Yo, señores, soy de Mochueleria. Con acento en la sílaba le, sin tilde en la i, que no es fábrica ni tienda. Un país dentro de otros países formado por personas a las que de pequeño su madre les llamaba mochuelo. Nunca pensé que fuera carga ni pesadez, sino animal que disfruta de sus rutinas. Evolucionar, evolucionar, evolucionan. Pero siguen siendo mochuelos. Si en lengua castellana no existen sinónimos absolutos habrá que admitir que no es que solo sean y exactamente cabezones, contumaces, a su aire, egocentristas, persistentes, testarudos, tercos, obcecados. De ahí el término mochuelo. Sentí cierto orgullo cuando conocí a un mochuelo tan ilustre como Daniel, el Mochuelo, de la mano de Miguel Delibes. Algunos, no sé si por insultar o porque saben que me halagan, me llaman pájaro. A veces el tonillo aclara. Otras lo tengo que dar por bueno para apartarme de violencias y malos quereres.
Como mochuelo pongo piedrecitas en determinados sitios para marcar el territorio. Con ausencia de curiosos y merodeadores peligrosos, compruebo la posición de mis chinitas y me voy a dormir. Para más inri soy diurno. Lo de convivir con los seres humanos lo llevo así así. Tengo por costumbre no discutir. Si otro mochuelo reivindica una rama se la cedo sin aspavientos. Mala ha de ser que me quede sin sitio. Cae alguna presa, apaño a la familia y practico la contemplación. Me regocijo en las rutinas: horario, comidas, lecturas. Repito las reboladas con fruición: polvorines, alamedas, pinarillos, azoguejos… y vuelta a empezar. Mira que no me canso. ¿Lo mismo de siempre? Lo mismo de siempre. Viva la monotonía. Hasta que la muerte nos separe.
Yo, señores soy de Albanta. En cuanto supe que el hijo de Luis Eduardo Aute fundó Albanta en un dibujo yo tramité el certificado de empadronamiento, Luis Eduardo la canción. De Albanta o albantense, albantino, incluso albantanero. Pero soy terrestre. Me gustan las montañas porque me hago a la idea de que al otro lado de las cumbres la podré ver. Durante el tránsito me complace contemplar lo que hasta entonces no había visto: árboles, iglesias, castillos, precipicios, pueblos. Siempre en busca de algo nuevo: valles sonorosos de San Juan de la Cruz, pardas sementeras de Antonio Machado, ríos sin compañía de Gerardo Diego, conatos de Fragas de Cecebre que se me parezcan a la de Wenceslao Fernández Flores o un Emaús hacia el que peregrinar. El afán de cada día se reviste de aventura: pastor, piragüista, repartidor o chaparrón, sol de invierno, nevadita, cascada, floración, brisa de las once. Novedad, quiero novedad. Albanta recibe caminos a merced de cualquier sorpresa. Para alimentar historias menudas que pudiera despachar el mismo Azorín.
Yo, señores, tengo el corazón partío. Desde que Alejandro Sanz se metió anatomista me falta incluso una letra. Ignoro de dónde soy. Nací en Tierra de Pinares y me enamoré sucesivamente de sus pinos negrales, de los silvestres de Valsaín, de los enebros de Hornuez, de las hayas de donde las haya. Los pasos de mis pies, ilesos hasta ahora, qué maravilla, me han dejado cortejar a las amantes. Caducará la condición de caminante, no la pasión por ellas. Me gusta el mar y la arena, el amanecer y el ocaso, el campo y la ciudad. Esta confusión no impide disfrutar de lo que pillo. Hasta me gustan algunos de mis defectos.
Camuflados entre personas de consideración pululan repartidores de etiquetas que se pirran por pegármelas a la espalda. Si alguno, en un descuido, me la calza, si lo advierto, me la arranco con desagrado, sin leerla. Qué cosa. Creo que si fuera toro me arrancaría la divisa.
