No esperó a las diez, porque el Patio de la Casa de Andrés Laguna estaba rebosante de ansiosos escuchadores que, temerosos de no poder disfrutar de Quico Cadaval, habían estado haciendo fila a lo largo de la calle de la Judería Vieja desde antes de las nueve. Había muchas ganas de volver a escuchar al gallego y, precisamente, como el público ya sabía cómo iba a ser la contada, temía no encontrar sitio o tener que escuchar de pie, posibilidad incómoda e incluso dolorosa si no se agarra una buena postura, pues Cadaval puede olvidarse de las convenciones horarias y narrar sin parar durante mucho más de lo estipulado.
Corrección: el público creía saber cómo iba a ser la contada y hasta cierto punto las expectativas se cumplieron, por ejemplo, en esa relación que el de Ribeira establece con el público, que más que complicidad ya es familiaridad (habría que hacer una encuesta de cuántos escuchadores estarían dispuestas a dar cobijo a Cadaval en caso de necesidad). Tal vez esa familiaridad venga del aire conversacional de las contadas que hace este narrador, aire que tiene que ver con su atenta mirada sobre el público, pues tan pendiente está de todos y cada uno de sus interlocutores que si uno recibe una llamada o si otra intenta indicar donde hay hueco algún conocido que llega tarde, ahí está él, dispuesto a parar la historia para evitar la perdida de cualquier detalle o si hace falta acomodar al recién llegado. Claro que a nadie se le escapa que este interrupciones no carecen de retranca y el espectador interpelado desea en ese momento-foco desaparecer de la escena. En este sentido, Quico Cadaval jugó mucho con el público durante ese primer cuarto de hora -el cuarto de hora “de las tonterías”, en sus palabras- hasta las diez, para luego, con las no tan lejanas campanadas, comenzar con la historia “de verdad”.
Y las historias que este año trajo el coruñés fueron tres, bien diferenciadas gracias a las distintas maneras de colocarse su ligero fular beis: a modo de cinturón de marino aventurero para el cuento de “Blancaflor la hija del diablo”, como bufanda bohemia para su gallegizada versión de la “Pata del mono” de W.W. Jacobs o cual corbata ya desnudada al final de la boda en la historia de “Martín el hermafrodita”. Y es que Cadaval dentro de la imprevisibilidad de repertorio que le caracteriza -para él todo puede ser contado desde consejas de su pueblo a la historia medieval de “Tristán e Iseo” pasando por mitos y anécdotas personales- hizo un par de piruetas poco o nada vistas en sus contadas en Segovia: por un lado contó y destripó un cuento folclórico muy conocido, “Blancaflor”, a partir de una versión oral que le llegara al oído; por otro, adaptó un clásico relato fantástico al mapa espacial y cultural gallego que ganó bastante, todo sea dicho, con el trasplante galaico. Sin embargo, entre estos experimentos se perdieron, un poquito, dos de sus rasgos característicos: las abundantes digresiones y el despliegue lingüístico avasallador que, para gusto de los escuchadores, volvió con la historia del hermafrodita Martín, historia más “cadavaliana” si es que realmente puede haber historias más cadavalianas que otras.
Sin duda alguna, en Segovia somos tan de Cadaval como en “Amanece que no es poco” son de Faulkner y nos encanta vivir la expectación de qué traerá cada año, así que sean bienvenidas estas nuevas propuestas, pero que no falten las otras, esas idas y venidas de rama en rama sin perder el hilo y donde la bravura del verbo es por sí misma espectacular.
En cuanto a hoy, el Festival continúa , seguramente, con cuentos tradicionales de aquí y allá con Ana Cristina Herreros, otra de las grandes narradoras de nuestro país.
