«No insistáis tanto en que va a gobernar Bildu, que la gente coge miedo y va a votar masivamente al PNV para evitarlo», reclama un dirigente del PP vasco que, evidentemente, prefiere a los nacionalistas en el poder a que lo haga una formación tan cercana a ETA. Teme que si se produce un vuelco a favor del partido que encabeza Íñigo Urkullu con un resultado apabullante de votos, los peneuvistas saquen del cajón su independentismo que, hasta ahora, lo tienen guardado precisamente porque no quieren provocar una fuga de los simpatizantes nacionalistas que en ningún caso son independentistas.
Las elecciones del 21 de octubre en Galicia y País Vasco son, una vez más, un reto para los máximos dirigentes de los partidos nacionales, en este caso, Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba. Pero también los candidatos están contaminados por la personalidad y el trabajo de sus jefes.
La gestión del presidente del Gobierno afectará al resultado que obtenga su candidato, Núñez Feijóo -calificado ayer por Rubalcaba como «el monaguillo de Rajoy»-, como perjudicó en marzo a Arenas. Nadie discute que si el mandatario nacional hubiera tomado a su debido tiempo las medidas de ajuste que aplazó, el líder del PP andaluz estaría gobernando.
El 21 de octubre los gallegos acudirán a las urnas más condicionados por la política de Rajoy que por la gestión del actual presidente de la Xunta. Aunque la ideología interviene, evidentemente, Feijóo puede ser víctima también de los ajustes del Ejecutivo y, sobre todo, del hasta ahora justo resultado de esas medidas. La incógnita está en saber si Rajoy suma o resta.
Siempre benefició en Galicia, su tierra, y ésa es la razón de que el actual mandatario autonómico le haya pedido que participe muy activamente en la campaña, aunque corre el riesgo de convertirse en un elemento de perturbación.
De hecho, el candidato popular solo quiere la presencia de dos miembros del Gabinete: Soraya Sáenz de Santamaría, la mejor imagen del equipo de Rajoy, y Miguel Arias Cañete, que ha peleado insistentemente en Bruselas para conseguir incrementar la cuota del sector lácteo, fundamental para la ganadería gallega. Y estará Ana Pastor, por supuesto, pero no cuenta porque forma parte de los parlamentarios regionales.
Por su parte, Rubalcaba cuenta con un mal candidato, Pachi Vázquez, al que va a intentar ayudar con todas sus fuerzas, a pesar de saber que tiene pocas opciones. El reto del líder socialista es mejorar el resultado anterior y, sobre todo, impedir la mayoría absoluta del PP. Si no lo consigue sentirá en su nuca el aliento de sus adversarios, porque no acaba de cuajar como secretario general del partido: su equipo de dirección no convence, no ha actuado con energía ante el problema del rumbo del PSC y existe la percepción de que solo ganará terreno a base de capitalizar los errores de sus adversarios, no por méritos propios.
Los progresistas sufren las consecuencias del Gobierno de Zapatero, pero ya ha pasado tiempo suficiente como para haberlo superado y, sin embargo, no levantan cabeza como indican los sondeos. Además, la detención del alcalde de Orense no facilita las cosas. Como tampoco lo hace el hecho de que, en el caso de que pudiera gobernar Pachi Vázquez porque Feijóo no logra la mayoría absoluta, los socialistas tendrían que pactar con tres o cuatro partidos para gobernar… Con lo que eso significa para unos gallegos que ya expresaron su rechazo al bipartito hace cuatro años.
Mientras, en el País Vasco, Antonio Basagoiti ya ha declarado que apoyará la investidura de Íñigo Urkullu si de esa manera impide que gobierne Bildu. Pero no repetiría la experiencia de firmar un acuerdo de gobierno, porque le separan años luz de los nacionalistas. Sin embargo, con la irrupción de los abertzales, mejor apoyar a los peneuvistas que a los que tan vinculados han estado ideológicamente a una banda terrorista.
La coalición radical, por su parte, consciente de que en estas elecciones se juega su futuro, ha moderado su lenguaje… y su apariencia. Ha buscado una profesora de Universidad y escritora, Laura Mintegui, que aparece en público bien trajeada y los restantes candidatos han abandonado su aspecto desaliñado para tratar de ofrecer una imagen de gente correcta y fiable. No han condenado a ETA, pero insisten en la necesidad de trabajar por la paz y el abandono de la violencia.
¿Y Patxi López? El actual lehendakari no tiene ninguna posibilidad de repetir experiencia, ni de lograr más votos que el PNV, y muy pocas de que Urkullu cediera la presidencia regional en un hipotético gobierno de coalición. El líder nacionalista, además, lo ha dicho en las últimas semanas: si vuelve a ganar las elecciones será él quien dirija la autonomía.
De este modo, para Rajoy y Rubalcaba las elecciones vascas tienen menos consecuencias que las gallegas desde el punto de vista de su proyección personal, pues se juega más en la cancha de los nacionalismos. A los dos les interesa que sus partidos mantengan, al menos, su número de parlamentarios, pero, salvo descalabro para sus siglas, salvarán la cara porque se ha asumido con naturalidad que los vascos apuestan cada vez con más firmeza por otras formaciones. Asimismo, la entrada de Bildu en las instituciones como un cañón afecta al número de escaños de las restantes fuerzas políticas, pero, en principio solo puede captar votos del PNV o de los que se abstuvieron hace cuatro años.
Así que mientras a Núñez Feijóo sí le puede afectar la gestión del Gobierno de Rajoy; a Basagoiti, muy poco. Y, por su parte, Pachi Vázquez puede sufrir las consecuencias del desencanto con Rubalcaba, pero el voto a Patxi López en cambio está vinculado a su gestión como lehendakari y al complicado entramado político y social en el que vive la sociedad vasca. A pesar de todo, tanto Rajoy como Pérez Rubalcaba se van a dejar la piel en Galicia y País Vasco para apoyar a sus aspirantes.
