Hay decisiones que, aun siendo dolorosas, no queda más remedio que tomar. Mira que Iñaki Bea me caía bien, pero creo sinceramente que la directiva de la Gimnástica Segoviana ha acertado con su destitución. Aunque ello suponga reconocer que quizá se equivocó al contratarlo. Tampoco pasa nada por admitirlo.
Desde hace años, exactamente los que lleva al frente la actual Junta Directiva, se repite, con razón, que la Gimnástica Segoviana es un club distinto. Distinto por su cultura, por su imagen y por su forma de gestionar. Despedir a un entrenador cuando los resultados acompañan, no convierte hoy al club en uno más, del mismo modo que mantenerlo cuando no lo hicieron, tampoco lo hacía especial. Simplificar que la Sego deja de ser diferente por tomar una decisión u otra respecto al entrenador, tal como lo ha hecho en los dos últimos años es, además de erróneo, oportunista.
Porque un entrenador no solo gestiona resultados: gestiona personas, conflictos, equilibrios internos y una cultura -y una imagen- que costó muchos años construir y que conviene proteger. Se puede ir tercero y, aun así, estar perdiendo algo más valioso que puntos en la clasificación. Se puede estar en la pelea y notar que algo se deteriora por dentro.
Reducir el debate a la clasificación, o a comparaciones con decisiones pasadas, simplifica en exceso una realidad más compleja. La Gimnástica Segoviana sigue siendo un club distinto precisamente porque no toma decisiones mirando solo al corto plazo, sino pensando más allá del próximo domingo.
Hay temporadas -y esta lo es- en las que un club no se examina solo de resultados, sino de coherencia, carácter y fidelidad a sí mismo. No son temporadas cómodas ni fáciles (los detractores siempre están al acecho), pero hay que atravesarlas.
Es, probablemente, el año más difícil para una directiva que, hace ya más de una década, asumió un club moribundo, endeudado, sin proyecto y sin masa social, cuando otros proponían directamente hacerlo desaparecer. Conviene no olvidarlo ahora.
