¿Rescate sí, no, esta semana, la siguiente o después de las elecciones autonómicas? Las especulaciones en torno a si el Gobierno pedirá la ayuda a la UE son el tema más comentado por analistas, financieros y políticos.
La visita el pasado lunes del comisario económico del Ejecutivo europeo, Olli Rehn, dio alas a los rumores que aseguraban que la solicitud era cuestión de días, y más aún cuando ayer se supo que el ministro Luis De Guindos, la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, y el titular de Industria, José Manuel Soria, mantendrán hoy mismo una reunión en Madrid con el ministro de Economía alemán, Philipp Rösler.
No obstante, y a pesar de todos los dimes y diretes, parece que la decisión sobre el rescate no será «inminente». Al menos así lo adelantó ayer el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que salió a la palestra para callar bocas, sobre todo la de la agencia Reuters, que fue la primera que hizo saltar las alarmas al hablar, incluso, de que la solicitud sería este mismo fin de semana. «Puede ser que tenga mejor información que yo, pero si sirve lo que yo digo, le digo que no… pero si usted no lo cree, pues a lo mejor acierta», apuntó el dirigente a un periodista.
Fuentes de su partido ya habían comentado horas antes que Rajoy había desmentido esas informaciones el lunes por la noche, en una cena que celebró en Madrid con los líderes regionales de la formación conservadora. Es más, el Gobierno considera que en estos momentos lo prioritario es cumplir con los acuerdos alcanzados en el último Consejo Europeo de Bruselas para avanzar en la unión bancaria y fiscal.
Después de la ayuda que Rajoy pidió en junio al Eurogrupo para la banca nacional en problemas, el jefe del Ejecutivo analiza desde principios de agosto si solicita o no un rescate. Según han dicho él y otros miembros del Gabinete en varias ocasiones, el Gobierno está a la espera de conocer profundamente cuáles serían las implicaciones que conllevaría tomar la decisión.
El Banco Central Europeo (BCE) está dispuesto a comprar deuda de países en problemas, como España, cuya financiación se está viendo muy dificultada en los mercados. Pero su presidente, Mario Draghi, ha establecido como condición previa que el Estado en cuestión acuda antes al fondo de rescate europeo, lo que conllevará condiciones a cumplir.
Según los analistas, Rajoy podría estar dilatando la petición porque teme que las condiciones pasen factura a su partido en las elecciones autonómicas del 21 de octubre en Galicia y País Vasco.
Además, parece que Alemania y otros países de la zona euro, como Finlandia, no ven ahora mismo claro el tema del rescate de España y podrían exigir medidas más duras en estos momentos.
No obstante, Olli Rehn aseguró el lunes en Madrid que la Comisión Europea está «lista, dispuesta y preparada para actuar» si España decide pedir un rescate, y así volvió a reiterarlo ayer.
Una de las voces que se han decantado por que España deshoje ya la margarita y solicite la ayuda a la UE ha sido la de la consejera delegada de Bankinter, Dolores Dancausa, quien adelantó ayer que la petición debe realizarse y debe hacerse «cuanto antes», porque será una buena noticia para los bancos y las empresas, ya que, comenzarán a abrirse los mercados y a reactivarse la economía.
«Si tenemos que pedir financiación exterior, pues hagámoslo y hagámoslo cuanto antes, porque creo que ese será el camino para que se abra la puerta a que el BCE compre deuda en el mercado secundario, y, a su vez, eso hará que España pueda emitir a precios más bajos», afirmó Dancausa.
Horas antes, el diario The New York Times publicó un editorial muy crítico con la política de austeridad aplicada en Europa y criticó la postura de Alemania de retrasar la unión bancaria que «necesita desesperadamente España» para recapitalizar sus entidades.
El periódico reconoce que Rajoy tiene de momento algo más de libertad que los líderes de Grecia o Portugal, dado que no ha pedido aún el rescate, pero incide en que no es «un actor libre». A este respecto, recuerda que los actuales problemas de deuda de Madrid no son culpa de un derrochador gasto público en los tiempos del boom, sino producto de una burbuja inmobiliaria alimentada por un «crédito barato artificial».
