Ayer resonó el último portazo en cada aula del municipio. Parece que fue antes de ayer cuando las criaturillas y sus familiares temían por cómo sería la vuelta en medio de una pandemia; por cómo sería eso de estar separados a metro y medio, con mascarilla y sin poder tocar nada más allá de lo propio. Dudas y miedo. También entre maestros y profesores que también temían las cicatrices educativas que el confinamiento había dejado y que todavía podía dejar. Parece que fue ayer cuando pediatría se llenó de casos de laringitis y similares provocados por la excesiva ventilación.
Quizás lo más sorprendente ha sido ver cómo poco a poco la educación ha vuelto a ser lo que era: ese cauce que conduce hacia la civilización si todos los implicados trabajan juntos. Fue difícil porque se habían perdido –en ocasiones– horarios, hábitos y motivaciones; fue difícil porque se venía de la improvisación digital y las administraciones provocaron una improvisación aún mayor cuando más calma se necesitaba, cuando había que recibir a los estudiantes con los brazos abiertos (y con distancia y mascarilla). Fue difícil, pero la fuerza de la cotidianidad, el monótono día a día, las palabras y las rutinas han ido reconduciendo ese aire entre desbocado y temeroso que gastaban las criaturas en las primeras semanas hacia la escucha y el diálogo, hacia la calma y quizás hacia las ganas de saber.
El tiempo ha pasado, los estudiantes se han reencontrado con los suyos y han descubierto nuevos compañeros y amigos. También se han enfadado, se han peleado, han sido regañados y han aprendido. Y ellos, junto a padres, madres, docentes y demás habitantes, han descubierto lo mucho que echaban de menos ese monótono día a día escolar. Ayer, las aulas quedaron vacías y silenciosas… como toca por San Juan.
