La celebración jubilosa de la victoria concedida el 23 de abril de 1521 por la intercesión de San Jorge, patrono de los caballeros (cuya festividad se celebra tal día) al ínclito Don Carlos I contra los revoltosos comuneros, que desde hace pocos años se ha venido a convertir en una especie de fiesta nacional de nuestra Comunidad Autónoma, me parece inoportuna: aunque es muy cierto que gracias a aquella victoria el reino se deshizo de sus anticuadas ataduras medievales y penetró decididamente en la modernidad europea contemporánea. Solo en ese sentido me parece bien conmemorar el quinto centenario del histórico suceso.
Como toda batalla de una guerra civil, tanto vencedores como vencidos pertenecían realmente a un mismo bando. Y como estamos en un reino bastante absurdo, todavía cuatro siglos y medio después hay partidarios de uno y otro bando, que defienden sus postulados tan ardorosa como ridículamente. Porque ser hoy día partidario de los comuneros o de los imperiales, es tan ridículo como ser partidario de Indívil y Mandonio. Todo aquél enfrentamiento pertenece al pasado, e intentar ver en los postulados comuneros rasgos aplicables a los problemas actuales conduce irremisiblemente a la falsificación histórica.
«Solo muy al final el movimiento se popularizó en alguna medida, y esa fue precisamente la causa de su derrota, porque las personas de valía lo abandonaron»
El movimiento comunero fue, casi hasta el final, un movimiento instigado, organizado y dirigido por el estamento dirigente castellano (como ocurrió siglos después con el motín de Aranjuez). Los Padilla, Bravo y Maldonado no pertenecían a las clases populares castellanas, sino a la nobleza, ciertamente privilegiada. Descontentos con su exclusión del gobierno, porque el Rey daba tales puestos a sus amigos flamencos, y preocupados con la posible pérdida de sus medievales privilegios y por la creciente persecución de los judeoconversos, se alzaron contra él de manera más o menos indirecta. Solo muy al final el movimiento se popularizó en alguna medida, y esa fue precisamente la causa de su derrota, porque las personas de valía lo abandonaron. Existen además sospechas bien fundadas de que la revuelta fuera financiada por el Rey Francisco I de Francia, que fue quien, tras la derrota, envió fondos para auxiliar a los exiliados en Portugal, y de ello hay rastro documental en los archivos lusos (con lo que los supuestos héroes patrios pasarían a ser viles traidores, sin más).
Para colmo, la revuelta comunera no tuvo ninguna trascendencia histórica ni social, salvo mientras duró. No cambió nada, todo siguió igual. Las heridas se cerraron casi inmediatamente (como sabe cualquier aficionado a la historia que haya manejado papeles de la década de 1521-1531), y en las tres centurias que siguieron poco se habló o recordó de aquel episodio. Sólo en los albores del siglo XIX, los liberales desenterraron el asunto para construir un mito que sirviese de hito o referencia histórica a sus ideales. Y, como ahora hacen obsoletos progres, procuraron ver las analogías entre ambos momentos históricos, falsificando así en parte lo ocurrido en Castilla en 1520-1521. Ya en los últimos años, el tema de las Comunidades ha atraído poderosamente la atención de los historiadores (quizá por la facilidad que ofrece su estudio: es un periodo muy restringido en tiempo y ámbito, un cartucho historiográfico), y también el gusto del público lector (algo parecido ocurre con los temas inquisitoriales y de la última guerra civil, tan morbosos). Para colmo, la mayoría de esos historiadores hodiernos son historiográficamente cojos, pues que se interesan tan solo por las ideas y las acciones de uno de los bandos en aquella lucha –del de los imperialesw, apenas nada-. Pero, lo repito: la revuelta comunera fue realmente un episodio fugaz y sin apenas trascendencia en la historia castellana.
«Respetemos verdaderamente su memoria, absteniéndonos de interpretar sus ideas a nuestra conveniencia, cuando no de falsificarlas»
Por todo esto, quienes desde unas posturas supuestamente progresistas y liberales (mal entendidas, en todo caso), de supuesta modernidad y de progreso supuesto, defienden a ultranza una imagen distorsionada de aquellos personajes, teniéndolos por apóstoles de la lucha contra el despotismo regio y mártires de la libertad, caen en una contradicción histórica de grueso calibre, y a algunos les lleva hasta el ridículo -¡Castilla, entera, se siente comunera!-. Es que la figura de aquellos caudillos puede muy bien ser respetada y hasta enaltecida, porque al fin y al cabo pusieron tan valiente como inútilmente sus vidas y haciendas en juego (y así, subieron al cadalso o marcharon al exilio); pero hacerlo como si fueran héroes del pueblo, cuando realmente defendieron los intereses y privilegios medievales de la nobleza castellana, no corresponde a una postura racional y progresista, sino de progresía tan barata como ignorante. Si, en cambio, de lo que tratan es de construir un mito revolucionario, aún a costa de falsificar la historia, entonces ya es otro cantar –el de la propaganda política-.
Si Juan Bravo de Mendoza y sus dignos compañeros se levantaran de sus sepulcros, y vieran cómo se les presenta, ellos, que actuaban conforme al ideal cristiano del caballero leal a su Rey y señor, sin duda desenvainarían sus espadas para acuchillar sin tardanza a estos progresistas, revolucionarios y políticos de salón que les hacen pasar por lo que nunca fueron. Respetemos verdaderamente su memoria, absteniéndonos de interpretar sus ideas a nuestra conveniencia, cuando no de falsificarlas.
Concluyo con un pequeño desahogo: ¿por qué tenemos los españoles, especialmente los castellanos, esta tendencia a conmemorar batallas perdidas o ganadas en luchas civiles (desde Numancia al Alcázar de Toledo)? Cuando lo cierto es que tenemos tantos y tantos sucesos de nuestra gran historia de los que, esos sí, enorgullecernos legítimamente…
Y respecto de la fiesta principal de nuestra región, del antiguo Reino de Castilla y León bajo cuya dirección y primacía se formaron y vertebraron España y América, ¿no sería más serio, más oportuno, más civilizado, volver a celebrarla el día de San Fernando, tan usado en estas tierras hasta hace pocos años? Porque, al fin y al cabo, y aparte sus connotaciones religiosas tan sentidas entre los castellano-leoneses, fue Don Fernando III quien unió definitivamente a León y a Castilla, el primer monarca del reino unido, y el que llevó sus banderas triunfantes hasta los alcázares moros de Jaén, de Córdoba y de Sevilla, nada menos. Parece efemérides mucho más relevante e importante en nuestra larga historia, que la de la breve revuelta comunera, tan manida como inconsecuente.
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(*) Doctor en Historia.
Correspondiente de la Real Academia de la Historia en Segovia.