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«Dirigir una empresa es aprender algo nuevo cada día»

por Redacción
28 de febrero de 2011
/ Luis Sinde

/ Luis Sinde

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Juan Benet propuso que nuestra Constitución tuviera un solo artículo: «A todo ciudadano español se le reconoce el derecho a fracasar». Puede que la frase suene a charlotada, pero el significado que encierra es mucho más serio de lo que aparenta.

Vivimos en un mundo donde las comunicaciones son abiertas y horizontales, donde la confianza ya no reside en verse la cara o darse la mano, sino en responder siempre ante los compromisos.

Julia Álvarez Roiz demuestra tener las cosas bastante claras. La joven leonesa ha logrado consolidar un original proyecto que muchos tildaban de utópico, siendo pionera, con su empresa de implantación estatal Ayuda T Ayuda, en la defensa de todos aquellos a quienes su compañía de seguros no ha sabido o no ha querido responder.

No creas que fue fruto de grandes estudios de mercado. Durante mi labor de consultoría pude comprobar la cantidad de reclamaciones que había de asegurados por incumplimientos a la hora de ser atendidos por los siniestros, especialmente en los casos de accidente por daño corporal. Intuía que el mercado estaba muy desprotegido y no me equivocaba.

En la cultura anglosajona, el protestantismo ha logrado que la ambición sea considerada virtud. Por ello, cuando alguien lo intenta y se la pega, siempre tendrá otra oportunidad para salir hacia delante. El fracaso es parte del aprendizaje. Sin embargo, en nuestra idiosincrasia, marcada por la idea de que el destino es el que crea el carácter, el fracaso no solo no se perdona, sino que suscita unas cuantas sonrisas de alivio. Gracias a la globalización, estas posturas carpetovetónicas comienzan a ir hacia el escombrero de los tiempos. Nos guste o no, la realidad, más terca que nuestros prejuicios, acaba imponiéndose.

Nací en el 78. Los tres primeros años de mi vida los pasé en Oviedo pues mi madre es asturiana, pero siempre hemos vivido en León. De allí me siento, porque es donde viví mi educación sentimental.

¿Tus recuerdos de infancia?

Siendo todavía muy pequeña, nos llevaban a los cuatro hermanos a clase de kárate. Mis padres querían que nos formásemos en el esfuerzo y la disciplina. Todo lo hicimos siempre juntos.

Llegaste a cinturón negro.

Fue a los 23, estando ya en la universidad…

¿Las artes marciales son tu pasión?

Las mujeres no somos de una sola pasión…

¿Está entre ellas el kárate…?

Quizá por eso tardé tanto en lograr el cinturón negro. Hubo períodos en los que lo dejé por razones de estudio o por la desgana propia de la edad.

¿Sigues practicando?

Mis horarios ya no son flexibles. Me atrae del kárate su disciplina y esa capacidad de despertarte el estoicismo.

Así que lo tuyo es la disciplina…

Y otro valor esencial: respetar a los demás. La gente está muy equivocada con quienes nos formamos en las artes marciales. La gran enseñanza es que aprendemos a respetar, por encima de todo, y siempre a los demás.

Quienes te conocen dicen que fuiste una ‘empollona’.

Fui una estudiante normal a la que le daba tiempo para muchas cosas. La época universitaria es la gran oportunidad para formarte, el tiempo da para tanto…

¿Tus padres?

Nos inculcaron el amor por la naturaleza, el trabajo y la familia. Han predicado siempre con el ejemplo. Eran los primeros en llegar a trabajar y los últimos en salir, aunque no había un solo fin de semana en que no estuviésemos juntos.

Ambos son médicos…

Quizá por eso, en un primer momento, pensé en hacer Medicina, pero la lectura del libro Más grandes que el amor, de Dominique Lapierre, me hizo decidirme por la biología.

¿Una novela te empujó?

Es que cuenta admirablemente cómo se descubrió el sida, sus orígenes y el drama social que originó. Debo reconocer que esa vertiente investigadora me atrapó por completo.

Pero al final optaste por ser empresaria.

La carrera es muy bonita y está muy bien orientada, pero la realidad nos demuestra que en España es poco práctica a la hora de trabajar. Apenas se nos valora.

¿La realidad te apartó de tu vocación?

No, continúo estudiando en mis ratos libres, pero llegó un momento en que me percaté de que la investigación no iba a ser lo mío… Tuve claro que mi camino debía ser otro y trabajé para dos grandes compañías multinacionales como consultora. Pronto comencé a soñar con tener mi propia empresa.

España rara vez apuesta por la ciencia…

Y me da mucha pena. Tengo muchos amigos biólogos y ni el cinco por ciento de ellos se está dedicando a la investigación.

¿Perteneces a esa generación que han dado en llamar ‘Ni-ni’?

El término es injusto. En todas las generaciones ha habido personas que no estaban dispuestas ni a trabajar ni a estudiar, pero han sido una franca minoría. La mía no es excepción. Hay que pensar que muchos investigadores que hoy tienen 50 años siguen abocados a vivir de becas.

Pero es un modelo productivo que, si se apoya con más que palabras, tiene futuro…

No hay más que fijarse en cuáles son los primeros países en cuanto a ciencia: aquellos que tienen el mayor PIB. Es muy triste comprobar cómo en España, que hay muchísimo talento, la gente tiene que marcharse.

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Edición digital del periódico decano de la prensa de Segovia, fundado en 1901 por Rufino Cano de Rueda

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