Setecientos kilómetros son, aproximadamente, los que separan dos ciudades como Segovia y Barcelona, que anoche, sin embargo, estuvieron unidas durante unas horas por algo tan bonito como es la ilusión. Concretamente la de los aficionados segovianos que, al no poder desplazarse al Palau Blaugrana como hubieran deseado, tuvieron que conformarse con acudir al pabellón Pedro Delgado para ver el partido en la pantalla gigante instalada para la ocasión.
Fueron dos horas en las que muchos seguidores estuvieron con el cuerpo en Segovia, pero con el corazón muy cerca de la Ciudad Condal. Cerca de un millar de personas poblaban las gradas de un pabellón que registró una afluencia de público superior, probablemente, a la que haya registrado el nuevo campeón, el Barcelona, en varios de sus partidos como local a lo largo de la temporada.
Y es que ése es el principal activo del Caja Segovia, su afición. Todas esas gargantas que no han dejado de animar a lo largo de toda la temporada y que ayer esperaban, impacientes, el comienzo de un partido que no podrán olvidar fácilmente.
No podrán hacerlo por la tristeza que supone perder el título en el último partido, pero tampoco porque, al recordar este partido, se acordarán también de la gran temporada que les ha brindado su equipo y de una plantilla memorable que les ha hecho revivir sensaciones difícilmente imaginables allá por el mes de septiembre cuando comenzaba la temporada.
Pese al jarro de agua fría que supuso el gol de Saad en los primeros segundos del partido, la afición nunca dejó de creer en su equipo. Todo el mundo era consciente de la dificultad de la empresa, más aún cuando Carlos Muñoz anotaba el 2 a 0 al borde del descanso y dejaba al Caja al borde del precipicio. Por suerte, Esquerdinha se sacó de la manga un truco de auténtico mago y devolvió las esperanzas tanto a la Pedro Delgado como al centenar de aficionados que tuvo la suerte de viajar a Barcelona y que volvía a creer en la victoria.
El equipo se había ganado que la afición estuviera a su lado hasta el final y ésta no defraudó aunque los jugadores no pudieran sentir su aliento. Durante unos últimos minutos de completo nerviosismo, se olvidaron de la distancia entre las dos ciudades y dieron rienda suelta a la pasión tratando de enviar el último aliento a sus jugadores para que éstos lograran empatar el partido. Los gritos de ánimo resonaron en un pabellón entregado a la causa y confiado en que la historia de su propio sueño se escribiese de un modo distinto al que finalmente lo hizo.
Todo pudo cambiar con las últimas embestidas del Caja o con la falta inexistente señalada a Geison a nueve segundos del final, cuando Esquerdinha se quedaba sólo hacia Cristian, pero los árbitros fueron el único elemento contra el que no se pudo combatir.
Al final, la afición abandonó el recinto con la decepción lógica tras quedarse a las puertas de cumplir un sueño. Una tristeza que, con el paso de las horas, se tornará en alegría al recordar todos los momentos vividos a lo largo de una temporada inolvidable y vuelve a poner de manifiesto que. lo único seguro, es que el Caja Segovia nunca estará sólo.
