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El sacerdote

por Ángel Galindo García
20 de marzo de 2022
en Tribuna
ANGEL GALINDO
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Del final al principio

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En el día del Seminario los cristianos se preguntan ¿cómo formar sacerdotes que estén verdaderamente a la altura de estos tiempos, capaces de evangelizar al mundo de hoy? La respuesta vendrá de un conocimiento de la situación con la que se pueda dibujar un cuadro exacto de las circunstancias socioculturales y eclesiales concretas.

Lo propio es poner la mirada en la vida y misión sacerdotal. El seminario solo se entiende en función de la vida sacerdotal. El seminarista no ha de formarse para ser seminarista sino para ser sacerdote.

Pero ¿qué es y debe ser un sacerdote? En el ámbito religioso, sacerdote, imán, pastor, rabino, monje, son personas que están entre Dios o los dioses y el pueblo, bien para hacer de “puente”, bien para hacer de maestro o bien para hacer de hechicero. De todos modos es un intermediario, un pontífice o un servidor.

Pero, si se sitúa en la religión católica, ¿qué es un sacerdote? Para describirlo es preciso saber que a cada oficio o servicio religioso se le define por sus actitudes profundas y por sus tareas o comportamientos. Entonces ¿Qué es un sacerdote católico y cuáles son sus tareas?

Un sacerdote es un hombre de fe: tiene relación por tanto con la vida religiosa. No se trata de una profesión para ganar dinero ni para tener poder. Se trata de una persona que vive desde la fe en referencia a una comunidad o parroquia de manera que los parroquianos han de ver que lo que predica lo vive y se lo cree.

Los sacerdotes son administradores de los bienes espirituales (los sacramentos, la orientación espiritual, la celebración del culto) y de bienes materiales (distribuir limosnas, ayudar a enfermos, gestionar los bienes de la parroquia y de la comunidad). Todo ello en servicio y con la colaboración de la comunidad cristiana.

Para cumplir su misión, el sacerdote, como buen pastor, estará con los feligreses: a veces ira delante de ellos, otras veces estará detrás y otras se situará en medio de los feligreses. Un sacerdote que está todo el día metido en casa, no se le ve rezar o viaja lejos de los feligreses no es un buen sacerdote ni buen pastor.

Por todo esto, el sacerdote no es un trabajador social o del ayuntamiento. Podrá realizar actividades en colaboración con instituciones sociales pero siempre será autónomo e independiente. Por tanto, un alcalde que quiera dirigir los actos religiosos de una parroquia o utilice al sacerdote estará usurpando una función que no le corresponde.

Por otra parte, el sacerdote no depende de su familia de sangre ni trabaja para ella. Jesús de Nazaret lo dice bien claro: “quien no deja a su padre o a su madre por mí no es digno de mi”. Un sacerdote que se incorpore a una parroquia para ganar dinero, para él o para su familia, no es buen sacerdote. Un sacerdote pedigüeño es un lobo con piel de cordero.

Cuatro son los caminos que definen la formación de un buen sacerdote:

a. «Sin una adecuada formación humana, toda la formación sacerdotal estaría privada de su fundamento necesario». Esta afirmación expresa no solamente un dato sugerido por la razón y comprobado por la experiencia, sino una exigencia que encuentra sus motivos más profundos y específicos en la naturaleza misma del “cura” y de su ministerio.

b. La misma formación humana se completa en la formación espiritual. En este designio de Dios está el fundamento de la dimensión religiosa del ser humano, intuida y reconocida también por la simple razón: el hombre está abierto a lo trascendente, y posee un corazón que está inquieto hasta que no descanse en el Señor.

c. La formación intelectual, aun teniendo su propio carácter específico, se relaciona profundamente con la formación humana y espiritual: participando de la luz de la inteligencia divina, trata de conseguir una sabiduría que, a su vez, se abre y avanza al conocimiento de Dios y a su adhesión.

d. Toda la formación de los candidatos al sacerdocio está orientada: a prepararse para el ministerio de la Palabra, para el ministerio del culto y de la santificación, para el ministerio del Pastor, que “no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida para redención del mundo”. 

—
(*) Catedrático emérito.

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