Hoy celebramos la fiesta de la Conversión de San Pablo y con ella termina la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos que se ha venido desarrollando desde el domingo pasado.
Sinceramente desconozco por qué se fijó esta fecha para indicar la conversión de Saulo, el fariseo, en Pablo, Apóstol de Jesucristo. Dice Rafael Pascual mi compañero y, sin embargo, amigo, a quien le encanta la numerología, que debe de ser porque es el día 33 después del nacimiento de Jesús. Como resulta que a Jesús le atribuimos 33 años, la fiesta del nacimiento de Pablo a la fe, se puso en este día 33. Una explicación rocambolesca, pero a ver quién da más. En cuanto al año de la conversión hay quien lo sitúa en el 34 y otros en el 36, pero tampoco se sabe. El caso es que es una fiesta que solo celebramos los cristianos occidentales, es decir, anglicanos, luteranos y católicos.
A todo esto, le llamamos conversión porque Lucas en los Hechos de los Apóstoles se empeña en llamarlo así. En realidad, el protagonista, Pablo, que cuenta el incidente en sus cartas a los Gálatas y a los Filipenses, lo presenta como una vocación y lo llama encuentro y llamada. Él lo interpreta como un descubrimiento, como cuando caes en algo después de estar convencido de lo contrario. Luego Caravaggio, influyendo en todos los pintores posteriores, se inventó la caída del caballo. Así aparece en una extraordinaria pintura de Ignacio de Ríes en la capilla de la Inmaculada Concepción de la Catedral de Segovia.
La celebración de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, hubiera sido más lógica en torno a Pentecostés, como de hecho se celebra en otros lugares. Pero bueno, puesto que lo propuso Paul Wattson, un pastor protestante, en 1908, mal empezaríamos si le hubiésemos llevado la contraria. Desde luego, desde aquella lejana fecha en la que los católicos mirábamos con recelo todo lo que no fuese hablar de arrepentimiento y retorno a la iglesia verdadera, hemos avanzado mucho. Excepto algunos fundamentalistas de un lado y del otro, las distintas confesiones cristianas han llegado a una relación cordial. Ya nadie habla de equivocados y de que vuelvan. Y sobre todo, a nivel pastoral y caritativo más que a nivel teológico, de los recelos y la desconfianza se ha pasado a una actitud de respeto y colaboración.
Incluso en Jerusalén, donde confesiones cristianas de todo tipo se reparten los lugares santos. Recuerdo lo especial que es allí esta Semana. Cada día se celebra en la iglesia de una comunidad cristiana, empezando por el Gólgota, dentro del Santo Sepulcro, regida por la Iglesia Ortodoxa griega y terminando en la iglesia de Tawaedo, regida por la comunidad ortodoxa de Etiopía. Entre medias habíamos estado en la catedral protestante del Divino Redentor, en la catedral anglicana de San Michael, en la ortodoxa de los coptos de San Marcos, en la catedral católica del Santísimo Nombre de Jesús y en la catedral de Santiago de la comunidad armenia.
A pesar de las diferencias, todas las comunidades se esmeraban en acoger a las otras. Reconozco que me llenaba más la sencilla celebración de la catedral anglicana, que fue presidida por una presbiteriana, que las farragosas liturgias de los Ortodoxos. Recuerdo la pobreza de la comunidad etíope que nos recibió en la Catedral Tawaedo, una iglesia circular en la que todos estábamos sentados en las alfombras que cubrían el suelo.
Los textos para las celebraciones de esta Semana de Oración por la Unidad de los cristianos han sido preparados por la Iglesia Apostólica de Armenia. Esta Iglesia está considerada una de las más antiguas del mundo. Según la tradición, un tanto legendaria, habría sido fundada por los apóstoles Bartolomé y Tadeo, pero sí que hay constancia de que su primer patriarca, Gregorio el Iluminador, consiguió que, en el año 301, Armenia se convirtiera en la primera nación en aceptar el cristianismo como religión oficial del estado. Recordamos que en el 312, en el Edicto de Milán, Constantino legalizó al cristianismo y que fue Teodosio en el 380 el que la declaró religión oficial del Imperio.
Armenia sufrió un terrible genocidio a cargo de los otomanos entre 1915 y 1923. En esos años dos millones de armenios fueron asesinados de forma sistemática para erradicar la cultura y la nación armenia. Lo de Hitler con los judíos o lo de Netanyahu con Gaza ya estaba inventado.
El lema de este año ha sido “Un solo Espíritu, una sola esperanza”, una expresión tomada de la carta a los Efesios. En las celebraciones que hemos tenido durante la Semana se ha tratado de recalcar esta llamada a la esperanza en un mundo crispado en el que la ley del más fuerte se impone a la ley del que defiende sus derechos. Y la verdad es que abochorna pensar que tanto Trump y sus adláteres como Putin y los suyos se declaren cristianos. ¿De qué cristianismo hablan?
