La dulzaina y el tamboril anunciaron ayer pasadas la una de la tarde que el Santísimo estaba saliendo de la iglesia. Ocho jóvenes de entre catorce y dieciséis años, vestidos con el traje regional y con palos y castañuelas como único instrumento, esperaron su llegada inclinados en señal de respeto.
Un año más – y ya pasan los cinco siglos de historia – los vecinos de la localidad celebraron ayer la Octava del Corpus Christi, que en esta ocasión ha coincidido con las vacaciones de muchos y la nostalgia y emoción de otros tantos. Y es que, entre los vecinos podían oírse comentarios sobre lo mucho que gusta esta fiesta o cómo ha conseguido convertirse en algo “muy nuestro”. Así la definen todos, como una festividad “más religiosa, más espiritual en cierto sentido, y que se vive con mucha intensidad”.
Los centenares de vecinos que acudieron a la Santa Misa y a la posterior procesión vistieron sus mejores galas y llenaron de colorido las calles de la localidad. Pero, sin duda, el toque festivo y alegre lo pusieron los danzantes – siempre han sido varones – que fueron realizando diversas paradas, empezando por la plaza de Gracia y continuando por la plaza de Oriente hasta terminar un largo pero espectacular recorrido entre bailes propios y originarios de Fuentepelayo.
Ya durante la noche del miércoles, los vecinos pudieron disfrutar de otro emotivo rito: el Rodeo y la Bendición. En esta ocasión, los danzantes acompañaban al Santísimo por el interior de una iglesia repleta de fervorosos y emocionados vecinos. “Quizás sea éste el momento que más guste a los más mayores”, afirmaba una joven del pueblo. De igual modo, tanto forasteros como lugareños, no quisieron perderse este momento que se convierte en único en la región : “En España sólo hay dos custodias de este tipo: en Toledo y aquí, en Fuentepelayo. Es por eso que nos sentimos tan orgullosos”, declaraba José Zaera Vaca, vecino de la localidad.
Las autoridades, encabezadas por el alcalde J. Lorenzo Tejedor de Santos que portaba el famoso bastón, custodiaron el Santísimo hasta la llegada de nuevo a la Iglesia, momento a partir del cual el protagonista fue el popular vermú.