NOMBRES
Antes de que la plaza tuviese el nombre “de Colmenares”, se llamó “de San Juan” y “del Conde de Cheste”: de San Juan, porque en ella se levantó en los tiempos de la repoblación, una iglesia dedicada al Bautista; y del Conde de Cheste, por lindar con el palacio de este personaje, que lo convirtió en centro de una pequeña corte cultural y artística que brilló en Segovia por los años que transcurrieron entre los siglos XIX y XX. Y se le dio oficialmente el nombre de Plaza de Colmenares, porque Diego de Colmenares, el famoso cronista del siglo XVII que escribió la historia de la ciudad, ejerció como párroco de la iglesia.
Salir de la confusión y lío de nombres de esta plaza no es fácil acudiendo sólo a documentos, pues son muchos los cambios que ha conocido. Mariano Sáez y Romero, en su libro Las calles de Segovia, los explica así: “Plaza de Colmenares. Por unos años se llamó así la que hoy es plaza del Conde Cheste y Conde Cheste a ésta de Colmenares, que anteriormente llevaba el nombre de San Juan…”, claro, pues.

IGLESIA
Aunque hecha de retazos, esta iglesia de San Juan de los Caballeros es un sobresaliente ejemplo del románico segoviano. Sobre probable base visigótica, se levantó con tres naves y tres ábsides, el central de distinta época y más antiguo que los laterales, una torre y un atrio angular. La torre, de potente base cuadrada, quiso ser como la de San Esteban, aunque o no se terminó o cayó abatida por el tiempo. El atrio y la portada occidental, ésta ya con arcos apuntados, se concluyeron en el siglo XIII.
Tras las desamortizaciones y los reajustes parroquiales que se produjeron en de siglo XIX, la iglesia quedó sin culto y pasó a ser, entre otras cosas, almacén de maderas. La ruina del templo llevó aparejada la del entorno, convertido en escombrera, en tendedero de ropa como se puede apreciar en la fotografía de Laurent, en solar para construcciones de baja calidad y, según nota aparecida en un periódico local el 28 del VIII del 1917, en dehesa a la que algunos desaprensivos no dudaban en llevar sus bueyes a pastar.
El año 1905 fue adquirida por el ceramista Daniel Zuloaga quien, tras haber instalado en ella su taller y sus hornos, acometió la restauración.

PLANO
De sur a norte, la plaza, limitada por una alineación de viviendas y la iglesia, se divide en cuatro partes: una calle ancha, un talud, un parterre entre dos senderos paralelos y la banda que, cerrada con verja, discurre al pie de los muros del templo. De oeste a este, esos elementos van desde la calle que lleva a la fachada principal del templo, hasta un sector de la muralla. Junto a ésta se cierran con una fuente circular, recuerdo del que pudo ser abrevadero, parterre con un surtidor, otra plazoleta y varios cuadros, dos rectangulares que continúan el parterre y dos triangulares, adaptados en su forma a la construcción almenada, donde acaba el conjunto. En su interior, los cuatro cuadros llevan césped, árboles y arbustos, dispuestos con cierto desorden, respondiendo a una característica de la jardinería segoviana, que primero puso árboles y luego, respetándolos, trazó jardines adaptados a los árboles en su diseño y trazado.

La calle ancha fue utilizada como campo de ejercicios ecuestres por los caballeros que vivían en las muchas mansiones nobles del barrio, hecho que explica el “de los Caballeros” que se añade a la advocación de la iglesia. La fuente y la plazoleta tienen bancos de granito de diseño muy elemental, y también de granito de sección prismática son los bordes, algunos reforzados con hierro recientemente.
HISTORIA
La existencia del taller de cerámica y las personalidades que atraía hicieron que las autoridades locales pusieran atención hacia aquel espacio y el año 1910, el arquitecto municipal propuso “se arregle la parte de las murallas que sostiene el terreno de la plaza del Conde Cheste (aún no se había cambiado el nombre), calculando el gasto en la suma de 400 pesetas”.
Unos años después, los hijos de Daniel Zuloaga ajardinaron un pequeño espacio a la entrada de la iglesia poniendo, en memoria de su padre, dos cipreses.
Y los jardineros municipales plantaron árboles en la ancha calle que fue campo de ejercicios y que limitaba con las viviendas, como puede verse en una fotografía de Loty, fechada en torno a 1927.
El año 1949 la iglesia, adquirida por el Estado, quedó convertida en Museo y el Patronato de jardines pidió al Ayuntamiento un trozo de terreno de 286 metros cuadrados para incorporarlo al pequeño jardín de la entrada del museo y regular su alineación con el jardín municipal que se estaba creando. En el terreno solicitado, y concedido, se colocó el monumento a Daniel Zuloaga, que se trasladó desde la plaza de la Merced, en la que tuvo su primer emplazamiento.

https://porunasegoviamasverde.wordpress.com/2019/02/05/aquella-multitud-del-jardin-de-la-merced/
Una de las plumas preclaras de la ciudad escribió sobre el hecho: “Y en el jardín que rodea la iglesia que el artista genial salvó de la ruina, entre geranios, mirtos y cipreses, modelado en la piedra rosada de Sepúlveda por el cincel de Emiliano Barral, la barba de D. Daniel se riza al viento de la inmortalidad”. Bonito párrafo y bonitas palabras pero… Allí no hubo, ni hay, geranios ni mirtos; el monumento no está modelado, sino esculpido, y no en blanda piedra rosa de Sepúlveda sino en dura sienita que se trajo de Galicia.

¿Será su emplazamiento definitivo? Foto: JMS.
Hoy, por miedo a posibles destrozos que pudieran causar tantos vándalos como andan sueltos, el monumento ha vuelto a ser cambiado de emplazamiento, colocándose en el jardincito pegado a la iglesia que fue propiedad de la familia Zuloaga, todo él cerrado con verja de hierro.

SENSACIONES
Dada su ventajosa orientación, al este y al norte, el jardín de la Plaza de Colmenares pronto se convirtió en un lugar agradable, sobre todo en las calurosas tardes estivales, para el descanso y el paseo. Con el sucederse de los días, aunque nunca tuvo flores de temporada, llegan los saúcos, las lilas y las celindas, de colores bellos y aromas indescriptibles. Luego los rosales multicolores. En junio, las acacias y en septiembre, si no hay heladas tempranas, el colorido del que se tiñen las hojas de los arces antes de caer.
Envolviéndolo todo y en todo momento salvo que la nieve lo haya encubierto con su blanco manto, está el verde, en todas sus gamas y matices; el verde del césped, de los setos, de los variados arbustos y de los árboles, convertido en estuche para la joya de marfileño color que es la vieja iglesia románica.

Para que nada falte, el rumor de las hojas movidas por el viento y el de las dos fuentes, hacen placentera la estadía bajo los árboles, junto a los que acuden artistas que plantan allí los caballetes para llevar a sus lienzos algunos de esos tan atractivos rincones.
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*Académico de San Quirce
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