Alimentarse es una necesidad básica de la vida humana, y se contempla desde la dimensión religiosa del ser humano. Dios, y en su nombre la Iglesia, orientan al hombre en lo que a ella se refiere. En el Catecismo de la Iglesia Católica la alimentación aparece referida a la salud ya que el humano se alimenta para vivir (CEC, n. 2288). En la actualidad ante una mayor sensibilidad hacia los animales y la opción vegetariana, la Iglesia enseña que podemos alimentarnos de animales ya que el Creador los ha llamado para el servicio del hombre (CEC, n. 2417 s.).
Sobre el drama del hambre hay que recordar que el planeta tiene recursos suficientes para la población, y que el problema es el de su injusta distribución. Al hambre la Iglesia viene dando respuesta desde instituciones como Caritas (1897), Misereor (1958), Manos Unidas (1960), Comunidad de San Egidio (1968).
El alimento forma parte de las peticiones del padrenuestro (CEC, n. 2805. 2830 y 2861). Jesús instituyó la Eucaristía en el contexto de una cena que conmemoraba la Pascua judía. Los primeros cristianos se reunían y celebraban la Eucaristía en una comida de hermandad llamada ágape, pero ambas realidades se fueron desligando por los abusos denunciados ya en tiempos de san Pablo. El pan y el vino son ofrendas de la Eucaristía. El pan es ácimo, sin levadura y el vino debe ser natural. Se pueden añadir otras ofrendas en el ofertorio de la Misa, muchas de ellas productos de la tierra, que representan el don de lo humano que se une al sacrificio del altar.
Está previsto el ayuno eucarístico de 1 hora antes de comulgar (CIC, n. 919). Además la Iglesia pide a sus hijos que guarden ayuno y se abstengan de comer carne algunos días del año. Un mínimo de penitencia a modo de oración del cuerpo, en la que se ejercita la obediencia y la comunión con los hermanos en la fe como para ayudar a los necesitados, para purificar el alma, y alcanzar una mayor sensibilidad para las realidades del espíritu (CIC, nn. 1249-1253; Prefacios de Cuaresma III y IV).
En las Sagradas Escrituras se pueden encontrar numerosas alusiones a la comida. En el Génesis aparece la preocupación del Creador por la alimentación del ser humano recibiendo como don las plantas, los árboles frutales (Gn 1,29), las aves, los peces o los animales (Gn 9, 2 s.). El patriarca Abrahán vivió la hospitalidad con los misteriosos personajes de Mambré invitándolos con un ternero, pan, y leche (Gn 18), así lo haría el juez Gedeón (Jue 6, 11-23). En la larga peregrinación por el desierto de los hebreos camino de la Tierra Prometida, tierra que manaba leche y miel (Ex 3,8), el Señor les alimentó con codornices y el maná (Ex 16), el agua salobre fue convertida en dulce (Ex 15, 22-25), y se les dio la que brotó de la roca golpeada por Moisés (Ex 17, 1-7).
Hay también referencias alimentarias de los libros históricos de la Sagrada Escritura: David y los suyos, huyendo del rey Saúl, comieron los panes de la proposición que les facilitó el sacerdote Ajimelec (1 Sam 21, 1-7). Con panes, odres de vino, carneros cocinados, grano tostado, racimos de uvas pasas, panes de higos, Abigaíl moderó la venganza de David ante la falta de hospitalidad de su marido Nabal (1 Sam 25, 18). Una vez trasladada el Arca de la Alianza, el rey David convidó a una torta de pan, dátiles y pasas a cada uno (2 Sam 6,19). También los profetas fueron alimentados por el favor divino: así Elías fue servido por los cuervos, la viuda de Sarepta (1 Re 17), y un ángel perseguido por la reina Jezabel (1 Re 19, 1-8); y Eliseo, fue agasajado por la sunamita (2 Re 4, 8).
Isaías invita a confiar en el Señor, que proporcionará alimento a pesar de las incursiones asirias ((Is 7, 21 s.). Los alimentos escondidos libraron de la muerte a diez hombres (Jer 41, 8). Jeremías en una de sus oraciones, y Ezequiel al narrar la historia de Israel, recuerdan la tierra de promisión como tierra que mana leche y miel (Jer 32, 22). Ezequiel muestra la ingratitud del Pueblo elegido que recibió entre otros dones harina, aceite y miel (Ez 16, 13.19). Daniel se preparó con un ayuno de tres semanas para una experiencia sobrenatural (Dan 10, 3). Tras el regreso del exilio de babilonia, los israelitas proclamaron públicamente la Ley y, al terminar, se invitó a comer buenos manjares y a beber buen vino compartiendo con los que no habían preparado (Neh 8, 10).
Encontramos como Job usa la imagen de verterse leche y cuajar queso refiriéndose a su llamada a la existencia (Job 10, 10). En los salmos se canta el favor divino que sacia a los hambrientos y sedientos (Ps 107, 9). Jesús se lo aplicará a sí mismo (Jn 6,35); se enseña que la ley de Dios es más dulce que la miel (Ps 19, 11).
Las palabras pronunciadas con amabilidad se comparan al panal miel, pues favorecen la convivencia (Prov 16, 24).
En el Nuevo Testamento, y concretamente en los evangelios, se señala cómo el pasaje de la adoración de los pastores al Niño de Belén ha llevado a los artistas a que no falten ofrendas en su representación (Lc 2, 8-20); también podemos apreciar cómo Jesucristo en el diálogo con Satanás en el pasaje de las tentaciones enseñará que al hombre no le basta el alimento material (Mt 4,4), sino que es el espiritual quien mantiene la vida sobrenatural (Jn 6,27). Jesús remedió el apuro de las bodas de Caná convirtiendo el agua en vino (Jn 2, 1-11). Jesús para hablar del Reino de Dios se servirá de parábolas o comparaciones, algunas veces del ámbito de la alimentación, como la levadura que hace fermentar la masa (Mt 13,33). Multiplicará los panes y los peces para saciar a la multitud, y como anticipo del alimento eucarístico (Lc 9, 11-17). Buscará la hospitalidad de la familia de Betania (Lc 10, 38-42). Invitará a abandonarse a la Providencia recordando que la vida vale más que el alimento (Mt 6,25). Será reconocido en Emaús al partir el pan (Lc 24, 13-35).
En otros escritos del Nuevo Testamento como en el Concilio de Jerusalén, se determinó que los gentiles también se abstuvieran de tomar alimentos ofrecidos a los ídolos, y carne no desangrada. Lo primero por su relación con un culto idolátrico, y lo segundo porque se pensaba que la sangre era el principio de la vida (Cfr Act 15, 1-33). También, los primeros cristianos compartían la comida con generosidad (Act 2,46). San Pablo enseñará que el saciar el hambre o la sed puede servir para dar gloria a Dios (1 Cor 10,31), y que la comida y la ropa son bienes necesarios para la vida (1 Tim 6, 7 s.).
Y en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, aparece la amistad e intimidad con Dios se expresa con la imagen del banquete (Ap 3,20); y en su lamentación sobre Babilonia, perseguidora de los fieles a Jesús, muestra cómo diversos productos, entre ellos de alimentación, quedan sin vender (Ap 18, 11-13).
La Palabra de Dios escrita como se ha podido ver, da importancia a la alimentación como don del Padre, signo de hospitalidad, ofrenda para el sacrificio, medio para aplacar la ira del enemigo, recurso didáctico, materia del alimento del alma, y penitencia cuando se omite.
Cuando el hombre se alimenta, si lo hace conforme a su dignidad, y a ser posible con sus semejantes, puede experimentar la bondad de Dios Padre y la fraternidad con los que posee una misma naturaleza y destino.
