Como a muchos de ustedes, supongo, los recientes acontecimientos en Venezuela me han hecho estar muy pendiente de las noticias que han ido llegando de aquella tierra maltratada. Ahora mismo, la prensa digital, con su capacidad de actualización de la información, es el punto de observación más inmediato para escrutar lo que pasa por el mundo. Pues bien, en uno de mis raids matinales frente a la pantalla del ordenador, leí un artículo sobre la nueva orientación del país, ilustrada por una imagen de archivo de uno de los más significados dirigentes del antiguo-nuevo régimen, que, micrófono en mano, arengaba a las masas luciendo una gorra de visera que le cubría el cabello con esta inscripción: «Dudar es traición».
No soy quién para valorar lo que está pasando en Venezuela. Pero sí soy capaz de reconocer las imposiciones ideológicas y la presión —represión— sobre la forma de pensar, de sentir y de comportarse del pueblo. Las que se daban en la España de hace 80 años, en la Alemania de hace 90, en Cuba ininterrumpidamente desde hace más de 60 y en la pobre Venezuela de hoy, donde esa gorrita, para mí, es el epítome de la ignorancia y la abyección.
Dudar es traición… ¿Por dónde empezar para sacudirse el escalofrío de semejante eslogan? La duda, yo lo veo así, está en los cimientos de la civilización occidental. La duda, la interrogación permanente, es necesaria (en la ciencia, en la técnica, en el arte, en la cultura, también en la política) para confrontar lo establecido con la originalidad del pensamiento propio. No hay que dar nada por hecho. Empecemos por dudar para plantearnos otras posibilidades, otros caminos por los que avanzar.
Los primeros que dudaron fueron los filósofos griegos, que dedicaron su tiempo a «dudar unos de otros», en el sentido de hacer una crítica más o menos razonada de lo que los anteriores habían propuesto y, así, hacer progresar el pensamiento. Los discípulos más aventajados no dejaron de practicar este ejercicio con sus maestros. Amicus Plato, sed magis amica veritas (Platón es mi amigo, pero más amiga mía es la verdad) decía Aristóteles de Platón. Y después, a lo largo de la Historia, la filosofía se ha ido enriqueciendo con los argumentos y la dialéctica de grandes dudadores de lo establecido (Agustín, Tomás, Kant, Hegel, Marx…) que nos ha permitido llegar hasta aquí.
La duda, el no dejar de replantearse la realidad, unida al afán insaciable de conocimiento del hombre, es el motor que hace avanzar la ciencia. De manera muy simple: el método científico (hablamos de las ciencias empíricas) se basa en plantear hipótesis plausibles de forma que, dudando de ellas nada más formuladas, puedan ser contrastadas experimentalmente y así refutarlas o darlas por buenas. En este último caso, dejando siempre abiertas las conclusiones obtenidas para que los que vengan detrás puedan dudar de ellas y sigan haciendo progresar el conocimiento humano.
¿Dudar es traición? Para nada. Tengo para mí que la duda, junto con el ejemplo, son las dos armas más poderosas de la educación, por encima de la acumulación de saberes y competencias. Dudar, interrogarnos, nos obliga a construir una visión propia del mundo. Pienso que el viejo método de la mayéutica socrática va un poco por aquí. Son las preguntas del maestro, del educador, las que van haciendo aflorar la verdad del interior del pupilo, obligándolo a revisar sus juicios previos (sus prejuicios) gracias a un diálogo interpelante que lleva al conocimiento y la sabiduría.
Y, por supuesto, la célebre sentencia del gran Ortega sobre la educación es, además de una provocación, un faro que arroja una luz definitiva sobre el asunto: «Cuando enseñes algo, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas». No es un juego de palabras, no. Este brillante aforismo, emparentado con el clásico Sapere aude (Atrévete a saber), es una lección de humildad y una guía para los educadores de todo tiempo y lugar, al menos a partir de cierto grado de madurez del educando. Pienso en padres, en profesores, en catequistas (¿¡También los catequistas en este lío!? Sí, también). Porque la duda, una duda honrada, reflexiva, buscadora de la verdad, es el primer paso para entender la realidad, un primer material para la construcción de las propias creencias, del juicio crítico y de los valores que, en definitiva, nos permitirán ser libres.
Cuando enseñes… alienta la duda. Porque, señores bolivarianos, dudar no es traición. Dudar es el postigo que hemos de mantener abierto en todo momento de la vida para alcanzar la verdad y la libertad. Una libertad que, como premisa básica, persiguen todas las dictaduras por ser una amenaza a su supervivencia. Porque dudar es peligroso. Igual que leer es peligroso. Pensar es peligroso. Y discrepar, ejerciendo la libertad, de traidores…
Ahora que caigo en ello, creo que este artículo ha resultado finalmente una gran digresión. En fin, espero que pueda haber sido útil para alguien. No sé si volver al principio… Empezaba hablando de la compleja situación actual en Venezuela. Lo único que pido es que, por el bien de todos, los acontecimientos se encaminen cuanto antes a la recuperación del país, al bienestar de la gente y al advenimiento de una democracia duradera que garantice la libertad del pueblo y la soberanía de la nación. Costará mucho, las cosas no pintan fáciles, pero estoy convencido de que, con el tiempo, los agentes implicados en este proceso unirán sus intereses y aplicarán el sentido común para hacer realidad lo que ahora es sólo un deseo. O no.
