Labajos es uno de esos pueblos que no compiten por deslumbrar a golpe de imprescindibles, pero acaban ganándose al viajero por acumulación: una iglesia que impone, una laguna que refresca el paseo, senderos de fuentes antiguas y una identidad gastronómica tan clara que tiene fiesta propia. El primer gran reclamo está en el corazón del casco urbano, la iglesia parroquial de San Pedro, un templo de origen renacentista (siglo XVI) que marca el perfil del pueblo y guarda piezas de interés en su interior.
A pocos pasos, el paseo se vuelve inesperadamente acuático. Labajos debe su nombre a los lavajos, esas charcas o humedales temporales tan característicos del paisaje, y el propio ayuntamiento recuerda que detrás de unas casas se conserva el lavajo que dio identidad al lugar, aunque antaño fue más extenso. Si hay una imagen que se ha convertido en símbolo local es la del llamado pueblo del barco: en una pequeña laguna cercana, aparece El Coloso, una embarcación anclada que sorprende en plena meseta y le da al paseo un punto lúdico y fotogénico.
Por la zona pasa la Cañada Real Leonesa Oriental, y una de las paradas con más encanto es la Fuente del Cordel, citada como prerrománica y ligada a la vida cotidiana: durante años fue lugar de recogida de agua. Además, hay recorridos señalados tipo Sendero de las Fuentes, pensados para descubrir el entorno a ritmo amable.
En verano llegan las fiestas patronales, con protagonismo de la romería al Cristo de la Agonía, que articula buena parte del ambiente festivo. En otoño, el pueblo presume de despensa con la feria y fiesta del Garbanzo, que suele incluir degustaciones, comida popular (cocido) y un aire de celebración rural muy auténtico.
