Joan Ferrés, profesor Titular de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, acudió la semana pasada a la Facultad de Ciencias Sociales, Jurídicas y de la Comunicación donde impartió una charla a los alumnos de Master en Comunicación con Fines Sociales.
El profesor inició su intervención haciendo una reflexión sobre la sociedad actual, que califica como la era de la fascinación. En la época anterior lo importante era el acceso a la información y había mucha atención disponible para poca información, de ahí que se acuñara la máxima de “la información es poder”. En contraste, en la actualidad hay muy pocos recursos atencionales y mucha más información disponible. De modo que el poder está en la capacidad de fascinar.
En su análisis, nos enfrentó a uno de los dilemas por los que pasa la educación en la actualidad. En la escuela se enseña desde el paradigma de la racionalidad. La escuela está asociada a lo formal, lo racional y a los contenidos curriculares. Su vehículo es la palabra escrita y una forma de representación del mundo conceptual, reflexiva y analítica.
Por otra parte, la sociedad que nos rodea está centrada en estímulos más sensoriales, narrativos y emocionales. Los medios audiovisuales y las nuevas tecnologías juegan un papel crucial en la construcción e interpretación de la realidad. Las nuevas generaciones han crecido en una cultura que se caracteriza por la simultaneidad, por lo visual, lo asociativo, lo intuitivo. Han crecido en una “cultura de mosaico”, muchos conocimientos aislados sin relación entre sí, pero tienen que enfrentarse en el aula a una cultura oficial que se caracteriza por lo lineal y secuencial, lo verbal, lo abstracto, lo racional. En ese sentido, los nuevos medios de comunicación e información se insertan en la lógica de la cultura del espectáculo. Tienden a desarrollar una atención flotante, discontinua. Pensemos en el zapping, el videoclip o el consumo de contenidos a través de internet como manifestaciones de la cultura de la fragmentación.
Los avances de la neurobiología han sido claves para entender el papel de las emociones
Ferrés toma como referencia al neurólogo portugués Antonio Damasio para ponderar la importancia de las emociones en procesos tan importantes como la toma de decisiones. El caso de Phineas Cage sirvió al reconocido neurólogo para reconocer el papel central de las emociones en el funcionamiento del cerebro humano. Cage, empleado de la línea de ferrocarril, sufrió un aparatoso accidente cuando una barra de metal le atravesó el cráneo. El trabajador sobrevivió milagrosamente al suceso, pero a partir de ese momento su personalidad cambió completamente. Se volvió irascible, irreverente, blasfemo e impaciente y no parecía ser capaz de tomar decisiones correctas. Durante más de veinte siglos en la cultura occidental se ha venido pensando en las emociones como interferencias, para el correcto funcionamiento de la racionalidad.
Lo paradójico ha sido descubrir que las emociones resultan imprescindibles para que la “racionalidad” pueda funcionar. En palabras del neurobiólogo portugués Antonio Damasio, “el sentimiento es un componente integral de la maquinaria de la razón (…). Determinados aspectos del proceso de la emoción y del sentimiento son indispensables para los procesos cognitivos superiores”.
A partir de estas consideraciones no cabe sino cuestionar una educación que no atienda la dimensión emocional del individuo, una educación polarizada en lo que se sabe, en lo que se piensa o en lo que se opina, y que margina lo más trascendental desde el punto de vista de la movilización humana, que es lo que se siente. Como ya apuntaba Ferrer en su libro Educar en una sociedad del espectáculo (Paidós, 2000), la escuela debe superar este conflicto educativo en el que se ven inmersos, alumnos, educadores y padres; en este sentido se aboga por un cambio de metodológico en el sistema que tenga en cuenta lo racional y lo emotivo, las múltiples inteligencias y las variadas capacidades humanas.