Estos días de abril se rememora el V Centenario del episodio más triste de la historia de Castilla. La derrota de las milicias comuneras por las tropas imperiales. Pocos acontecimientos gozan del respaldo y honor de 500 años de historia. La llegada al continente americano, la conquista de Granada, o la aventura comunera forman parte de una exclusiva lista de hechos históricos que cambiaron el mundo. Momentos estelares de la humanidad, hubiera dicho Stefan Zweig. Acontecimientos en los que la corona de Castilla tuvo un protagonismo que es necesario comprender para poder explicar lo que en los próximos días se celebrará con moderado entusiasmo.
Eco a destiempo o esperanza de libertad
¿Fue la comunera la primera revolución moderna? El hispanista Joseph Pérez, el principal estudioso de los Comuneros, así lo cree. Constituyó el germen de las modernas revoluciones. La insurrección capitaneada por Padilla, Bravo y Maldonado contra el emperador Carlos V, nieto de los Reyes Católicos, representó para unos el eco a destiempo de viejos usos medievales y antiguas exigencias y requerimientos. En cambio, para otros, Castllla significó a lo largo de su historia una tierra de igualdad donde un hombre poseedor de un caballo ya era un caballero. Y donde la esperanza de libertad era un hecho real que se resumía en el principio jurídico castellano de que “nadie es más que nadie”.
La aventura comunera personificó un movimiento político en el que participaron todos los países hispánicos desde el Cantábrico hasta Gibraltar. Y por tanto, aunque la batalla final se resolviera en plena meseta, la derrota superó fronteras y sus consecuencias se sintieron en territorios tan alejados como Murcia, Sevilla, Jaén y Cáceres. Su presencia, recuerdo y admiración llegó hasta nuestros días. Los presidentes de tres parlamentos autonómicos: Castilla y León, Madrid y Castilla-La Mancha solicitaron hace unos años a las Cortes Generales la reposición en el hemiciclo de una placa conmemorativa en la que figuraban con letras de oro los nombres de Padilla, Bravo y Maldonado, defensores de las libertades castellanas.
Castilla y el peso de la historia
Y de los afectos desde el Congreso de los Diputados a las querencias de la plaza mayor de Villalar. Un sobrio y robusto monolito perpetúa la memoria de la ejecución de los jefes comuneros. Su arrojo y compromiso con las ciudades, villas y tierras por las que lucharon les hicieron entrar en la leyenda. Para formar parte inseparable de los lugares comunes y simplificaciones melancólicas que caracterizaron el mito de una Castilla pobre, triste y negra, “sin danzas ni canciones”, que algunos intelectuales adoptaron como propios.
El monolito erigido en Villalar al que recientemente añadieron más piedra para aumentarlo de tamaño, siempre el tamaño, fue erigido en abril de 1889. Lo cuenta Juan Ortega Rubio en su conocida obra sobre los pueblos de Valladolid. El erudito informa que allí se celebró una “fiesta patriótica” a la que él seguramente asistió, como se deduce de su texto. Parece el precedente más lejano que se conoce de la actual cita y fiesta política de Villalar.
Pudieron ser otras fechas y otros lugares, pero no cuajaron. Castilla dispone de una gran cantidad de simbología a la que recurrir. Todos con la enjundia suficiente como para ser considerados a la misma altura que Villalar. Cítese entre ellos a San Salvador de Oña, panteón de reyes y condes. San Millán de la Cogolla, en la Rioja, donde se pusieron por escrito las primeras palabras del idioma castellano. San Pedro de Cardeña, paraje íntimamente unido al Cid. Santo Domingo de Silos, centro cultural y artístico reconocido internacionalmente. San Pedro de Arlanza, unido para siempre al primer conde independiente de Castilla y Señor de Álava, Fernán González. Y su lugar de enterramiento hasta el siglo XIX, cuando sus restos fueron trasladados a Covarrubias. Ahora descansan en la colegiata en un sarcófago de piedra junto a su mujer, doña Sancha. Cubiertos por una enorme bandera castellana. El lugar estremece y perturba. El peso de la historia.
Juan Bravo triunfante
No son muchos los memoriales que perpetúan el trágico fin de los comuneros, pero destaca sobremanera la estatua en bronce de Juan Bravo que Aniceto Marinas levantó sobre un pedestal y pocas palabras. La escultura, en la plaza de las Sirenas, cumple estos días un siglo de antigüedad. Sin duda es uno de los rincones más inspirados y bellos de Segovia. A los pies del torreón de Lozoya y frente a la casa del siglo XV, donde según la tradición vivió el capitán comunero. Bajo la protección de la iglesia de San Martin, que guarda un viejo pendón castellano reproducido con esmero en la gran obra pictórica de grandes dimensiones que Carlos Muñoz de Pablos creó en un muro interior del Alcázar segoviano. La pintura detalla la coronación de Isabel I de Castilla. El pintor y eminente vitralista situó reconocibles rostros de segovianos contemporáneos como asistentes y testigos de la ceremonia.
Con todo, no fue pacífica la colocación de la estatua de Juan Bravo. Y lo que ahora, cien años después, es unánimemente querido, se despreció entonces por jóvenes intelectuales segovianos que en 1921dedicaron a esta escultura los más duros calificativos antes y después de su instalación en el primer estrado de la plaza de las Sirenas. Lo cuenta muy bien y detallado Carlos Álvaro. Aquello estuvo a punto de desbordarse. Al Ayuntamiento llegó una carta firmada por Machado, Ortega y Gasset, Romero de Torres, Azorín o Ignacio Zuloaga entre otros que clamaba contra la “descomposición” y “profanación” del entorno medieval. Los peores calificativos al monumento de Juan Bravo llegaron de un periodista. Ignacio Carral lo calificó de “maniquí” y “pelele de bronce”. Aniceto Marinas se defendió asegurando que la figura del jefe comunero estaría en “perfecta armonía” con el entorno. El tiempo le dio la razón.
Marinas imaginó un Juan Bravo triunfante. Con la cabeza alta y la mirada serena. La mano izquierda sobre la empuñadura de la espada. Mientras la derecha está a punto de alzar una bandera que sería de color celeste, con el acueducto campeando. El azul claro de Segovia y de sus milicias concejiles. Una imagen gloriosa y triunfante que nada tiene que ver con la derrota. Al contrario, Juan Bravo parece la viva representación del ave Fenix. Una imagen protectora desde Segovia para Castilla. Su afirmación como pueblo y de su voluntad de ser.
Pendones de color morado
Padilla, Bravo y Maldonado fueron decapitados en Villalar, pero no desaparecieron sus afanes, que continuaron vivos y adoptados en parte por el ideario carlista. O, en el otro extremo, por una secta masónica liberal donde personajes como Alcalá Galiano y el general Riego, desarrollaban su actividad política bajo el nombre de los Comuneros. Y tremolaban durante sus secretas acciones una bandera morada como creían o decían que era la de Castilla.
Sobre el color morado del pendón. Quizás sea este un buen momento para identificar y señalar un traspié que tiene su origen en la creación en 1634 de un Tercio real por Felipe IV, en cuyo uniforme destacaba el color morado. El Tercio de los Morados se le llamó, pero enseguida cambió su denominación por el de Castilla, de ahí la confusión. Pasó a ser Regimiento Inmemorial y se encuentra entre las unidades del Ejército más antiguas de España.
Y como una cosa lleva a la otra, la creencia equivocada del morado como el color de Castilla, llevó al presidente de la II República, Manuel Azaña, a cambiar la bandera bicolor de la nación española, rojo y gualda, por la tricolor que incorporaba el supuesto morado de Castilla junto a Cataluña y Aragón. Por otra parte, la denominación de bandera republicana solo a la tricolor es inexacto. Durante la I República la bandera nacional fue la bicolor. La ahora vigente. Además, Castilla y León no hacía falta que estuvieran representadas por franja de color alguno. Era explícito. En el centro de la bandera bicolor de la I Republica, figuraba un círculo partido con los emblemas de León y Castilla.
Una romería civil recuerda la derrota
Villalar, desde 1976, constituye el principal símbolo de la Comunidad Autónoma de Castilla y León que reúne cada año a varios miles de ciudadanos en el lugar de la batalla comunera. Una derrota que cumple 500 años. Un descalabro que, como se repite cansinamente en los discursos y manifiestos convocantes, es emblema de Castilla. Un lugar común al que siempre se recurre. Una celebración que contiene todos los elementos de una romería. Su justificación y su apología argumentada. Su explicación.
Para comenzar deberá hablarse de su espacio sagrado. La celebración se desarrolla en el campo de batalla donde en 1521 los caudillos comuneros derramaron su sangre por la “causa castellana”, en pomposa terminología concurrente. La plaza del pueblo recuerda aquel “martirio” con el monolito levantado en 1889. Además, Luis López Álvarez compuso en los años 70 un himno épico que todo el mundo cantó con el Mester de Juglaría. Un romance cargado de simbología con imágenes tan poderosas como la del pedernal y la vieja yesca en la que “prenderá la llama comunera”. El germen de la moderna fiesta se había creado, solo faltaba lo que luego sucedió con creces: la peregrinación romera.
Se va de romería a lugares donde se han producido hechos extraordinarios, y Villalar lo es. La época también es la apropiada, últimos de abril, tiempo de primavera y romerías. Además, como en las mejores fiestas, hay víspera. Algunas personas pasan allí la noche aguardando junto al “santuario” la llegada del día grande. Tampoco falta la liturgia: los sermones, homilías, rogativas y ofrendas que, en esta ocasión, se transforman en proclamas con ofrecimientos de flores y coronas de laurel a los pies del monolito para pedir, nunca mejor dicho, milagros. Por último, Villalar, como cualquier romería, dispone de su importante parte lúdica: puestos verbeneros, carruseles, venta de cerámica, recuerdos, bocadillos y actuaciones folklóricas.
Canto de esperanza
Como puede comprobarse, el parecido entre el día de Villalar de los Comuneros con una romería es admirable. Sin necesidad de ninguna intervención premeditada, esta fiesta de nuevo cuño dispone de un armazón que corresponde al de cualquier antigua romería. Una celebración moderna de un viejo hecho que arraigó en muy poco tiempo. Pero no cabe asombrarse, es esta suerte de camuflaje la que explica la pervivencia, a través de los siglos, de tantos festejos populares.
Es difícil mantener la esperanza en estos tiempos que corren. Quinientos años es más que una cifra redonda para conmemoraciones. Debería servir para conseguir imposibles, como apuntó Vicente Aleixandre en la presentación del Romance de los Comuneros. Según el Nobel español, “López Álvarez hizo algo que hoy parece imposible, el remozamiento de una épica”. Naturalmente se estaba refiriendo a la épica poética. Al manejo de los valores literarios para ennoblecer una aventura heroica.
Hay otras épicas,más allá de las poéticas, en consonancia con los valores que Aniceto Marinas impregnó a sus esculturas. Propósitos que algunos no supieron ver aunque criticaron con dureza. Los valores que Marinas transfirió a la imagen de Juan Bravo hay que interpretarlos con detenimiento. Tratan del triunfo sereno de la libertad. Del temple y valor sobre la insolencia. De la fuerza que no aplasta y de la lealtad sobre la vanidad. Cualquier líder debería tener en mente estos principios. Y no abandonarlos.
El escultor Aniceto Marinas por su intuición y tenacidad merecería, un siglo después, algún gesto de reparación. El reconocimiento a Marinas sería un acto de justicia comunera. A fin de cuentas, la prevalencia de lo común frente a lo propio. Todo cuadra.
Carlos Blanco Álvaro es miembro del Consejo Asesor del Instituto de la Cultura Tradicional Manuel González Herrero.
