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Eugenio de la Torre, pintor de Segovia

por Redacción
25 de marzo de 2017
Dibujo del patio de la Potenda. / Jesús González de la Torre

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El pintor Eugenio de la Torre era el hermano mayor de mi madre. Él fue quien me regaló mis primeros lápices de colores y me llevó de su mano por primera vez a visitar una exposición de pintura. La muestra era en la Biblioteca Nacional de Madrid y el expositor Ignacio Zuloaga. La impresión fue inolvidable y la fijación por el retrato del torero gitano Rafael Albaicín, aún perdura en mi mente.

Durante mi infancia en Madrid, como vivíamos cerca, venía con frecuencia a casa para llevarme al cine, al teatro o al circo. Otras veces íbamos a los partidos de pelota vasca, a los que Rosario, su mujer, era aficionada y a las películas de “La Casa del Pueblo”. Rosario tenía una gran personalidad, era una mujer adelantada a su tiempo. Era “roja” y sus ideas avanzadas atrajeron las críticas de la sociedad pequeño-burguesa segoviana. El periodista José Antonio Novais la definió como “una mujer enorme y portuaria”. Terminada la guerra civil fueron a Segovia.

La obsesión de Eugenio de la Torre era robar a Segovia sus más íntimos secretos. Francisco Rodríguez Martín escribía: “Los cuadros de Eugenio, inimitables y poderosos (….) versaban sobre temas segovianos elegidos después de larga meditación”. El poeta Martínez Drake dice: “lo crepuscular tiene en la pintura de Torreagero la antigüedad y el silencio que son al mismo tiempo los dos signos de la luz de Segovia. Pero su visión de Segovia es la visión de un pintor del exilio”. No olvidemos que Segovia es el lugar al que vuelve desposeído de todo.

Tras una reparadora siesta seguía una larga atención a su aseo personal. Terminado éste se dirigía a su estudio, que una gran puerta del siglo XV franqueaba. Allí recogía los utensilios de pintar, limpios, como recién comprados y el caballete que colgaba de su hombro. De esa guisa partía hacia el lugar elegido no sin antes repostar un tiempo en un café. Con pereza y hastío se desplazaba al cercano café Castilla donde se reunía “el rojerío”. Por fidelidad a sus ideas iba allí, pero, intervenía poco en la conversación. El crítico Ismael Moreno escribía de Eugenio: “Arrogante, solitario, enhiesto chopo. No he visto pintar a nadie con tanta pulcritud ni tan elegante porte, parecía un pintor del renacimiento o un brillante director de orquesta”.

Eugenio de la Torre, utilizó el seudónimo de Torreagero en memoria de su abuelo que fue alcalde de Segovia. Nació en Segovia el 7 de junio del año 1895 en la casa de la calle Juan Bravo 31 y murió el 21 de agosto de 1968. “Nació Eugenio en una familia de la burguesía liberal que había dado -escribe Luis Felipe Peñalosa- a la ciudad y su provincia, varones insignes en la política y en las ciencias”. En los finales del año 1700 su abuelo fue ayudante de Louis Proust en el Real Colegio de Artillería y Conservador Mayor de la Casa de la Moneda de Segovia; añade Peñalosa sobre Eugenio “Pocas veces se ha captado el espíritu de una ciudad como Segovia como Eugenio de la Torre”.

La juventud segoviana del pintor transcurre bajo la sombra de don Antonio Machado y don Blas Zambrano que presidían la tertulia establecida en el estudio-taller del ceramista Fernando Arranz.

Torreagero tuvo una amistad estrecha con Mariano Quintanilla, Juan José Llovet, Julián Otero e Ignacio Carral. Cuando llegan a Segovia los pintores, Cristóbal Ruiz y Aureliano García Lesmes precursores del paisaje castellano, Eugenio les acompaña.

Párrafo aparte merece Emiliano Barral con quien le unía una fraternal relación. El estado emocional -desengaño amoroso- de Barral y el aire romántico y altivo de Torreagero dan como resultado una de las cabezas más emocionantes y de mayor sentimiento de la época. “Menudo escultor era Emiliano Barral y menudo debió de ser Eugenio a los 20 años” “Este pintor de tez morena, agitanado, como toda su familia -rasgos de lo que digo se notan bien en su mucho más que sobrino Jesús-” La cabeza se exhibió en la exposición Nacional de Bellas Artes y en la Bienal de Venecia. El escultor de Sepúlveda, años después, tomaría de modelo a Torreagero para una de las figuras del monumento a Pablo Iglesias en el Paseo de Rosales poco antes del comienzo de la contienda civil.

Eugenio de la Torre participa como ilustrador en varios periódicos y revistas literarias segovianas; en Tierra de Segovia deja testimonio de los personajes más representativos de aquella época. En la capital de España colabora en revistas de ideas progresistas: Libertad y Justicia. En algunas junto a su primo Ignacio Carral de la Torre. En aquella época, en aquella casa todo era arte. En Segovia esperaba la llegada de los carnavales con impaciencia pero con melancolía. De sus disfraces sobresale por original el de Salvador Dalí.

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