En Segovia el papel de la mujer se reivindica al menos desde hace 800 años. Muchísimo antes de que se pergeñara el 8M, aquí las mujeres ya alzaban la voz.
El relato más repetido sitúa el nacimiento de la tradición segoviana en 1227, cuando el Alcázar habría estado ocupado por sarracenos y las mujeres de Zamarramala —cuenta la leyenda— los entretuvieron con bailes mientras se fraguaba la recuperación de la fortaleza. Como recompensa, conservaron el privilegio simbólico de mandar en la festividad. Lo de entretener a los invasores tuvo que ser mucho antes, que para 1227 la frontera ya estaba Toledo abajo, pero eso es lo de menos. En Zamarramala la fiesta está reconocida como de Interés Turístico Nacional, lo que ha contribuido a su proyección y a que se convierta en el gran escaparate segoviano de las Águedas.
Una Santa Italiana
Detrás de todo está Santa Águeda (Ágata) de Catania, una joven cristiana siciliana del siglo III, que rechazó al senador Quintianus, que intentó forzarla durante las persecuciones de Decio. Por venganza la envió a un lupanar, donde conservó la virginidad, y ordenó torturarla. Le cortaron los senos y fue arrojada a carbones al rojo vivo. Murió dando gracias a Dios. Es la patrona de las enfermeras y se la invoca por problemas de pecho, partos y lactancia. En Zamarramala la imagen que sale en procesión lleva en la mano una bandeja con los dos senos cortados.
Si la tradición ha llegado hasta aquí, no ha sido por nostalgia abstracta, sino por trabajo real. En Segovia, como en tantos sitios, las cofradías y asociaciones de Águedas son el motor: organizan actos, cuidan la imagen, coordinan la misa y la procesión, preparan comidas de hermandad, ensayan cantos y bailes, mantienen trajes y piezas antiguas… y, sobre todo, enseñan a las nuevas generaciones que este legado único se hereda por participación.
Zamarramala mantuvo la llama encendida durante generaciones y salvó la tradición en 1995, cuando un grupo de mujeres crea el Concejo de las Aguederas, y protegen y promocionan la tradición. De esos rescoldos la llama ha prendido en otras localidades, y hoy son muchos los grupos de mujeres que se organizan cada año para celebrar a la patrona y reivindicar el papel de la mujer.
Este año las fiestas de Zamarramala arrancan el jueves 5, con la visita de las nuevas alcaldesas, Yolanda Redondo Blanco y Mariángeles Redondo Blanco, al alcalde de la ciudad, José Mazarías y su corporación.
El sábado 7 repicarán las campanas temprano y a las 17 horas tendrá lugar el nombramiento de las alcaldesinas 2026, María Cuenca Redondo y Julia Sánchez. A las 20 horas en la parroquia de Zamarramala se celebrarán vísperas, con el canto del himno a Santa Águeda.
El domingo es el día grande. A las 11:30 horas, procesión con la imagen de Santa Águeda. Durante la misma habrá juego de banderas y escolta de alabardas, arrebatadas a los sarracenos en la reconquista del Alcázar. Y las Alcaldesas realizan el tradicional baile.
Tras la procesión, Santa Misa cantada, por el Coro Grupo Aderezo y la actuación del grupo de Danzas Emperador Teodosio.
A continuación, los nombramientos de Aguederas Honorarias e Perpetuas a María José Sanz Brovia, May Escobar Lago,
Esther Mínguez Migueláñez y Noelia Gómez González.
El Matahombres de Oro, una distinción que hace referencia a un alfiler largo que tradicionalmente llevaban las mujeres en la indumentaria (para sujetar piezas del traje) y que la tradición popular interpreta también como recurso para mantener a raya a quien las molestara, este será para la periodista Sonsoles Ónega.
Otra distinción tradicional es la del Ome Bueno e Leal, que se entregaba al hombre que hubiera destacado en defensa de los intereses de las mujeres, y que este año recaerá en la atleta del barrio de San Marcos Águeda Marqués.
El pregón será oficiado por Miriam García para dar paso después a la Quema del Pelele. Al atardecer habrá jotas y bailes en el mesón.
El lunes 9 se celebrará la santa misa por las alcaldesas fallecidas, además de la tajada, el baile de galas y el cambio de montera, el gesto que, cada año, emociona a quien lo presencia por primera vez. Ese relevo que parece pequeño, pero dice muchísimo sobre comunidad, pertenencia y cuidado de lo compartido. Se despide la fiesta con las alegrías, eso sí, solo para mujeres.
Aunque Zamarramala sea el emblema, Las Águedas se celebran por toda la provincia: pueblos donde las mujeres toman el mando, se organizan pasacalles, se reparten escabeches o tajadas, se visita a las alcaldesas, se canta, se baila, se hace comunidad.
En toda España
Santa Águeda no es solo segoviana. En Castilla y León aparece en muchas provincias con un esquema parecido: bastón de mando para las mujeres, comida y hermandad, música tradicional y un día (o varios) en que el pueblo cambia de ritmo.
En el País Vasco y Navarra, donde la víspera (4 de febrero) se canta por calles y caseríos con el sonido rítmico de las makilas golpeando el suelo. Ahí la celebración combina cristianismo con un poso precristiano: el golpeo se interpreta como una forma de “despertar la tierra” en pleno invierno, y las coplas funcionan como memoria cantada —pidiendo, agradeciendo, reuniendo—, hoy muchas veces con fines solidarios.
La fiesta viaja con la gente, y en ciudades como Tres Cantos (Madrid) mantienen la costumbre del bastón, el pregón y la comida de hermandad, demostrando que la tradición no depende solo del lugar, sino de la voluntad de sostenerla.
