Como ya sabían los místicos, el cuerpo, dadas las incontables imperfecciones evolutivas que arrastra, suele ser tan molesto como el portero de la última discoteca: nos recuerda que no todo es juerga. Por mucho que tratemos de que aguante en las mejores condiciones posibles, ya sea sufriendo en el gimnasio o quemando la tarjeta de crédito en la clínica de estética, al final nos acaba dejando claro que, contra el paso del tiempo, somos igual que un equipo de alevines frente al Barça. Su fragilidad la notamos, sobre todo, cuando estamos enfermos y nos sentimos superados, pues en el acogedor occidente, desde hace más de medio siglo, no nos toca sufrir guerras o epidemias y hemos olvidado unas cuantas cosas fundamentales. Además de descubrir que el mundo no es lo que nos contaban en los anuncios de telefonía móvil, el cuerpo enfermo se convierte de inmediato en una constante e inagotable preocupación, recordándonos que la absurda dicotomía entre el alma y él es poco menos que dudosa. En este sentido, aparte de los propios médicos, la labor de los informadores sanitarios, como la que, entre otros, desde ya hace más de 20 años realiza La Rebotica -cada sábado, desde las tres hasta las cinco de la tarde, en Punto Radio– es necesaria, pues, en el fondo, de medicina no sabemos nada de nada. El periodismo también tiene una responsabilidad social, aunque los cínicos tuerzan el gesto, palpándose la billetera.
El problema es que el mundo científico y el mundo de la comunicación desconocen cómo trabaja cada uno de ellos. Hay que tener en cuenta que cada ámbito usa su propio método. El científico es más lento y muy estricto, mientras que el nuestro se parece demasiado a un mercado persa.
Y no suele haber mucha ciencia en él, no.
Hombre, estoy totalmente convencido de que los periodistas debemos saber más de ciencia, eso está claro. Y los médicos, en este caso, deben aprender a comunicar. Fíjate que en las profesiones sanitarias no hay asignaturas que tengan que ver con la comunicación.
Que es indispensable para tratar con el paciente.
El 80 por ciento del trabajo del médico es hacer una buena tarea clínica. Si no pueden inducir respuestas a un paciente que llega a la consulta agobiado o no saben trasmitirle la gravedad de su enfermedad, la realidad es que no están haciendo bien su trabajo.
¿Y por parte del periodismo?
Quizá nos falten rigor y prudencia. Para eso es indispensable saber cuáles son las fases de experimentación de un medicamento o cómo trabajan los científicos. Y no podemos ponemos a interpretar un lenguaje que desconocemos.
Entonces hay que llegar a una conciliación entre ambos.
Por nuestra parte hay que hacer una información atractiva pero rigurosa, sin caer en los excesos del sensacionalismo pero, al mismo tiempo, esquivando la altura y la excelencia de la publicación especializada.
Además, así se evita que los pacientes caigan en manos de jetas…
Mira, ahora me pillas en un proyecto con el que vamos a crear una televisión de salud por internet. Con ello queremos evitar que la gente pueda llegar al sitio de algún charlatán que sostenga que con unas hierbas puede curar el sida.
El mercado persa sí que está en internet.
El problema es que la gente no sabe si la página que consulta está validad o no. Queremos hacer una televisión con contenidos de salud, muy accesible, y con el respaldo de asociaciones científicas y de pacientes, para que el usuario sepa que se halla en un lugar seguro.
Alipio Gutiérrez nos recibe en la oficina del nuevo proyecto que acaba de emprender -misalud.tv- mientras suenan insistentemente los teléfonos y el tableteo de los teclados. Se le ve contento. Este zamorano es uno de los rostros más reconocibles y respetados del periodismo sanitario, especialmente en televisión. Es probable que, de hecho, en la carrera de Medicina pudieran convalidarle dos o tres asignaturas. Empezó en el oficio en Radio Intercontinental, Antena 3 Radio y Cadena Ser. En 1989, se incorporó a la recién creada Telemadrid, en cuyos platós pasó diecisiete años. También ha trabajado en TVE, Televisión Canaria y CNN+. Pertenece a la Asociación Nacional de Informadores de la Salud, de la que es fundador. Y en vivo es como la buena información: sencillo y riguroso, con un punto de cercanía que lo hace todavía más creíble. Suena su teléfono móvil y quita el sonido para así charlar con nosotros. Un encanto, como decían nuestras madres mientras a nosotros nos miraban con desdén:
Nací en Piñero, donde viví mis tres primeros años. Mis padres se fueron luego a El Bierzo y allí estuvimos un año, mientras mi padre trabajaba en la mina. Después nos marchamos a Madrid.
No habéis parado.
Era lo propio de la época. Mis padres se dedicaban a las labores del campo. Así que, tras pasar por la mina y establecerse en Madrid, mi padre trabajó en la construcción y luego en una imprenta muy conocida: Rivadeneyra.
¿Desde pequeño querías ser periodista?
No, qué va, la vocación vino más tarde. Me gustaba mucho el deporte y todos los amigos escuchábamos Hora 25, con José María García. Aquello fue lo que me motivó. Y fue algo extraño, porque el bachillerato lo hice por ciencias…
Eso explica, en parte, tu interés por la Medicina.
Cuando estaba estudiando la carrera, notaba que había falta de información sobre salud. La gente estaba necesitada de esa información, por lo que me pareció, además de una línea interesante, un lugar donde desenvolverme.
Siempre con una inquietud social.
Me gustaba poder hacer de traductor de ese lenguaje técnico del que todo el mundo te hablaba y que nadie entendía. Era necesario hacerlo muchísimo más sencillo, para que todo el mundo lo comprendiera.
A veces nos olvidamos de los pacientes.
Y no prestamos atención a su opinión, a lo que en verdad le interesa. Tradicionalmente, el paciente ha sido el eslabón más débil del sistema sanitario, cuando, por el contrario, es el más importante. Ahora esa idea está cambiando.
