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Juzgado popular

por Redacción
18 de junio de 2011
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El partido de ayer era un encuentro de esos que es necesario vivirlo desde antes; desde esa hora en la que uno sale de su casa creyendo que los aparcamientos sobrarán y la elección de sol o sombra estará asegurada, y se encuentra con la calle repleta, el parking completo y los aparcamientos para pillos, pillados.

Un partido de los de ponerse la camiseta del equipo de casa, o en su defecto, de la institución rival del oponente sin importar el deporte, y sudarla desde bien por la mañana. Un partido de los que decoran coches y adornan los aceleradores de las motocicletas con bufandas, banderines y, si no se encuentran porque la última vez que se usaron queda ya demasiado atrás en el tiempo, se inventan. Valen las cartulinas para las pancartas que no buscan relojes y en las piernas de los niños son necesarias hasta las medias de la equipación. La fuerza se comienza a hacer desde que suena el despertador y, en la victoria o en la derrota, no se termina de deshacer ni en la última vuelta sobre el colchón, con el edredón ya enredado de tanto trenzar y destrozar jugadas.

Quizás por estas razones, ayer la grada del Pedro Delgado no llegó a ser del todo la que es. Sí; lució llena como la luna, estuvo pintada de granate y blanco como sólo lo está en los días de fiesta, ayudada en gran medida por los aplaudidores distribuidos por todos los asientos, pero… llegó un tanto fundida a la hora de la fiesta y se notó. Los gritos de ánimo fueron intermitentes a lo largo del partido, el aliento llegaba a medias y en ráfagas, un tanto atolondrado, quizás por el calor.

Y eso que en los momentos previos al pitido inicial los cánticos fueron continuos y los aplausos contagiosos; el bombo de la bendita lokura respondía a las palabras de los chicos de la curva y los cerca de 3.800 aficionados del Caja Segovia-del Barça sólo se pudo contar una fila y con camisetas de otras galaxias- se iban cediendo esa sonrisa nerviosa que nunca falla en las finales. El calor en las gradas del Pedro Delgado ya se había instalado una hora antes del inicio del encuentro, y hasta los olores comenzaban a ser rancios cuando se produjo la primera gran pitada de la tarde, dedicada, cómo no, a Javi Rodríguez. De su madre, recordada en todas las canchas de España, los hinchas del Caja se acordaron una vez entrado el partido.

Mientras el Barça calentaba, por el anillo se podía comprobar cómo la gran familia del deporte segoviano se había dado cita en el Perico y nadie se quería perder el evento; entre equipaciones del Caja y banderas de España y de Segovia, asomaban algunas camisetas del Nava Caja Segovia. Todos a una.

La grada cantaba y cantaba, mientras se confirmaba el peligro esperado, Wilde; aunque para pensar en él ya había tiempo, pipas y cerveza. Cerca de la tarima azul donde el Barça ya calentaba, el speaker, muy cajista, pedía una ovación gigante para cuando saltase a la cancha el equipo de Jesús Velasco. Como si fuera necesaria tal demanda… Lo único que se podía pedir eran megas donde acumular los vídeos de la entrada del equipo en el terreno de juego; y es que, como rezaba una de las canciones de antes de ayer que se habían escuchado por megafonía, algo como esto sólo se vive una vez.

Y “esto” empezó caliente, y no sólo por la temperatura entre aficionado y aficionado. Una falta a un jugador del Caja nada más iniciarse el partido destapó el tarro de los silbidos, que ayer venía en conserva y con ganas alimentadas por una actuación arbitral que, si en los momentos (la gran mayoría de ellos) en los que afectó al equipo segoviano fue pitada al principio y considerada de atraco al final, cuando jugó a favor de los cajistas, dejó murmullos de esos que se suspiran desde el corazón y se susurran al oído. El juzgado popular terminó de dictar su sentencia cuando el marcador era de 1-3 y aún quedaban seis largos minutos para remontarlo; los intermitentes “¡Este partido lo vamos a ganar!” o “¡Esto es Segovia, esto es afición!”, fueron sustituidos por un unánime “¡Fuera, fuera!” que sonó dentro, y bien dentro, de oídos como los de Diego Giustozzi, Kenny o Aitor ‘Chino’, quienes ayer no quisieron perderse esta oportunidad histórica para el que ha sido su equipo.

Pero finalmente la historia se escribió ayer en minúscula y no terminó como los cuentos populares, con un colorín colorado; ni como los cuentos de hadas, con un fueron felices y comieron perdices. Porque para lo primero aún quedan 40 minutos de resistencia y para lo segundo dos oportunidades que aprovechar. El Pedro Delgado no podrá ver a su equipo campeón, pero sí podrá contribuir a evitar que el Barça lo sea. El partido del domingo volverá a ser un encuentro de esos que es necesario vivirlo desde antes. Pero desde antes también quedamos avisados, hay que dosificar las fuerzas; que el calor aprieta y el resultado también.

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