El pasado domingo, 10 de julio, Raquel López fue la encargada de cerrar la XXIII edición del Festival de Narradores Orales y lo hizo con un espectáculo titulado ‘Verbena’, en el que los cuentos aparecían siguiendo el orden propio de los acontecimientos que componen una fiesta popular: la llegada al pueblo de los que están fuera, la boda que aprovecha la decoración de la iglesia, las vísperas, la procesión y, por supuesto, la verbena. De esta manera Raquel López ensartó cuentos de diversa procedencia (populares españoles e hispanoamericanos, de autores como Juan de Timoneda, Boccaccio, Chema Heras o incluso uno propio) en las fiestas patronales del pueblo murciano de su abuela que, a su vez, se iba dibujando a lo largo de la contada.
No es fácil conseguir una contada coherente con materiales tan dispares. Para que todo encaje es necesario hilar una buena historia estructurante y, quizás, jugar con los saltos en el tiempo o más bien en los contextos que imponen los relatos, eso, o transformarlos totalmente para que lleguen a un tiempo unitario donde tenga sentido que convivan, porque no es suficiente con ubicar las historias en el espacio, también hay que hacerlo en una época. Por esto, y porque la relación directa de algunos cuentos con la fiesta estaba poco apalabrada, la contada no parecía tan compacta como se estila en los últimos años. Pero eso, en el fondo no es tan importante -salvo la importancia que le quiera dar quien cuenta- porque en el caso de Raquel López los cuentos le encajan como anillo al dedo, pues los hace suyos con facilidad pese a algún que otro despiste inicial que la mente de los escuchadores supo suplir por la propia lógica del cuento ocurrente.
Y es que, por alguna razón, a la narradora alicantina le costó entrar un poco en la sesión, tal vez por ser su primera vez en Segovia o tal vez por las características del patio de la Casa de Andrés Laguna que le obligaban a encontrar el sitio de contar entre las columnas y cuyo silencio no parecía ser suficiente para que se oyera bien a viva voz. Con todo, Raquel López fue reconduciendo la contada, encontrando las palabras que en ocasiones parecían esquivas y tirando de expresión corporal, sonrisa y cierta picardía que conectaba con el público haciéndolo entrar en el juego. Cabe destacar en este sentido su peculiar punto de vista femenino presente tanto en una selección, donde las mujeres salen airosas en sus conflictos con los hombres, como en la descripción de las relaciones entre los dos sexos (especialmente en las relaciones carnales) donde, ahí sí, el lenguaje estaba muy cuidado para conseguir un efecto elegante y delicado.
Cabe destacar que hubo momentos muy divertidos en cuentos como en el procedente del Decamerón, un enredo de alcoba con tres camas y mucha gente, en el Cuento de San Nicodemo con unas monjitas prendadas de las barbas del santo o en su versión de El ángel y el leñador en el que colocó reminiscencias a cuentos que ya había contado en la sesión. Pero también hubo momentos de gran ternura como el cuento-poema Abuelos con el que cerró la contada, contada, que, a su vez, cerró esta edición. Humor y ternura, dos elementos siempre presentes en el Festival de Narradores de Segovia cuyo director Ignacio Sanz ha vuelto a convertir en esa puerta encantada que solo se abre durante siete días al año en algún lugar de la vieja judería.