En esta complicada época que nos ha tocado vivir, donde obligatoriamente tienes que pertenecer a un bando para no ser tildado de ‘equidistante’, que es como ser facha y rojo a la vez, cada uno elige sus propios referentes y los defiende a capa y espada. El escudo del equipo deportivo de cada uno siempre ha sido uno de esos referentes, y ahora mucho más que antes.
De siempre se ha dicho que ‘el escudo no se pisa’, y al escucharlo quien más quien menos se ha imaginado a un despistado jugador pisando sin querer (obviaré en este caso a quien lo hace queriendo) el escudo del equipo de fútbol bien plantado sobre el verde del terreno de juego. Pero el escudo es mucho más que fijarse por dónde pisas, y bien lo saben los capitanes de los equipos o aquellos que, sin portar el brazalete, suman años y años jugando para el mismo club.
Porque el escudo de un club hay que respetarle siempre, y no sólo porque sea el que te paga en un momento determinado de tu carrera deportiva, sino porque representa un sentimiento compartido por un grupo de personas más o menos amplio. Pisas el escudo cuando no respetas los valores del club, y pisas el escudo cuando te encaras con la grada e insultas a los espectadores, cuando no directamente saltas la valla y cambias de deporte para practicar las artes marciales mixtas.
Pero también pisas el escudo cuando faltas al respeto a tus compañeros, o a tus trabajadores si de entrenadores se trata. Lo pisas cuando antepones el ‘yo’ al colectivo, cuando consideras que lo único válido en la vida de un deportista es ganar de cualquier manera, cuando siendo jugador de equipo te ahorras una carrera que sí hará tu compañero, o te saltas un entrenamiento. Porque el escudo es mucho más que un distintivo.
Y si alguien no entiende que hay escudos que significan bastante más que el logotipo de la empresa que le paga, enseñar la puerta también es una forma de defender al club.
