A pesar de ser cotidiana para la mayoría, si lo pensamos un poco es muy sorprendente la experiencia de ser hermanos. Un hermano es uno al que no has elegido y que, quieras o no, estará unido para siempre contigo por lazos de sangre. Podréis ser buenos amigos o no soportaros, pero te ha sido dado. Se te ha entregado y nunca podrás desentenderte totalmente de él. Así lo vemos en la protohistoria que recoge el libro del Génesis sobre el primer fratricidio. «La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo», le dirá Dios a Caín al quererse desentender este de su hermano Abel.
Jesús comienza públicamente su misión cuando se entera de que Juan el Bautista ha sido arrestado. Entiende que este arresto significa la conclusión de la tarea de Juan, el último de los profetas y que llega su momento. Por eso se establece en Cafarnaúm, que era una ciudad comercial y bulliciosa, situada en el noroeste del lago de Galilea. Desde allí comenzará a brillar como luz que llegará a iluminar a todas las naciones.
El Evangelio recoge tres rasgos del inicio de esta predicación que nos muestra el modo en que esta luz se expandirá. Lo primero es una llamada a la conversión, porque está cerca el Reino de los Cielos. El Reino de los Cielos es él mismo, Dios mismo que se ha hecho carne y viene a nosotros para reinar en nuestra vida, no por imposición sino por el amor. Por eso su llamada es una llamada a la libertad: “convertíos”, es decir, “volveos a mí, miradme, escuchadme, porque vengo a traeros la alegría de Dios”. Su misma persona es la luz. Esto se concretará con el tercero de los rasgos: Jesús trae la curación «de toda enfermedad y de toda dolencia en el pueblo». No solo enfermedades, sino toda dolencia, de tal manera que Jesús nos muestra que las curaciones que irá realizando a lo largo de su ministerio público serán el signo de su poder para vencer la raíz del mal. Él no curó a todos los enfermos, pero sí nos mostró que tiene poder para darnos la vida eterna, la vida que perdura para siempre. Es la luz que puede iluminar toda oscuridad.

Pero queda una pregunta en el aire. ¿Cómo podemos entrar en contacto con él? Aquí viene la segunda acción de Jesús: la llamada a los primeros discípulos. En este caso, son dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan. Paulatinamente irá llamando a personas que, a través de su predicación, se volverán hacia él, reconociéndolo poco a poco como Hijo de Dios uniéndose a él de por vida. Me parece muy significativo que esta llamada comience por dos parejas de hermanos. De hecho, es bastante habitual conocer parejas de hermanos llamados al sacerdocio o a la vida consagrada. Ellos son signo de que Jesucristo viene a formar una fraternidad, la Iglesia, en la que nos introduce en el ser hijos de Dios y, por lo tanto, hermanos entre nosotros.
Hay hermanos mayores, hermanos pequeños, hermanos medianos… En la Iglesia todos somos hermanos medianos. El hermano mayor es Jesucristo. San Pablo en la carta a los Romanos habla de Jesucristo como el «primogénito entre muchos hermanos». Además, tenemos muchos otros hermanos mayores, lejanos y próximos, que han hecho llegar el testimonio de Jesús hasta nosotros. Y también tenemos muchos hermanos pequeños que nos van siendo confiados y para los que nosotros somos testigos de la tradición que, a su vez, hemos recibido. A través de la fe y por el sacramento del bautismo como rito de entrada, continuamente se nos están dando nuevos hermanos. A la gran mayoría no los conoceremos jamás; con algunos llegaremos a ser íntimos amigos y a compartir experiencias maravillosas en el seguimiento de Cristo; por otros experimentaremos rechazo o nos sentiremos afectivamente distantes. Pero todos somos hermanos y formamos una sola familia en el Espíritu. Esto es la Iglesia y se hace concreto en la vida de cada parroquia, congregación religiosa, asociación de fieles, hermandades y cofradías. Verdaderamente podemos decir que es preciosa esta Iglesia que el Señor comenzó por dos parejas de hermanos.
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* Obispo de Segovia.
