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La gente se harta de las mentiras

por Julio Montero
28 de abril de 2021
JULIO MONTERO 1
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Desde mediados del siglo XIX los medios de comunicación, primero la prensa, luego la radio, más tarde la televisión y ahora internet y las redes sociales, han conseguido hartar a sus usuarios por acumulación desmedida, “hipercolmada” y “sobresaturante” de mentiras. No digo de errores, subrayo lo de mentira, porque hay plena conciencia de que se está diciendo algo que no es verdad con un fin preciso, otra cosa es que luego se consiga.

Esa situación de protesta social contra la mentira no ha adquirido normalmente a lo largo de la historia formas violentas. Cuando alguien ha acudido a un periódico para ventilarlo a tiros, o pone a fuego más o menos lento la redacción, no ha sido por defender la verdad maltratada hipotéticamente por ese medio. Los motivos han sido otros. Las revoluciones de los usuarios contra los medios han sido siempre más silenciosas y eso se debe a que se han traducido normalmente en dejar de acudir a esa fuente o a suspender la credibilidad o a, simplemente, descansar una temporada de ellos (normalmente no de todos, sino del que está en aquel momento en la picota por manifiesta metedura de pata intensa y continuada).

Quizá la primera protesta contra la fuerza engañosa de la publicidad fuera la reacción frente a los medicamentos milagro, una industria que generaba millones de ganancias. La publicidad demostró que podía transformar en oro sustancias que no servían absolutamente para nada (e incluso podían ser perjudiciales). Cada uno contaba con un ingrediente, secreto naturalmente, de una eficacia curativa milagrosa y “probada”. En 1905 una investigación, publicada en una revista, calificó aquellos productos de “veneno para los pobres” después de analizar los más conocidos en un laboratorio. La confianza cayó, las ventas bajaron y las empresas cerraron. Incluso se estableció la primera legislación que impuso reglas básicas para el etiquetado de alimentos y medicamentos.

Las guerras mundiales desataron también la acción propagandística de los gobiernos para convencer de la maldad intrínseca y total de sus enemigos y de la necesidad de apoyar a su país incluso hasta morir si era preciso (y lo fue en millones y millones de casos). Es fácil imaginar qué intensidad tuvieron estas campañas si se atiende a sus resultados de movilización. Y todos los tiranos del mundo creyeron haber aprendido el modo de permanecer en el poder sin límite alguno. A algunos les salió bastante bien (Hitler y Stalin) y así hasta ahora; pero ningún soviético en 1980 se creía lo que le contaba “Pradva” (La Verdad). Otra cosa es que no supieran qué pasaba. En la URSS de sus décadas finales se leía el periódico, se escuchaba la radio, o se veía la tele para saber qué había que hacer; no para saber qué pasaba. A la propaganda intensiva se respondía con el desprecio y la “desatención” generalizada. La disyuntiva era cruel: o la proximidad del paraíso obrero se demoraba eternamente; o, si había llegado, era un cielo que no merecía la pena.

«Y la respuesta a la saturación fue de nuevo la desconexión mental. La radio se oía pero no se escuchaba»

Mientras tanto, el capitalismo occidental se organizaba también para conseguir vender lo que fuera como fuera. En los años treinta y cuarenta la radio fue el gran soporte que metió la publicidad en la privacidad familiar y la convirtió en una experiencia de normalidad de vida. Hasta entonces la publicidad llegaba o no por la prensa, catálogos de productos o vendedores a domicilio. Cualquiera de los tres medios constituían un hecho excepcional en la vida de una familia. Ahora se diría que su penetración era mínima. Un potencial recurso para la formación cultural de las gentes de casi cualquier clase social se sacrificó a Mercurio en vez de ponerlo al servicio de Minerva. A cambio, los comerciantes dieron a las amas de casa un protagonismo enorme en sus anuncios, al caer en que eran ellas quienes decidían los gastos ordinarios de los hogares. Y la radio se pensó para ellas, que estaban a la escucha mientras desarrollaban otras tareas en sus casas. Y la respuesta a la saturación fue de nuevo la desconexión mental. La radio se oía pero no se escuchaba. Formaba parte de paisaje de ruidos del hogar, como el de la lavadora, el frigorífico y la aspiradora. Cada anuncio debió conquistar una atención que yo no daba automáticamente el medio.

El paroxismo publicitario de la televisión estadounidense hizo que el mando a distancia se percibiera como un invento revolucionario y liberador

Ante la tele, que irrumpió en formato agresivamente comercial durante los años cincuenta, la cosa cambió. Si la radio había sido el primer medio que captó atenciones masivas y simultáneas, la tele elevó exponencialmente esa influencia, especialmente en las épocas en que solo unos poquísimos operadores (entre dos y cuatro) actuaban en cada país. El paroxismo publicitario de la televisión estadounidense hizo que el mando a distancia se percibiera como un invento revolucionario y liberador. Consiguió, en sus primeros formatos, quitar el sonido a la tele cuando aparecían los anuncios. Paulatinamente esta nueva tecnología consiguió rescatar otras parcelas, entre ellas el cambio de canal… y todo ello sin abandonar el sillón que necesariamente complementaba a la ya caja tonta.

Si hubiera que establecer una escala de inventos que han logrado un bienestar más amplio y generalizado a las sociedades occidentales, el mando a distancia del televisor estaría casi al mismo nivel que el inodoro con cisterna. Abrió un espacio para la libertad (aunque solo fuera la simple desconexión de la publicidad) para las gentes de las sociedades que todavía no eran del conocimiento y modestamente se tenían por solo de la información; aunque la realidad fuera al revés: por entonces aún quedaba conocimiento en los medios de comunicación. Ahora se encuentra muy difícilmente.


(*) Catedrático de Universidad.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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