En el cuadro ‘El abrazo’ de Juan Genovés, un grupo de personas se arracima en un contexto vacío que se llena con el simbolismo de la Transición. ¡Tan cerca y tan lejos! Somos una España que se aleja de aquel abrazo de reconciliación del que afloró un proyecto común. Vivimos desmemoriados, instalados en la ofuscación y eso se acaba pagando. Decía De la Cierva que un país que olvida está condenado a repetir su historia. A veces pienso que olvidamos para, sin remordimiento, odiar mejor al adversario; sin memoria no hay conciencia. La irreflexión y la deslealtad de los extremos políticos nos empujan a ello.
Un abrazo es un templo que se construye con dos voluntades engarzadas y que como los besos –con los ojos cerrados– nos desnudan emocionalmente para ser la encarnación en la claudicación de nuestra testarudez. Necesitamos abrazos. Aquel que retrasó la pandemia y que ya no recuperaremos, pero también el que rompe barreras ideológicas, que acerca miradas de contrición y que florece con la simiente de la humildad y la generosidad; renuncia, a fin de cuentas. Necesitamos un espíritu de transición con palabras que se disculpen para recibir abrazos que perdonen; que digan lo siento para enterrar egos; que se sacudan el sectarismo y que alimenten el alma; que anulen desafíos identitarios y escriban páginas en el proyecto común que llamamos España. Pero sin olvidar que otorgar perdón sin previo arrepentimiento es llevar agua en una cesta de mimbre.
