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El BCE, como un tío en Alcalá…

por Redacción
16 de junio de 2012
en Nacional
Dos inversores observan los índices de la Bolsa de Madrid. / Reuters

Dos inversores observan los índices de la Bolsa de Madrid. / Reuters

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Si uno se asoma a la calle, el paisaje está dominado por jóvenes, de rostros contentos y camisetas rojas con franjas amarillas, incluso con bandera, esa insignia nuestra que parece de exclusiva utilización deportiva. Éstos se alegran de los goles de la selección y, aunque consuman menos en los locales, transmiten cierto entusiasmo. Eso sí, tras las celebraciones de los triunfos no tardan en enseñar su rostro en las conversaciones, la preocupación por lo cotidiano, el trabajo que no se tiene, el miedo al despido y el sueldo que no alcanza. Cada cual intenta buscarse la vida y muchos de ellos amparados únicamente por esa inmensa y eficaz ONG española que es la familia, a la que también se le empiezan a agotar los recursos.

Pero si uno deja la normalidad de nuestras calles, que al menos parecen normales con sus manifestaciones, y se asoma a los portales de Internet, a los noticiarios o a los periódicos, entonces el rostro se demuda y el miedo nos invade. Dos días, desde que Moody’s, nos asestara la ultima puñalada, tres mejor dicho, trapera y con saña, en el momento exacto para que todos los especuladores se cebaran con nosotros. La prima de riesgo ha superado dos días consecutivos los 550 puntos, ese más que fatídico nivel que significa un siete por ciento de interés cuando vayamos a colocar deuda, algo que, por fortuna, no nos ha tocado estos días, pero que nos tocará a la vuelta de la esquina. A Italia sí, y la han crujido, aunque ellos están en esto algo más relajados de prima que nosotros. Por cierto, que lo sorprendente ha sido nuestra bolsa, empeñada en resistir bravamente y hasta avanzar para acabar la semana con subidas consecutivas y recuperando los 6.700 puntos. Un raro y contradictorio consuelo, pero consuelo al fin y al cabo.

Expectativas

Creía el Gobierno, las grandes instituciones financieras, los empresarios más poderosos, que tras el rescate a las cajas naufragadas llegarían los frutos, que parecen buenos y que muchos envidian: Alrededor de un tres por ciento de interés que es lo único que se anota como déficit, pero que no hay que empezar a pagar y contabilizar hasta 2017. No pintaba mal y a primera hora del lunes hasta había euforia. Duró tres horas. Sobre nosotros cayeron en picado y desde todos los lados. El ataque fue terrible, continuado y feroz y ahí nos ha dejado, tumefactos, en la lona, a la espera es ese momento que puede ser ya de pánico cuando el domingo voten de nuevo los griegos y quizás salga triunfante ese «nos quedamos en el euro, pero de pagar deudas nada, subimos salarios y eso sí, con urgencia mándenos antes del día 23 una pasta que no hay un chavo para las nominas de los funcionarios». Puede desatarse la estampida y los que estamos más expuestos a los cascos de la manada que se desboca somos nosotros.

Dice el BCE que tiene preparado un plan. Pues bueno. Por lo que hemos visto de la entidad y su inanidad absoluta mientras nos daban un estacazo tras otro, «tener un BCE así es como tener un tío en Alcalá, que ni tiene tío ni tiene ná».

Al Ejecutivo lo tienen, en menos de seis meses, achicharrado. Cierto que el agujero de entrada no es suyo, pero de salida lo está cavando. Mantiene la calma, dice, y eso parece pero le cae estopa y granizo por todos lados. Desde fuera y desde adentro y de postre Almunia, que a lo mejor lo de cerrar algún banco inviable, salvando depósitos, es lo menos malo. Pero Almunia no tiene que ir por allí adelantando irresponsablemente titulares y menos en un momento como éste y siendo el único comisario que tiene España y, menos aún, con el precedente de lo que de su entorno salió, que inflábamos el déficit, que no era el 8,5, que aún se quedaron cortos y nos la liaron…

Legalidades y mandatos aparte, así como lealtades descontadas, lo de Almunia es una evidente incongruencia. Fue candidato a presidente y secretario general del partido que es el rival esencial del que ahora gobierna España. Está allí como residuo de otro tiempo y de otras mayorías y, más allá de cualquier otra consideración la cosa chirría.

Porque en estos momentos, tan decisivos y cruciales, como temerosos, cualquier nota discordante y más si es del «español de Bruselas» hace saltar la alarma y la congoja. Claro que en eso de aparentar una cosa y hacer la contraria el maestro es Rubalcaba. En el coro de garrotazos al Gobierno, el parece que se distancia y ofrece manos tendidas. Pero los hechos parecen darle la razón a aquella caricatura, creo que de Anasagasti, sobre su comportamiento. «Rubalcaba, ni obra buena ni palabra mala».

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