Hay dos tipos de obras de misericordia, las corporales y las espirituales. Las primeras resultan relativamente sencillas de practicar, por cuanto es fácil identificar al que tiene hambre, sed, va desnudo, ha muerto o está cautivo. Bueno, a este último no tanto, porque, por lo que se ve, en Venezuela nos cuesta distinguir al «retenido» del «cautivo».
Las obras de misericordia espirituales son algo más complejas, no es fácil reconocer al que no sabe y no le recomiendo que lo haga a la ligera si no quiere llevarse un guantazo. Dar buen consejo al que lo necesita o corregir al que se equivoca es mucho más complicado de lo que parece, porque en España no gustan los consejos y nadie, absolutamente nadie, está equivocado, ¡faltaría más! Tal vez, perdonar al que nos ofende o consolar al triste se nos dé algo mejor, pero nada de sufrir con paciencia los defectos del prójimo, ¡que se fastidie!
Por mi experiencia docente sé que enseñar al que no sabe requiere de dos premisas: la primera es que el que aprende sea consciente de que no sabe; la segunda, que el que ocupa la cátedra conozca el tema y ofrezca las herramientas e instrucciones necesarias a sus pupilos.
Ni yo ejerzo ya como profesor ni ustedes son mis alumnos, pero, aun así, me propongo opinar sobre Venezuela y tal vez enseñar algo a alguien, con el ánimo de aportar alguna idea que remedie la ignorancia aparente de algunas personas. Lo primero que he de decir es que un preso político no es un «retenido», es un cautivo de manual. Puede que el concepto de preso político sea discutido en la literatura, pero no es un delincuente común, pues éstos requieren juicio justo y condena en firme, en tanto que los llamados «retenidos» están entre rejas y sometidos a tortura por capricho de quienes okupan el poder.
Por poner algunas cifras al drama, a comienzos de 2026, el número de presos políticos en Venezuela alcanza los 863, según el Foro Penal Venezolano (una ONG de referencia en el tema). Desde la llegada del chavismo al poder, se estima que ha habido más de 18.510 detenciones por motivos políticos. Otras 10.000 personas están sujetas a medidas arbitrarias y restrictivas de su libertad, como arresto domiciliario o presentación periódica ante los tribunales.
Todo esto ocurría desde 1999, ante la complaciente mirada de Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa y otros tantos que, desde la Fundación CEPS, realizaban «asesorías técnicas» y brindaban apoyo al Gobierno de Venezuela. ¿Ignoraban lo que sucedía realmente en aquel país? Sabe usted bien que no.
Y traigo el país caribeño a colación porque está en el centro de la actualidad mundial, pero si mira a su alrededor, sobran ejemplos de supuestos ignorantes que tratan de convencerle de que lo negro es blanco y lo blanco, negro, bajo la premisa de que es usted completamente tonto.
¿Enseñar al que no sabe? Imposible si el que dice desconocer en realidad es perfectamente consciente de lo que pasa. Ni siquiera podemos aplicar lo de corregir al que se equivoca. Ese hipócrita no merece más obra de misericordia que la de perdonar al que nos ofende, lo que no quita que, llegado el caso, celebremos que sea llevado ante un juez y procesado por sus delitos. Y si resulta encarcelado, recuerde: no se le aplica lo de cautivo.
Es urgente recuperar la sensatez y reaccionar contra esta corte de autócratas de medio pelo que quieren convertir el mundo en una suerte de regímenes autoritarios o autocracias electorales, pobladas por una red clientelar que vota lo que se le dice a cambio de unas migajas de pan, ajenos a la suerte de los que se rebelan. O avanzamos o sólo nos quedará la última obra de misericordia: enterrar a los difuntos. Mejor aspirar a enseñar al que no sabe. ¿No le parece?
