Hace escasas fechas en la sección tribuna de este diario escribía Ángel Galindo, Vicario General de la Diócesis, Capellán de Su santidad y catedrático emérito, un documentado artículo explicando lo inapropiado de las Misas Castellanas en la liturgia de la Eucaristía católica, artículo que ha dado origen a otro no menos interesante y documentado de D. Jesús Fuentetaja, titulado ‘La Misa Castellana no puede entrar en Misa’, éste a favor de que esta voz popular pueda escucharse en los templos en las misas ordinarias.
Como católico practicante, y, por ello, asiduo participante en las eucaristías dominicales, modestamente, y sin intentar enmendar, ni siquiera comentar ambos interesantes escritos, quiero exponer mi opinión sobre el susodicho tema, repitiendo que sin menor objetivo de rebatir a uno ni al otro, sino opinar como católico de a pie, lo que personalmente siento y creo al oír estas letras del folclore, que tanto me gustan y emocionan en otros lugares y momentos.
Groso modo entiendo que si bien es cierto que quien canta en el templo reza dos veces, lo que se canta ha de ser oración musicada, y mucho de la letra de estas Misas, que son folclóricas, cultura y devoción del pueblo, tienen bastante parte reivindicativa, y a veces un poco esperpéntica como podría oírse ese simpático y algo picaresco estribillo del “Arriba, abajo, que a mi novia le he visto el refajo…”.
Recordemos que la base de la Misa castellana, según letra de su ‘inventor’ jesuita vallisoletano tiene un fondo de reivindicación obrera.
La Iglesia ha condescendido en su uso en ceremonias privadas, pero no la permite en misas ordinarias. La misa castellana no deja de ser un invento folclórico y bastante reivindicativo, que no tiene nada que ver con la versión que el Concilio Vaticano da de celebrar las misa en lenguas vernáculas, cesado el latín que muy pocos feligreses entendían, con lo que se asistía a oír misa, pero se participaba poco en el más importante rito litúrgico que es la Eucaristía.
Los cantos litúrgicos de cada parte de la misa son participados por todos los fieles, mientras que los cantos de la misa folclórica, son escuchados con mucho interés y placer, pero no son generalmente participados.
Al menos choca que en algunos tramos de la Eucaristía suenen peticiones populares, justas y necesarias, pero que son englobadas en las peticiones de amor, caridad, perdón, normales de la misa cotidiana: en el canto de entrada “Traemos vino de alegría, de sudor traemos agua…”; en el Gloria: “su gloria es sudor de siembra, su gloria es canción de siega, su gloria es salario justo, su gloria es que nadie emigre, y nadie quede parado, su gloria es que el labrador pueda vivir de sus campos, su gloria es fuerza en la lucha”, en el ‘padrenuestro’: “Oh Padrenuestro, Dios de la tierra, la tierra dura que sometemos…” o en la Comunión: “A comer y beber nos has sentado, en la mesa redonda de la igualdad, la comida de blanca paz y alegría, la bebida de roja fraternidad”…Tal vez su acento reivindicativo cuadre más para cantarlo a la puerta de sindicatos.
Participar en la Misa es pedir la igualdad de Hijos de Dios, y por ellos hermanos, la caridad y el amor que son justicia, pedir que nos sintamos acogidos, seguros, queridos, como cuando los segovianos rezamos cantando el himno a nuestra Santísima Patrona , Virgen de la Fuencisla :”…Ante tu trono caen de hinojos, vuelve hacia ellos tus dulces ojos, protégelos…”pero no ir a misa como a un sindicato a exigir mejor salario, más seguridad en el curro, más garantías, menos explotación del asalariado, no a exigir derechos, se va a dar gracias por todo lo recibido y seguir pidiendo por todos y todo, “Juntos como hermanos, miembros de una Iglesia, vamos caminando al encuentro del Señor” .”La Iglesia en marcha está, a un mundo nuevo vamos ya, donde reinará el amor, donde reinará la paz”.
La Iglesia católica (universal) en el Concilio Vaticano II, en España en 1965, acordó dejar de hablar el latín que pocos entendíamos, por lo que nos limitábamos a ‘oír’ Misa, para hablar en lenguas vernáculas, aquí el castellano, incluso el euskera, catalán o galego, en estas comunidades, para que “participemos” en vez de sólo oír.
Creo que la Iglesia, Madre de todos, acoge a todos y cada hijo con sus cualidades y peculiaridades, como las sentidas y bonitas misas baturra, o rociera, pero sin otro matiz que no sea el seguimiento de la misa. Tenemos la cercana festividad de la Octava del Corpus en Fuentepelayo, en la que los mozos del pueblo honran al Santísimo con lo mejor que pueden expresar su respeto y amor, con las tradicionales danzas, pero son religiosidad popular no ocasión de reivindicaciones.
Me he emocionado “escuchando” las bonitas estrofas de la Misa Castellana, como oyendo la Salve Rociera, tan repetida en sus romerías, o las jotas baturras en honor de la Pilarica, pero cantar en la Misa debe ser rezar, seguir cada parte de la Misa sin otra intención que dialogar con Dios y su Madre, y con el coro celestial.
