Hasta que la Sociedad Económica de Amigos del País no asumió la tarea de mejorarlos, los caminos de los alrededores de Segovia debían ser pocos y estrechos, semejantes al que se ve en este dibujo conservado en el Archivo de la Catedral y que, por las almenas que coronan el Acueducto, puede fecharse como de los años treinta del siglo XIX, cuando se pusieron aquellas pensando que servirían de defensa ante el ataque de las tropas carlistas de Zariategui.

Por levante, los caminos estarían fragmentados en tramos que unían parroquias y conventos y sólo al llegar al Espolón, el que salía del Azoguejo tomaría su actual forma, dividiéndose en dos carreteras, las que conducen al Real Sitio de San Ildefonso y a San Rafael. Esta última atravesaba, cortándola en dos, una amplia zona arbolada, la Alameda de la Fuente de la Dehesa, de la que apenas queda nada ya que los árboles se fueron cortando a medida que aumentaron las necesidades de suelo urbanizable, destinado a diversos usos, uno de ellos atender a la Academia de Artillería, que construyó allí la Maestranza, un complejo de fabricación y reparación de armas.
Un plano de la ciudad, pintado por Lucio Roldán para la Exposición Iberoamericana de Sevilla del año 1929, nos permite hacernos una idea bastante aproximada de cómo era y de lo que había en Segovia por aquella parte, con los símbolos de una mancha verde en la que se integran la alameda de la Fuente de la Dehesa y el jardín de la Maestranza. La ciudad acababa con varios edificios que apenas guardaban relación entre sí: Cuartel de Artillería (Academia), Convento de la Encarnación (Santa Rita), San Antonio el Real, Plaza de toros, Reformatorio de mujeres (Cárcel) y Maestranza. Ésta se construyó en medio de la dicha alameda, de la que el artista dibujó la extensión que ocupaba con puntitos verdes. Puede seguirse el trazado de la carretera de San Rafael y a ambos lados de ésta, los que se llamaron Jardines de la Maestranza.

La alameda ha ido desapareciendo poco a poco, engullida por el urbanismo, por la propia Mestranza y por el organismo militar que la sustituyó, la Base Mixta de Tractores y Carros de Combate, necesitado de mayor superficie. Desapareció también el jardín situado a la derecha de la carretera de San Rafael y sólo subsiste el del lado izquierdo, aunque ya nadie lo conozca por su antiguo nombre, que me gustaría reivindicar.
Se creó el año 1863 y en situación muy periférica para la época, aunque debía ser lugar frecuentado por quienes gustaban del paseo tranquilo y placentero y por quienes iban y venían del Real Sitio, algo que dejan entrever las palabras del alcalde cuando pidió que se aprobara su realización, por “la conveniencia de que el terreno inmediato a la plaza de toros de esta capital, entre el camino de La Maestranza y el de La Granja, se arregle y ponga de arbolado, con lo cual se hermoseará aquel sitio tan concurrido y servirá de desahogo para el público”.
El jardín se hizo pero las expectativas no se cumplieron. La gente no acudió tanto como se había esperado y el espacio, el entorno i

nmediato al menos, se fue convirtiendo en basurero y escombrera, degradándose tanto que algunos concejales, alarmados, llegaron a plantear si no convendría vender todos los terrenos de la zona, incluyendo el jardín recién trazado.
Por suerte, la propuesta no prosperó y todo quedó tal como estaba hasta que el Ayuntamiento, en la sesión municipal del 8 de agosto de 1914 —Europa ardía ya, azotada por la guerra—, estimó conveniente “que los jardines que existen frente al Parque de Artillería no sólo no se vendan, sino que debe acordarse su ampliación hasta limitar con la carretera”. Pero tampoco hubo tal ampliación pues sí se vendieron, al precio de 25 céntimos de peseta el metro cuadrado, los terrenos colindantes en los que luego se levantó una fábrica de electricidad, sustituida más tarde por la sección textil de la fábrica de gomas y mangueras Klein, recientemente derribada. Y se vendió asimismo la parcela del ángulo sureste, donde el comprador, Santiago Monedero, edificó una modesta casa a la que dio el pomposo nombre de Villa, añadiendo el Ángela que posiblemente fuera el de su esposa.
Montó allí un bar y, entre enredaderas encubridoras, una pista de baile. Y la gente que acudía bautizó al lugar como Jardín de Villángela, algo que el Ayuntamiento, no muy bien informado, llegó a oficializar.

La ampliación que se había pedido en el año 1914 llegó en 1920, cuando el Ayuntamiento aprobó por unanimidad el proyecto presentado por el Director de Arbolado, que conocemos por el plano conservado en el Archivo Municipal, con doce espacios, diferentes en superficie, en diseño y por las plantas.
Del jardín primitivo quedan dos espléndidos pinos piñoneros —Pinus pinea—, plantados al mismo tiempo que los del Pinarillo, que destacan por sus gruesos troncos. De la ampliación de 1920, queda la traza general —con su división en dos niveles— y el espíritu de quien explicaba así su proyecto: “…Los cuadros K y M irán sembrados de vinca y en las elipses van yuccas; en el sitio que ha de ocupar el M hay dos árboles del amor muy ornamentales por el color púrpura de sus numerosas flores que duran todo el mes de junio. La plaza central irá bordeada de castaños de Indias y acacias de flor blanca y los troncos de estos árboles guarnecidos de rosales trepadores…”.

Se pretendió dotar al jardín, el primero concebido como tal y no como arboleda, de un variado muestrario de plantas que le proporcionaran diferentes efectos de color según épocas y estaciones.
De otra reforma posterior, años 50 del siglo XX, quedan los esbeltos boleanos —Populus alba, var. Boleana— y once libocedros —Calocedrus decurrens—. De estos últimos diré algo. En un informe municipal, el funcionario apunta la existencia de 11 tuhias. Pero, no. Son unos hermosos libocedros, únicos ejemplares de la especie que hay en los jardines segovianos. Ahora que el terreno que ocupó la villa Ángela ha sido recuperado e incorporado al jardín, se nos habría podido ocurrir decir “vamos al jardín de los libocedros”. Pero si los confundimos con tuhias…
Último dato en la historia del jardín: En su centro se ha colocado un monumento a la mujer

que sufre, obra de Otero Besteiro. La escultura se aproxima a los esquemas del expresionismo abstracto, que deforma rasgos y volúmenes aunque no tanto que lleguen a ser irreconocibles.
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(*) Académico de San Quirce
porunasegoviamasverde.wordpress.com
