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Espectro luminoso del cine

por Sergio Casado
4 de enero de 2026
Moira Shearer dio vida a Victoria Page, en “Las zapatillas rojas”, película británica rodada en 1948 y dirigida por la asociación de cineastas The Archers.

Moira Shearer dio vida a Victoria Page, en “Las zapatillas rojas”, película británica rodada en 1948 y dirigida por la asociación de cineastas The Archers.

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Atesoro fotogramas que guardé dentro de algún libro querido. No son muchos recortes pero sé que están en alguna parte. Rubén me los pide, pregunta por ellos, pero no recuerdo el libro. Y tengo montones de libros en estantes dispersos, en cajas, en una biblioteca imaginaria, en un gran trastero. Mi desorden cósmico complica el asunto. Cada vez tengo menos fuerzas para intentar poner orden. Me distraigo por un rato abriendo páginas al azar en el taller naufragio, el del cine del clavo ardiendo. Sí, el taller es mi pequeña torre de marfil, la nave de un galeote. Torre que es a veces una acogedora covacha, otras una casa o un pueblo entero en el que suelo andar perdido. Intento recordar a menudo lo que me dijo Gregorio sobre las caminatas, que no sólo son con los pies, sino que son también la vida en general. La vida es una gran caminata y me dijo lo siguiente, que no quiero perder: “Relaja y sueña mientras dura la ruta”.

¡Y nos queda poco tiempo, cinéfilos! Poco tiempo para ver cine. Cada día la Realidad nos lo impide. Seamos escurridizos. La desmemoria invade el cine, lo humilla. ¿Cómo vivir entonces? ¿Cómo vivir entonces?

Empiezo con el poeta Ángel González, a propósito de la escritura: “Especie de enfermedad contagiosa que los libros transmiten a quienes los frecuentan en exceso”.

Y escribo. Sobre un juego, el de las películas con un color en el título. Las apunto y planteo el reto a algunos amigos.

Mary Stuart Masterson en “Tomates verdes fritos”, de 1991.
Mary Stuart Masterson en “Tomates verdes fritos”, de 1991.

Es un juego que es una estrategia mía para hablar del rojo de “Las zapatillas rojas” (1948), de Michael Powell y Emeric Pressburger. La película es danza y danza y danza para nuestra joven heroína Victoria Page, interpretada por Moira Shearer. A Victoria la esperan las zapatillas rojas del cuento, las zapatillas que le impiden detenerse, detener el ballet. Es una maldición. No puede dejarlo porque le apasiona bailar. Dejar de hacerlo, se da cuenta, es morir.

Las zapatillas rojas esperan a Vicky. El compositor y el director de la obra la esperan. Los dos son héroes aparentes. Vicky se encuentra frente a frente con su destino. El villano, escondido, se irá descubriendo poco a poco en un technicolor de Jack Cardiff, un technicolor de antaño en el que el espectador acaba borracho de la película sueño.

Cuando veo una película como “Las zapatillas rojas” quedo pensativo: quizá debería dejar de ver tanto cine actual y buscar el cine del pasado. Desde luego no sé cual es el camino correcto. Como no lo sé, siempre me refugio en mis cines, en un puñado de películas.

Con “Las zapatillas rojas” me he salido del camino habitual.

Tom Hanks y Michael Clarke Duncan en “La milla verde”, película de 1999.
Tom Hanks y Michael Clarke Duncan en “La milla verde”, película de 1999.

Me vuelvo loco buscando películas de colores. Intento centrarme sólo en aquellas que he visto, pero merece la pena nombrar alguna que no he visto porque sí. Son títulos y cineastas que están lejos, que con seguridad no veré. Barcos que pasan en la noche, sin saludarse ni conocerse, dijo Pessoa.

Me emborracho de títulos en rojo, aunque descuide otros colores. De “Las zapatillas rojas” paso a “La delgada línea roja” de Malick. La bailarina y los soldados atrapados en una creciente pesadilla. Es real, despiertan en ella. No hay un túnel, un globo para huir.

Nada se parece al cine de Terrence Malick. Gusta o no pero es un cineasta que va a su aire. Me gusta eso. Malick buscando, buscando, buscando. Quizá ni siquiera él sepa lo que busca. En “La delgada línea roja” tiene el aliciente de un gran reparto y del entusiasta Hans Zimmer que viaja a la línea, quizá en su mejor composición.

Es fantástica la descripción que la Real Academia da al color: “Sensación producida por los rayos luminosos que impresionan los órganos visuales y que depende de la longitud de onda”.

Pura fantasía. ¿Y el rojo?: “Semejante al de la sangre o al del tomate maduro, y que ocupa el primer lugar en el espectro luminoso”.

¡Qué aventura la de John Wayne, Montgomery Clift, Joanne Dru, Borden Chase y Howard Hawks en “Río rojo”! Me gustaría volver a verla. El caso es que la he olvidado.

Sangre y mucha en “La cumbre escarlata” de Guillermo del Toro. Frialdad, terror e imposibilidad de comprometerse con una película así. ¡Más rojo! El del vodevil caótico “Moulin Rouge”, con Nicole Kidman en plenitud. Parecía que Kidman nunca envejecería.

La truculencia es “El dragón rojo” y también la he olvidado. Hay que volver a “Al rojo vivo”, que es James Cagney y Raoul Walsh. Para volver a verla, como “El loco del pelo rojo”, con un Kirk Douglas que siempre es tan bueno como el mejor Kirk Douglas. Título de pelirrojo y tremenda paleta de colores de Van Gogh.

“Teléfono rojo, volamos hacia Moscú” del cerebral Kubrick que no sabemos si quiere risas o no. Está el gran Peter Sellers pero yo no me río. No me hace gracia el esperpento y Kubrick no es un ser divino del cine. No hay que pensar tanto en ese Kubrick “leyenda”; era un trabajador constante que acabó convertido en santón. Vamos, un cineasta real y extraordinario al mismo tiempo.

“Planeta rojo” para viajar a Marte sin pretensiones pero ojo con los robots. Es un mundo desolado, en el que veremos desarrollarse los afectos y desafectos. Como siempre el problema es el ser humano, tal y como sucede en nuestro planeta. Es el sálvese el que pueda.

Richard Gere pulula en “El laberinto rojo” y los niños que fuimos vimos “El guerrero rojo” en el Cine Pineda. Ojalá volver allí, a aquella aventura sencilla que era como una película de Conan. Y en rojo está “Sorgo rojo” de Zhang Yimou y “Círculo rojo” de Melville.

Y cambiaré de color desde “Tres colores: Rojo”, la amistad que todos buscamos, como la de la fraternal modelo y el juez espía. Irene Jacob y Jean Louis Trintignant viven lejos el uno del otro, pero pueden estar cerca. Veremos si hay una esperanza. ¿Qué puede unir a dos personas tan aparentemente distintas? Rojo fraternidad.

Cerca del rojo el púrpura de “Los ríos de color púrpura” (bien olvidada) y “El color púrpura”, un magnífico Spielberg. Y aún más magnífico Woody Allen en “La rosa púrpura del Cairo”, una de las mejores películas que conozco en cualquier color y sin color. Pura fantasía.

Dice la Real Academia que el verde es “semejante al de la hierba fresca o al de la esmeralda y que ocupa el cuarto lugar en el espectro luminoso”. Verde de Rafael Alberti: “(…) Y alta forma de copa, que los árboles/ se encargan presurosos de llenar,/ hasta el borde, de verde (…)”

Me gusta mucho eso del espectro luminoso. “¡Qué verde era mi valle!” para volver a Ford y mirar por el visor y dejarnos llevar por la imaginación. “Soylent green” (en España el título era “Cuando el destino nos alcance”). Un destino de pesadilla, sí, con Charlton Heston. En mi memoria un vago recuerdo de inquietud de lo que podemos llegar a ser. Maravilla “La milla verde” porque el cine de Frank Darabont es esperanza, ausencia de cinismo. Y Truffaut es “La habitación verde” y Depardieu busca su tarjeta verde para no ser deportado en “Green card”.

Michael Douglas y Kathleen Turner juegan al coqueteo. “Tras el corazón verde”.

Es una delicia “Tomates verdes fritos”. No quiero dejarla atrás. Mi memoria flaquea en esta película y me desanimo.

Mia Farrow junto a Jeff Daniels en “La rosa púrpura del Cairo”, 1985.
Mia Farrow junto a Jeff Daniels en “La rosa púrpura del Cairo”, 1985.

Tercero en el espectro luminoso, según la Real Academia, es el amarillo, pero sólo recuerdo “El submarino amarillo” de los Beatles y el “Cielo amarillo” de William A. Wellman porque un desierto es un espacio y un espacio se cruza. Recuerda a Wellman, me digo, recuérdalo.

Acude a mi rescate mi amigo Jorge Andrés, custodio de “La casa del cine”. Me dice lo siguiente: “Me sorprendo a mí mismo con estos saltos de memoria pensando en títulos y colores.” Me lanza un cesto amarillo con películas como “El Rolls-Royce amarillo”, “Bandera amarilla”, “Río amarillo” y “Del rosa al amarillo”.

Del rosa al amarillo y del amarillo al rosa: “La pantera rosa” con Peter Sellers, que no necesita hacer nada porque Clouseau despierta la sonrisa y porque no todo el cine puede ser una tragedia. Y Clint Eastwood pasea “El cadillac rosa” y está “Rosa rosae” de Fernando Colomo.

Colores para despertar la memoria en el Cine Imaginación, para recordar el cine, sí, sobre todo para recordar y recordar y sí sonreír y pensar en lo que fuimos y ahora somos. Quizá así aparezca una película sencilla; la maldita realidad me coarta, me cierra el paso. Y entonces acudo al azul, “semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día luminoso”. Real Academia de nuevo.

El azul es la belleza, un privilegio que los humanos tenemos al contemplarlo.

Si “El guerrero rojo” era infancia en el Cine Pineda, lo mismo vale para “El trueno azul”, un helicóptero con la mejor tecnología para perseguir al crimen. A volar.

“La vida de Adele: El azul es el color más cálido” para sus dos protagonistas. Es una película estupenda con un cómic original aún mejor.

“El ángel azul” es Sternberg y Marlene, la de la alfombra fantasía. Y “Azul oscuro casi negro” es Daniel Sánchez Arévalo. Acelero: “El gran azul”, “Terciopelo azul” del enajenado Lynch o “El demonio vestido de azul” con un Denzel olvidado. Ahí está en el pudridero. Y “Deep blue” para el océano profundo y “Deep blue sea” para tiburones casi tan poderosos como los cotidianos.

Culmen de todo “Tres colores: Azul”. Kieslowski y Juliette Binoche. Escribo y escribo sobre esta película para incitarme a verla de nuevo. Quiero hacer presentes a Slawomir Idziak o a Zbigniew Preisner buscando la unificación europea.

¿Encontraré los fotogramas por los que me preguntaba Rubén? ¿Los encontraré en el cine del clavo ardiendo? Si no encuentro los fotogramas encontraré los versos, los versos para vivir, para sobrevivir. Me invento un timón y un velamen, me invento incluso a la tripulación. Lástima que algunos marineros estén lejos.

Un poema de Chesterton: “Blanco”: “No es mera ausencia/ del color; es algo/ brillante y afirmativo,/ tan orgulloso como el/ rojo, tan definido como/ el negro… Dios pinta/ con muchos colores,/ pero nunca pinta de/ forma tan maravillosa,/ casi diría con tanta/ ostentación como/ cuando pinta en blanco.”.

Blanco Clint Eastwood en “Cazador blanco, corazón negro” y me gusta ese Ridley Scott humanista de maestro y alumnos en alta mar, en “Tormenta blanca”, condenada al ostracismo. Alain Tanner para viajar a Lisboa: “En la ciudad blanca”.

Y de nuevo Kieslowski, todopoderoso, con “Blanco”, siempre considerada la más floja de su trilogía de los colores de la bandera francesa. Quizá debería volver a verla, ver a la villana Julie Delpy poniéndole las cosas difíciles a su peluquero.

Un niño mira el televisor viendo “El tulipán negro”. Alain Delon. El niño soy yo, con los ojos bien abiertos. ¡Qué aventura! ¿Alguien recordará esa película?

“La dalia negra” es un De Palma estupendo y “Black panther” para los chavales, porque necesitan héroes. Todos los necesitamos, por eso acuden al cine en tropel.

“Men in black” es simpatía y diversión. Y las pinturas negras de Goya ya eran cine, y están ahí esperando a sus espectadores en el Museo del Prado.

“Lágrimas negras” es Ricardo Franco y “El libro negro” es humorada de Paul Verhoeven. Su cine no va mucho más allá. “Cisne negro” es Darren Aronofsky en estado puro, terror, temblor, tragedia. Natalie Portman desatada y alucinada. ¿Qué estamos viendo?

La belleza de Deborah Kerr escapa a la muerte en “Narciso negro”. Creo que ya lo dije, Deborah Kerr frente a los precipicios, frente al sinsentido. Es una película que siempre querré ver.

Y se me acaba el tiempo y seguramente hay mil y una películas de colores, pero mi desmemoria es tiranía y menos mal que hay voces que me susurran para preparar este pequeño atlas, este capricho. Pido perdón al lector por mis carencias.

Y empecé escribiendo con el tótem que es el poeta Ángel González, que nos recordaba lo que la escritura puede ser, lo que la lectura puede ser. Y nos despedimos, hasta que nos encontremos con más cines, más cines queridos: “Y me vuelvo a caer desde mí mismo/ al vacío,/ a la nada. (…)”.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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