Llegado el mes de noviembre, atrás quedaron ya los festejos en torno a la Virgen del Rosario, que en la zona de la Sierra toman y tomaron en siglos atrás, especial importancia. Y fue ayer, sábado 2 de noviembre, cuando estuve en La Torre (Torre Val de San Pedro) poniendo en valor sus elementos centenarios para La Ofrenda del Rosario.
A La Torre llegué en 2011 a grabar el repertorio de danzas de palos. Uno de los 7 pueblos de la sierra que presentan el enaguado en los danzantes junto con Gallegos, San Pedro de Gaíllos, Arcones, Orejana, Castroserna y Valleruela de Pedraza ,a los que se suman los de calzón corto de La Matilla y Valleruela de Sepúlveda. Y uno de los 30 que palotean en Segovia en la actualidad. Y uno de los pocos que sigue manteniendo el ritual del Rosario, de manera centenaria.
Desde 2013 que grabé a toda la provincia, he observado una pérdida en la ejecución debido a la incorporación de danzantes infantiles. No es el caso de La Torre, donde la calidad de las danzas de palos está asegurada. Volví nuevamente en 2016 tras recibir una de las becas de la Diputación para documentar la DANZA Y RITO en la provincia de Segovia. Y nuevamente regresé en 2023 tras recibir por segunda vez, otra beca de la diputación para estudiar, en este caso, EL RITUAL DEL ROSARIO, y por tanto grabar el rito de los ennombrados. Llegué buscando ritos, danzas y soldadescas centenarias. Tres grandes trabajos y en los tres ha estado siempre presente La Torre.
Y es que las danzas de palos y otras danzas rituales como El Arco/La Puente, El Arado y El Caracol; las soldadescas con sus alabardas, banderas, y tambores; y las gitanas con su recitado de versos y sus roscas, han adornado la función del Rosario desde hace 400 años, especialmente en los pueblos de la zona de la Cañada Real.
Segovia es una de las provincias más documentadas en relación a las danzas y los danzantes y en general a los contextos procesionales. Gracias a las becas del Instituto de la Cultura Tradicional Segoviana “Manuel González Herrero” se han registrado las danzas a principios del siglo XXI y desde ahí, hacia atrás, se han documentado hasta el siglo XVI. Nada menos que 400 años de historia. Sabemos lo que hay y lo que hubo. Hemos logrado escribir la historia de nuestras costumbres, pero ¿y qué futuro le espera a este ritual?
Porque en Segovia los adornos de las procesiones en honor a los patronos del lugar, no faltaron, ni faltan, pero faltarán si seguimos perdiendo elementos patrimoniales. Un puzzle en el que año tras año y siglo tras siglo se van perdiendo piezas y del que, si no lo remediamos, en unas pocas décadas solo podremos documentar su pérdida.
Pueblos que siguen festejando El Rosario pero que han perdido por ejemplo las soldadescas, como Tabanera del Monte; las danzas de gitanas y sus roscas como Torre Val, y es que de los muchos pueblos que tuvieron un importante ritual en torno al Rosario, solo quedan dos: La Torre (Torre Val de San Pedro) y Orejana. Ritual decimos con sus roscas, sus versos, sus danzas y sus soldadescas. Otros pueblos intentan mantener el interés de sus jóvenes en ese ritual, con más o menos éxito, como son Miguel Ibáñez o San Cristóbal de Segovia. Y en otros casos, estos elementos que siglos atrás adornaron el día de la función del Rosario se han convertido por si solos en ritual, como es en Sepúlveda la Bandera, o las de San Sebastián (soldadesca) en Navafría. O se han cambiado las insignias para honrar a otras advocaciones.
Los fastos al Rosario comienzan tras la victoria de la Batalla de Lepanto el 7 de octubre de 1571, victoria que se atribuyó al Rosario que el papá mandó rezar en Europa a la hora de la batalla, atribuyendo la victoria a la Virgen del Rosario. Con esto y siguiendo los gustos de la época de adorno y escenificación, se siguió representando la defensa de la Virgen ante el infiel, siempre que la V. del Rosario salía en procesión. Y es que se la honraba en todos los festejos marianos del año litúrgico: Resurrección, Visitación, Virgen de Agosto, Virgen de Septiembre, y 1er y 2º domingo de octubre, hasta que en el siglo XVIII se fijó la fecha del 7 de octubre-día de la batalla de Lepanto-, como fecha para su celebración. Y este adorno ha llegado vivo hasta nuestros pueblos desde hace 400 años, aunque en algunos casos, fruto del carácter vivo y cambiante de este tipo de patrimonio, con cambios importantes.
La Torre (Torre Val de San Pedro) sigue conservando muchos de sus elementos centenarios en torno al Rosario: danzantes, el guion, la bandera, el atabal, o las danzantas con la danza El Arado en el ofertorio de la liturgia, con un gran poder de convocatoria dentro de la iglesia. Y es que realmente el adorno de la procesión con danzas de palos es de la admiración del pueblo de La Torre, tomando gran importancia la danza de La Puente (Arco) por debajo de la que pasará la Virgen del Rosario. Además, conserva el tiempo festivo centenario: La Ofrenda el 2º domingo de octubre.
Las danzas hacen su función de adorno y la soldadesca su función defensiva ambas registradas en el libro de la Cofradía del Rosario desde hace 300 años. Cuatro casados y cuatro solteros (estructura de casadas, y solteras que también encontramos en las San Sebastián en Navafría y que fue muy popular en otros pueblos de la sierra) escoltan a la Virgen. Los casados tocados con sombreros y franja carmesí no se separan de la Virgen, mientras que la soldadesca (los solteros) se van adelantando a la procesión corroborando que no acecha el peligro del infiel y bailando la bandera mientras suena el atabal.
La Torre tiene una bandera de cuadros, igual que sucede en Zamarramala, que en tiempos pasados era de tafetán y que es un modelo a base de cuadros de colores. Y es que hay otros pueblos que han perdido la bandera de la soldadesca como Orejana o San Cristóbal de Segovia. Y otros, que han perdido toda la soldadesca hace un tiempo relativamente cercano, como Tabanera del Monte que en siglos atrás gozó también del adorno de las danzantas que ofrecían roscas, las alabardas, la soldadesca y la bandera de cuadros de tres colores.
Dato curioso es la danza de El Arado. Una recreación de la canción de El Arado de la Pasión- pliego de cordel-ligada a la Semana Santa y que La Torre convirtió en danza desde al menos 1833, año en el que se registra el gasto del arado para las danzantas. Y eso que Santiuste de Pedraza, pueblo limítrofe, cuenta que la danza de El Arado “era suya” y que, en la recuperación de dicha danza en La Torre, vinieron a preguntar a Santiuste. De hecho, la Sección Femenina en 1959 la recoge en Santiuste de Pedraza donde además nos describen una rica indumentaria tradicional. Datos ambos que vienen a confirmar que era una danza extendida en la zona.
Y lo mismo sucede con la figura del guion que llevaban las danzantas o gitanas. Ese guion sigue guiando la danza, en este caso de La Puente. Una danza muy similar a La Cruz de San Pedro de Gaíllos o El Caracol de Arcones, pero rematada con un Arco final adornado con mantones. Y es que sabemos que esa Cruz y Caracol los realizaban los pastores de Casla en Navidad. Y es que ese danzante o guión que guía las danzas de gitanas existía también en siglos anteriores en otros ejemplos de la provincia de Segovia, tal y como nos cuenta Cervantes en La Gitanilla (“Y la primera entrada que hizo Preciosa – la protagonista- en Madrid […] con una danza en la que iban ocho gitanas, cuatro ancianas y cuatro muchachas, y un gitano, gran bailarín, que las guiaba”). Y esa misma estructura es la que hemos encontrado en el Corpus de Prádena del siglo XVIII.
El interés por la danza o por ser danzante no se ha perdido en La Torre ya que la procesión se convierte en escenario y las danzas en espectáculo. No obstante, pese a ese fervor por los danzantes y danzantas, no tenemos su presencia en la liturgia y eso que El Arado es un reclamo de población a la hora del Ofertorio. Y es que el sacerdote ha sabido respetar, y no poco, el sentimiento del pueblo.
Elementos que el pueblo de La Torre ha sabido conservar durante 300 años. Muchas son y han sido las amenazas a las que se somete este patrimonio ahora y antes: guerras, hambres, pestes, pérdida de población, en definitiva, como pérdida de población tiene ahora. Los jóvenes, los herederos de esta tradición ya no la viven con el sentimiento de pertenencia. Les daría igual que la Virgen saliera con o sin danzas, o con o sin soldadescas (la discomóvil, no). Y en algunos casos lo observan como si estuvieran detrás de un cristal y no fuera “suyo”. Tampoco sabemos cómo llegar a esa población heredera. Cómo contarles que son los guardianes de esa tradición, que por legado la tienen en sus manos, como ha sucedido de generación en generación siglo tras siglo. La aculturación religiosa que hace que se denoste todo lo que aparezca en su contexto, sin ningún argumento, pesa más que lo patrimonial.
