Segoviano, nacido en 1932. Apasionado de la tauromaquia desde niño. La afición le viene de su abuelo, con el que iba a la plaza de pequeño. Fue funcionario de Hacienda. Después apostó por iniciativas empresariales en el mundo de los toros, del boxeo o de la construcción. Ha rehabilitado y relanzado los cosos de León y Segovia. En su recuerdo aún permanece la tarde en que vio torear a Manolete.
Llegamos a Segovia al atardecer, mientras la nieve comienza a caer pesadamente sobre la meseta. Al bajar del coche, sentimos en nuestro cuerpo un frío casi medieval. Las calles están vacías y los copos se deslizan con suavidad entre la luz de las farolas. Como hace tanto frío, nos ponemos épicos y cruzamos bajo el inmemorial acueducto recordando a las legiones romanas que caminaban, fuera cual fuera el tiempo, hacia Clunia. No dejamos de estar helados, pero al menos nos entretenemos un rato. Nos conformamos con poco, vale. Tras subir unas resbaladizas escaleras, al tiempo que por enésima vez nos frotamos las manos y las calentamos con nuestros alientos, se halla la cafetería en que nos hemos citado para esta entrevista. Y una vez dentro nos sentimos mucho mejor. Aunque, en realidad, nos habría valido cualquier sitio con un techo. Pedimos café con leche y nos sentamos en una de las mesas del local con este segoviano de semblante serio, si bien de mirada un poco socarrona, como si a estas alturas ya se hubiera cansado de ver tantas cosas y solo le quedara observar el mundo con escepticismo y humor. Por su parte, pide una infusión, que se tomará, con pequeños sorbos, durante nuestra conversación. Mientras comienza a hablar, con un discurso sin apenas meandros, comprendemos que todo lo que nos rodea nos hace ser como somos. La nieve sigue cayendo tras los ventanales de la cafetería. Tal vez, pese a lo que en ocasiones se lee por ahí, los termómetros marquen nuestras vidas más de lo que creemos:
«Mi padre era funcionario de Hacienda. Sin embargo, tuve la mala suerte de perderle muy joven. Prácticamente, me eduqué con mis abuelos. Y en este sentido, mi abuelo era un grandísimo aficionado a los toros…».
Ahí comenzó todo.
En efecto, de él viene mi afición. Empecé a ir a la plaza con mi abuelo cuando yo apenas tenía siete años. Por lo tanto, los toros me producen un sentimiento especial. No he dejado de ir a la plaza. Y de todo aquello ha pasado mucho tiempo, pues nací en el año 1932.
Entonces ha visto a unas cuantas figuras.
Por ejemplo, a Manolete. Le vi en 1947, en Segovia, el mismo año en que lo cogieron en Linares. Y ese día no tuvo una buena tarde, la verdad. También he visto a Belmonte, en festivales. Podría decirse que mi afición es casi de nacimiento.
¿Siempre quiso trabajar en el mundo taurino?
Al principio, me desarrollé por la vida en labores ajenas. Fui recaudador de Hacienda, hasta que un día me llegó la oportunidad de poder dedicarme a este mundo que tanto me atraía.
¿Cuándo?
En el 60, empecé a organizar corridas de toros. Me junté con un paisano mío, buen amigo de la infancia, José Luis Martín Berrocal. Montamos una sociedad con la que, además de los toros, también promocionábamos eventos de boxeo.
¿Qué combates organizaron?
Por ejemplo, en el Palacio de los Deportes, preparamos un combate muy importante, el más importante en medio siglo. Nada menos que Fred Galiana contra Davey Moore. Y en Segovia preparamos un campeonato del mundo en un patio del colegio.
Como el segundo combate entre Liston y Ali.
Aquí fue algo insólito, en 1976: boxeo en el patio de un colegio, con todas las televisiones del mundo. Fue muy curioso ver a Velázquez y Muangsurin combatiendo en un sitio tan peculiar…
