latinoamérica se aplica exclusivamente a los países que algún día formaron parte de las coronas española o portuguesa, mientras que para el resto del conjunto inicial se utiliza el término “Canadá francófono” o “territorios franceses de Ultramar”, es decir, ya no son latinoamericanos, faltaría más. Y España y Portugal se quedan de estuco y colgados de la brocha viendo como les hurtan una denominación que permitiera reconocer gran parte de sus esencias. Les quitan el nombre, en nuestro caso de “Hispanoamérica”, y dejan a ambos países como sonámbulos de la historia en un continente americano del que sería imposible reconocer su actual realidad sin su aportación. En roman paladino, ¿porqué la región de Quebec es parte del Canadá francófono y Colombia, por ejemplo, de Latinoamérica? ¿Por qué no se utiliza el mismo nonius para medir las denominaciones de unos y otros?

Increíble cómo el uso semántico puede hacerte deslizar por donde quieren los que desean insonorizar cualquier campanada ajena de mérito y dejarte como un paria sin nombre, un número, un ente anónimo deleznable que nada ha contribuido ni cultural ni políticamente para llegar al mundo en que vivimos. De ahí al ninguneo absoluto a nivel internacional, nacional o personal, no hay ni medio paso. Es por eso por lo que solicito al paciente lector que me permita recurrir de nuevo a la estupefacción, ahora en forma de pasmo, para ilustrar cómo el cambio semántico por molinete de Hispanoamérica por Latinoamérica puede haberse incrustado de forma tan poderosa, no sólo en nuestra jerga superficial cotidiana, sino en nuestro bagaje cognitivo más profundo, hasta el punto de que se pudiera leer el pasado 9 de este frio mes de enero (2) al presidente del gobierno español decir –entiendo que más bien a su gabinete de comunicación, aunque no pueda saberlo-, haciendo referencia a su conversación con el señor Edmundo González, que “América Latina sabe que cuenta con el apoyo de España, como le he reiterado esta semana a los presidentes de Brasil, Chile, Colombia, Guatemala, México y Uruguay”. Por supuesto, dados los sujetos incluidos en el mensaje, se podría haber utilizado con mucho más tino la palabra Iberoamérica, salvo que exista deseo expreso de eliminar tanto la referencia iberoamericana como la hispanoamericana. No lo descarto.

Ya exponían hace no mucho tiempo Alfonso Guerra y Elvira Roca Barea, con alguno más, lo singular que significaba el hecho de interiorizar, nosotros los primeros, la leyenda negra que nos habían atribuido otros a partir del siglo XVI. Sobre todo, y con más fuerza, en los siglos XIX y XX. Pero en este caso creo que el resultado del desliz de la semántica toponímica que estamos tratando es aún más sutil, aunque a priori menos lesivo, sin que ponga la mano en el fuego por ello. Hay otros muchos ejemplos aparte de la sustitución antedicha. Sin ánimo de aburrirles, ¿por qué llamamos en España “Estrecho de Gibraltar” a un espacio geográfico marítimo que tiene su punto más característico en Tarifa y no en el peñón, que además pertenece a un país foráneo? Y, ¿por qué denominamos a una comarca española como “Campo de Gibraltar”? ¿Tanto costaría por la misma razón anterior llamarle Campo de Algeciras, o de San Roque, que establece en su escudo que es “Muy noble y más leal ciudad de San Roque, donde reside la de Gibraltar”? ¿Saben todos los españoles que Ceuta y Melilla no están en Marruecos sino en el norte de África? Porque España es un país europeo y africano al mismo tiempo, ¿o no?

Vayan ustedes al Reino Unido y llamen Canal de La Mancha a ese espacio marítimo. Serán reconducidos hacia “Canal inglés” o hacia el “Canal de Dover”; y si se refieren a las islas Malvinas, terminarán llevados hacia las Falklands. Y no digan que las islas de Guernsey o Jersey deberían ser en realidad francesas por encontrarse tan cerca de Cherburgo, aparte de que una enorme proporción de su población hable la lengua de Molière. No se confundan, que pueden salir trasquilados. Y si dicen en Atenas que Lesbos y Rodas deberían ser turcas al estar tan cercanas a este país y tan lejos de la Grecia continental, posiblemente no les dejarían pasar de la quinta palabra. Son dos casos de países en que se marca una nítida diferencia con España: la “dignidad y autoestima toponímica semántica” de ambos, entre otras muchas, dignidad y autoestima que faltan a raudales en España. Vamos bien.

Deberíamos tener más conciencia de la terminología que utilizamos al referirnos a lugares geográficos. Sería mucho más reconfortante para los habitantes de nuestra gran nación, a la que ya no le queda ni el nombre, sustituido por “este país”, por “el estado” e incluso por “el estao” en algunos casos aún más deprimentes. Petición que hago especialmente a tantos políticos y comunicadores que, por desconocimiento, desidia, o aviesas intenciones, se prestan a este juego en el que se trata de robarnos hasta el espíritu; aunque menos mal que no lo hacen emulando al trato de los bárbaros con las estatuas romanas, a las que rompían la nariz para acabar con él, o como practicaban también en Bizancio con las napias de los emperadores a los que deseaban deponer. Distintos procedimientos entre el Medievo y los tiempos hodiernos para eliminar el espíritu y la esencia histórica de las naciones. Misma finalidad.

Mi más sentido pésame por las victimas del accidente ferroviario de Adamuz y mis condolencias a sus familiares.

——
(1) Nunca he entendido porqué cuando nos referimos a Inglaterra y Gales olvidamos que los romanos, salvo la anterior incursión de Julio César, estuvieron allí de forma permanente desde el emperador Claudio hasta 409 d.C, es decir, casi cuatrocientos años. Pero ellos no son latinos, por supuesto, son anglo-sajones, auto denominación que interesó potenciar a partir de la ruptura de la corona con el Papa en el siglo XVI.

(2) Diario El Mundo, recogiendo mensaje de la red X.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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