Manuel Pimentel vuelve con un nuevo ensayo: La guerra por la proteína animal, coescrito con el veterinario Juan Pascual Beitia. En un momento de nuevas movilizaciones agrarias y de creciente tensión entre políticas ambientales, acuerdos comerciales y supervivencia del sector primario, el exministro —también ingeniero agrónomo y ganadero— plantea que la discusión sobre la carne se ha convertido en un campo de batalla cultural, económico y geopolítico. Frente a lo que denuncia como un relato “moralizante” y a menudo basado en “medias verdades”, defiende la proteína animal como una cuestión de salud y seguridad alimentaria: no solo un asunto de dieta, sino de soberanía. En esta entrevista, Pimentel desgrana quiénes libran esa “guerra”, qué riesgos ve para Europa, qué exige a la UE ante Mercosur y por qué el malestar del campo ya no es un episodio puntual, sino un síntoma estructural.
—Usted ha sido ministro, empresario y editor. ¿Desde cuál de esas miradas nace La guerra por la proteína animal y qué le empujó a escribirlo ahora?
—Además de ello, vivo en el campo, soy ingeniero agrónomo y ganadero. He vivido de primera mano el desprecio hacia los profesionales del campo. Me sensibilicé ante esa situación injusta, lo que me llevó a escribir, primero, La venganza del campo y, ahora, La guerra por la proteína animal. Eran ensayos necesarios que llegan en el momento adecuado para abrir un gran debate sobre el campo y nuestra alimentación. Todavía estamos a tiempo de actuar. Pienso que desde el mundo rural también debemos generar pensamiento y discurso, para hacer comprender nuestra realidad a una sociedad urbana que nos desconoce por completo. Vivimos en la contradicción colectiva de querer alimentación buena, bonita y barata, pero sin agricultores ni ganaderos y, claro está, eso no puede ser. Por eso, hemos escrito esta obra con el ánimo de que trascienda del mundo ganadero y para que llegue a la sociedad en su conjunto.
—El libro está coescrito con el veterinario Juan Pascual Beitia. ¿Cómo se repartieron el trabajo: qué parte es más “política/sectorial” y qué parte más “científica/técnica”?
—Se trata de un ensayo breve, escrito de manera amena y divulgativa, abordando de fondo las grandes cuestiones que afectan al sector ganadero. Lo hemos escrito entre un veterinario – Juan Pascual – y yo como ingeniero agrónomo, con una coincidencia de mirada y mensaje. La lectura fluye de manera natural, sin que se aprecie quién ha elaborado unas partes y quién otras. La verdad es que hemos trabajado los dos en todas. Aunque nuestra prioridad es la divulgativa, no hemos rehuido abordar temas técnicos, como el del metano, el consumo de agua o los aspectos de salud relacionados con el consumo de carne.
—En el libro hablan de “guerra”. ¿Quiénes son, a su juicio, los principales bandos y cuáles son las armas de esa batalla?
—Hemos usado el título de “guerra” por dos conceptos básicos. El primero, porque el consumo mundial de proteína animal crece, mientras que en Europa estamos empeñados en disminuir la producción. Las potencias se esforzarán por garantizar la proteína que sus habitantes precisan y los europeos, una vez más, no estaremos bien posicionados. El segundo, porque ciertas ideologías, activismos e intereses atacan al consumo de carne, a sus productores y distribuidores. Con este ensayo breve pretendemos poner en valor a la proteína animal y a los esforzados profesionales – ganaderos, pescadores, veterinarios, industriales y distribuidores – que nos la proporcionan. Entendemos que es sumamente necesario y positivo argumentar con serenidad y participar en el debate público en todo lo relacionado con la alimentación y la carne. Ese debate público ha estado monopolizado por los que atacan a la carne y a los ganaderos, y es bueno y sensato que también se escuche la voz del sector y la de sus estudiosos.
—En el libro dicen: “La carne es salud. ¿Por qué quieren quitárnosla?”. ¿A quién se refiere ese “quieren”?
—Basta leer la prensa diaria para comprobar los ataques que la ganadería recibe. Que si maltrato animal, que si metano, CO2, agua o purines. Que si la carne es mala, que si es inmoral su consumo, que si no tenemos derechos a sacrificar a un animal. Se trata de medias verdades que persiguen estigmatizar al sector. ¿Quiénes están detrás? Pues ideologías y activismos varios, a veces no tan inocentes como quieren hacer creer. Basta con analizar en el portal de transparencia de la UE quiénes son los principales donantes de algunas de las grandes ONGs animalistas. Encontraremos grandes tecnológicas con intereses directos en el desarrollo, por ejemplo, de la carne sintética. ¿Casualidad?
—¿Dónde sitúa la frontera entre crítica legítima (bienestar animal, impacto ambiental, exceso de procesados) y una ofensiva ideológica contra el sector?
—Todas las opiniones deben ser respetadas en la sociedad, que debe regirse por el respeto y la libertad. El mismo respeto merece quien, libremente, desea ser vegetariano que quien prefiere mantener una dieta omnívora. Pero, como hemos visto, existe una guerra declarada contra la carne que se convierte en ofensiva ideológica cuando se basa en relato y discurso, más que en datos, y, sobre todo, cuando se carga de posicionamiento “moral”. Algunos quieren hacernos creer que comer carne es pecado, que no tenemos derecho a sacrificar un animal para obtener su proteína. ¿Acaso es inmoral que el león devore a la gacela? No, no lo es, va en su naturaleza. Pues igual ocurre con la especie humana, omnívora desde sus orígenes. Nuestra naturaleza precisa del consumo de carne, tenemos derecho natural a su ingesta. Comerla, en ningún caso, supone inmoralidad. Otra cosa es el respeto que debemos a la naturaleza y a los animales. Nuestro lema podría ser: Respetamos a los animales, precisamos de su proteína. Resulta compatible, se llama naturaleza.
—¿Cuál es su argumento más fuerte frente a la acusación de que la ganadería es incompatible con los objetivos climáticos?
—Se le acusa de emitir gases de efectos invernadero, CO2, y también metano, CH4. Argumentamos que sus emisiones no son significativas frente a otras fuentes mucho mayores, que el metano que emiten – por eructos, no por pedos como tantas veces leemos – proviene del CO2 fijado previamente por los cultivos a través de la fotosíntesis. Parte de ese carbono se convierte en carne y parte se devuelve como metano que, pasado unos pocos años, se descompone en CO2, iniciando de nuevo el ciclo del carbono. No existe un incremento neto, sino que tiene un balance neutro. Si el ganado no pastara en el campo, lo harían los rumiantes silvestres – ciervo, corzo, gamo – como llevan millones de años haciendo. Es un ciclo natural para el que la naturaleza está preparada. En cuanto al ganado de las granjas europeas, al ser mucho más eficientes, produce muchas menos emisiones que el de otras zonas. Así, una vaca europea genera lo que casi veinte de la India, con la reducción casi proporcional de emisiones. El argumento que ataca a la ganadería en materia ambiental es falaz en gran parte, como también ocurre con el consumo de agua o los purines, que tienden a ser reutilizados como energía sostenible o para riego. Y en cuanto al consumo de agua, deberíamos separar entre aguas azules, verdes y marrones, para desmentir el mantra del excesivo consumo de agua por parte de la ganadería.
—Ustedes hablan de “guerra por el abastecimiento global”. ¿Qué potencias y qué cadenas de suministro están compitiendo por asegurar proteína? ¿Qué vulnerabilidades ve para Europa?
—La que de manera más clara ha luchado por garantizar la alimentación de su población ha sido China. De ahí, por ejemplo, sus grandes inversiones agrícolas en África. Estados Unidos, de manera diferente, a través de los aranceles, trata de proteger a sus productores, a costa de los nuestros. Y Europa, mientras tanto, a verlas venir. El acuerdo de Mercosur podría ser un paso para conseguir mercados, pero se ha realizado sin la suficiente sensibilidad para el sector ganadero, que desconfía, y razón no le falta, de las autoridades europeas. El mundo se mueve y la alimentación se convierte en una pieza fundamental dentro de la partida geopolítica en la que estamos envueltos. Europa no puede olvidarse de la despensa de los europeos, ni dar la llave que la abre a terceros países.
—¿Hasta qué punto la seguridad alimentaria debería tratarse como asunto estratégico (similar a energía o defensa)? ¿Qué cambios institucionales implicaría en España y en la UE?
—La seguridad alimentaria adquiere una importancia geopolítica. No tiene sentido tener hangares llenos de misiles, pero la despensa vacía. Debemos trabajar para garantizar la alimentación de los europeos. Tristemente, la última PAC se orientó para lo contrario, para disminuir producciones, un contrasentido por el que podemos pagar un caro precio.
—Estos días el campo vuelve a movilizarse, ¿qué está fallando estructuralmente para que el malestar sea recurrente?
—El campo, con toda la razón del mundo, se siente despreciado, marginado, incomprendido. La burocracia lo aplasta, los jóvenes se marchan, las pequeñas explotaciones tienen que cerrar. ¿Cómo no estar profundamente indignados?
—Los acuerdos comerciales (por ejemplo Mercosur) están en el centro de las movilizaciones agrarias. ¿Qué condiciones mínimas exigiría usted antes de firmar/ratificar un acuerdo de ese calibre?
—Mercosur es un acuerdo con elementos positivos, tanto por garantizar mercados para la UE como para lanzar al mundo un mensaje de colaboración y multilateralismo. Pero se ha hecho a espaldas de los agricultores, que recelan, y mucho, de lo acordado. Y lo más sangrante y contradictorio es que, de nuevo, se permitirá importar carne y otros productos que no cumplen los requisitos a los que están obligados los agricultores y ganaderos españoles. Pura competencia desleal y una gran contradicción. Si, por ejemplo, hacemos normas de bienestar animal muy exigentes en Europa, ¿por qué no la exigimos en Brasil, por ejemplo? Si de verdad a las autoridades le preocupara la vaca, así lo harían. No es el caso, luego los hechos demuestran que, en verdad, no les preocupan los animales, lo que quieren es acabar con la actividad ganadera en Europa, todo un suicidio alimentario que no podemos permitir.
—¿Qué responsabilidades atribuye a los gobiernos autonómicos frente al Gobierno central y la UE?
—Los gobiernos autonómicos, en general, han estado algo más cercanos al sector. Pero, durante décadas, han estado imbuidos, también, de mirada urbana. Por eso, han sido cómplices en las burocracia ininteligibles e imposibles. Ahora están más concienciados, ojalá se conviertan en actores que de verdad luchen por el sector primario.
—Si el lector solo pudiera quedarse con una idea del libro, ¿cuál sería?
—Precisamos de proteína animal para sobrevivir. Los ganaderos, que son los profesionales que nos la proporcionan, merecen todo nuestro reconocimiento y apoyo.

