El pasado jueves, el Festival de Narradores Orales se trasladó a El Espinar con la actuación de Héctor Urién, primero al parque Cipriano Geromini para la sesión infantil y después al Centro Cultural para la de adultos.
Urién es uno de esos casos donde se percibe claramente la diferencia entre narrar para niños y narrar para adultos, pues cambia sus técnicas y recursos en función del público al que se dirige. Con los infantes se ayudó de máscaras y estribillos para mantener su atención, un tanto dispersa tal vez por la longitud de los cuentos, tal vez por el espacio elegido.
Con los adultos buscó la complicidad a través de la creación de un espacio íntimo, con poca luz, algunos lugares comunes en las relaciones entre sexos y el uso de una cálida y suave voz que parecía susurrar, pero a la que, por desgracia, no ayudaba la terrorífica acústica del Centro Cultural de El Espinar —y es que la configuración de este espacio sigue siendo un gran escollo entre los narradores y el público del fondo—.
La contada que presentó por la noche estaba estructurada en torno a “las segundas oportunidades”, aunque esta idea no era tan clara en todo el repertorio, que más bien parecía tener su denominador común en el tratamiento erótico de los materiales. Los cuentos elegidos resultaron un tanto irregulares, algunos no terminaron de funcionar —como el encuentro entre el cuarentón y la jovencita, o la historia del ‘matrimonio cansado’—, frente a aquellos que Héctor Urién había hecho suyos —la aventura del campo de trabajo, o el abrigo de visón—, o tenían cierto regusto tradicional —la inteligente esposa del sultán, la anécdota de Quevedo—. Sus fuentes, no siempre confesas, son variadas: Pérez-Reverte, ‘Las mil y una noches’, Galeano…, pero todas ellas están aderezadas con pinceladas personales como la micro-clase de comunicación animal procedente de su formación como biólogo, o con citas de diversos autores: Vicent, Wilde, Benedetti. Héctor Urién disfruta contando, y eso se nota. Derrocha energía e ilusión, pero, sin embargo, esa fuerza solo toma verdaderamente cuerpo cuando ha conseguido encontrar la singular y óptima forma para cada cuento, entonces los movimientos dejan de ser gratuitos y se convierten en necesarios y precisos; se producen cambios de ritmo que dan auténtica vida a las palabras, e incluso se le ilumina la cara y la mirada. Y es en esos momentos cuando rompe con cierta monotonía que tiende a instalarse a lo largo de su actuación. Por último, hay que destacar la preciosa nana final, pues en su voz los poemas y las canciones se convierten en un gran recurso para aumentar la belleza de sus contadas.