Mi última columna en este medio comenzaba así, “la despedida, de vuelta a tu ermita”. Me refería al Cristo del Caloco. Lo que nadie imaginaba es que también estábamos diciendo adiós a un espinariego que tanto hizo por su pueblo, Juan Jesús María “Chuso”. Escribir sobre ti por este motivo nunca lo hubiera querido. Estos días has sido noticia en toda la tierra segoviana y parte de Castilla y León, pero te debemos, al menos un sentido reconocimiento a todo el bien que hiciste, y valorar como es debido lo que nos enseñaste.
Ninguno de los que tuvimos la oportunidad de conocerte y de participar en alguno de los proyectos fructíferos que iniciaste con tanta ilusión, no exentos de dificultades, haciéndonos crecer y avanzar a todos, podía presagiar este final tan repentino y trágico, dejándonos en shock.
Te bebías la vida a sorbos, y abarcabas con nota lo que te proponías, hacías posible lo que otros creían imposible, es cierto que andabas más estresado de la cuenta y el tabaco tampoco te ha ayudado. Pero a pesar de los impedimentos, siempre encontrabas la solución más satisfactoria, la más eficiente, con ese carisma tuyo con el que sabías llegar a la gente de forma sencilla y cercana, sin medias tintas y sin hipocresías.
Atrás quedaron los años de Los Kalaveras y las tardes del Teo en El Rolar con los amigos del Puntillo, y aquel rondar de la Tuna en vísperas de mi boda. Un Femuka que se ha quedado huérfano de padre, un pueblo, incapaz de devolverte la vida, que llora tu ausencia y se pregunta ¿Por qué ahora? Una familia que se siente orgullosa de todo lo que hiciste y de cómo lograste contentar a tanta gente diversa. Ahora, rotos por el dolor, se proponen continuar tu legado.
Sólo puedo decirte entre lágrimas que eres parte de la historia de El Espinar y de la de cada uno de los que te seguiremos echando de menos.
