Según San Juan de la Cruz, la última de las cinco virtudes del pájaro solitario es que canta suavemente. Eran tiempos más silenciosos, aunque desde luego no mejores. No existía ese irritante hilo musical que nos da la murga hasta en los ministerios, de acuerdo, pero tampoco había vacunas o desfiles de lencería. En la actualidad, el pájaro solitario lo tiene tan crudo como un inspector de Hacienda en un ayuntamiento de la costa. El tempo de nuestros días es veloz, exhausto, por lo que se antoja complicado irse hasta lo más alto, como proponía el místico. Sin embargo, puesto que llevar la contraria alarga la vida y suaviza el sabor de los gin-tonics, hay quien se sigue resistiendo a que la época ya decida por él. Es el caso del pintor abulense Ricardo Sánchez:
«En el arte, lo que cuenta es la actitud personal. Uno tiene que ser honrado con lo que siente, no dejarse influenciar, pues si no, estaría pintando un tiempo de una manera y otro de otra… Hay que ser coherente con uno mismo».
Y no significa que no se investigue.
En absoluto, tengo series en las que investigo. Hay que pintar en el siglo en el que estamos. Pero cada obra debe hacerse según tu propio sentimiento, según tu propia trayectoria. Hay que ser actual, pero honrado.
Y la coherencia trae la evolución.
Así es. En el arte, se diga lo que se diga, las revoluciones no existen. Los procesos artísticos están basados en una lenta sedimentación. Quienes sostienen que el arte es instantáneo, que depende sólo de la inspiración, están mintiendo.
¿Cada obra de arte es una resolución a un problema?
Eso es algo que desarrollo en las series. En ellas, acabo con una o dos obras donde resumo todo el trabajo, esa resolución definitiva del problema. En ese sentido, el caso de Velázquez es ejemplar. Cada obra suya es una solución.
De ahí su genialidad.
Claro, porque lo que yo trato de resolver en una serie, él lo hacía en un solo cuadro. Su obra no es que sea muy extensa, pero cada lienzo es un libro donde se aprenden conceptos que a otros nos cuesta asimilar muchísimos años.
¿La obra se acaba o se abandona?
Si la obra la tienes en el estudio, en cuanto la ves, siempre piensas: «Esto lo cambiaría». Y eso es un peligro, porque te pasas la vida retocando los cuadros. Hay que saber parar.
A veces, es lo más difícil.
Es que este mundo del arte no es fácil. Enfrentarse a un lienzo en blanco, e intentar expresar lo que tú sientes y no poder, ya es un drama. Y luego hay que sacar el cuadro y que se comercialice, algo que es también muy duro, porque, en mi caso, tengo una relación muy personal con mi obra…
Además, es un proceso esencialmente solitario.
Nadie te puede ayudar. Siempre estás solo. Y cada persona te puede dar una opinión distinta sobre la obra. Por ejemplo, hay exposiciones a las que envías tus obras y hablan maravillas de ti y otras que te ignoran.
Me da que el premio Caneja te hizo mucha ilusión…
Fue fantástico. El año pasado tuve algunos problemas físicos ciertamente graves. La muerte pasó por delante de mí. Y no es que estuviera derrotado, pero no estaba demasiado animado. Y ese premio fue como si alguien me dijera: «Sigue por este camino, lo que has hecho está bien…».
Te reafirmó.
Sobre todo, porque, aun habiendo evolucionado, me dejaba claro que la esencia estaba ahí, en un cuadro que había pintado hacía treinta años, que fue por el que me premiaron. Era la demostración de que en el arte existen valores que son eternos.
Me hablabas del sentimiento. En ocasiones puede ser un camino que lleve a la cursilería…
A grandes rasgos, la pintura es un equilibrio entre el corazón y el cerebro, pues de ambos surgen los demás conceptos. Ninguno puede dominar. Y el que logra ese equilibrio es el que hace una obra de arte.
Licenciado en la Escuela Superior de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría de Sevilla y en la Facultad de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, Ricardo Sánchez es también profesor de dibujo en Ávila. Premiado con el Díaz Caneja, entre otros galardones, es constante e individualista, pues sabe que el artista debe ser también un pájaro solitario. Su trabajo, definido por la luz callada de su tierra, se ha mantenido a lo largo de los años por los mismos cauces figurativos, con ligeras variaciones a través de las que ha tratado de alcanzar ese difícil equilibro de la sencillez en el que no ocurre nada, pero en realidad pasa todo. Tampoco olvidemos que el pájaro solitario pone el pico al aire:
«Los recuerdos de mi infancia en Ávila son muy bellos. Sobre todo los juegos en la calle, durante aquellos días en que nevaba copiosamente. La escasez la sustituíamos con la alegría de la imaginación, pese a que era un tiempo de escasez, terrible».
¿Había antecedentes artísticos en tu familia?
Ninguno. Por la parte materna, eran comerciantes. Y por la paterna, mi bisabuelo y mi abuelo eran maestros. Mi padre era practicante. Estaba como ayudante de quirófano en el Hospital Provincial de Ávila. Eso sí, le gustaba mucho el dibujo.
