En el marco del V Centenario de la Catedral de Segovia, una exposición reúne una colección que rara vez puede verse al completo: 26 pinturas flamencas sobre cobre, concebidas como “arte para evangelizar”. La historiadora y restauradora Sirga de la Pisa, profesora de Historia del Arte en la Universidad CEU San Pablo y especialista en pintura flamenca del siglo XVII, ha estudiado durante año y medio este conjunto, procedente en parte de la sacristía y en parte de la iglesia de Marazoleja, y lo presenta ahora al público junto a Adolfo Rubio. En esta entrevista explica por qué el cobre fue un soporte tan importante para la exportación, qué nos enseñan estas imágenes y cómo mirarlas hoy como una auténtica “Biblia en escenas”.
—Usted es profesora de Historia del Arte en el CEU. ¿Cómo resumiría su trayectoria y su especialidad?
—Soy especialista en pintura flamenca del siglo XVII. Tuve como maestro al profesor Díaz Padrón, que fue quien nos enseñó a amar y comprender esta magnífica escuela. Me doctoré con la monografía de un pintor flamenco del XVII y, a partir de ahí, mi campo de trabajo se ha centrado especialmente en la pintura europea del Barroco. Soy profesora en la Universidad CEU San Pablo, donde impartimos la carrera de Historia del Arte, y doy también asignaturas de Renacimiento y Barroco. Además, soy restauradora de pintura y ejercí durante unos años: eso te permite comprender la técnica, los soportes, las formas de pintar. Es una maravilla poder entender esa parte material de la obra.
—¿Cómo nace la idea de la exposición?
—Nace de la propia Catedral. Yo estaba estudiando las pinturas de Peter van Lint para el museo y, al ver esta colección, fuimos profundizando en ella. Ha sido una oportunidad muy buena porque, al estudiar las piezas con detalle, hemos podido identificar autores en varias pinturas. En una de ellas vimos una firma; eso nos permitió atribuir otro grupo a la misma mano. Uno de esos pintores es Peter Sion. También hemos identificado a otros autores, como Adrián Bilenhoek y, en el conjunto procedente de Marazoleja, se puede asociar un grupo importante con la mano de Abraham Willemsen.
Llevamos alrededor de un año y medio estudiando estas obras y, con motivo del V Centenario, la Catedral propuso reunirlas en una exposición. Soy comisaria junto a Adolfo Rubio, que se ha ocupado especialmente del montaje y de la comunicación. El resultado es una oportunidad magnífica para poner en valor un grupo de pinturas que, en condiciones normales, no se ve fácilmente.

—¿Qué conjunto reúne la muestra y por qué es tan poco conocido?
—Hemos reunido 26 pinturas. Una parte estaba en la sacristía, un espacio que no suele estar abierto al público; y otro grupo muy importante procede de la iglesia de Marazoleja, la de San Juan Evangelista, adonde llegaron porque la Catedral los vendió en 1712. En aquella época era habitual comprar y vender obras. Lo valioso ahora es poder ver el conjunto reunido, estudiado y contextualizado.
—Para quien no esté familiarizado: ¿qué tiene de particular la pintura sobre cobre y por qué fue un soporte tan apreciado?
—La pintura sobre cobre surge en la segunda mitad del siglo XVI, en Italia, como búsqueda de soportes más duraderos. En el XVII, el soporte metálico resulta muy indicado para la exportación desde Amberes, porque resiste mejor los viajes y las condiciones ambientales que la tabla o el lienzo.
Además, el tamaño suele ser pequeño o mediano, pensado para verse de cerca: hogares particulares, capillas, cofradías… Esa proximidad favorece un tipo de pintura al óleo muy detallista, muy “preciosista”, con una capacidad extraordinaria para los matices y el detalle fino. Y eso encaja de maravilla con lo que vemos aquí: grandes temas bíblicos y de historia sagrada, del Antiguo y del Nuevo Testamento.

—El subtítulo de la exposición es “Arte para evangelizar”. ¿En qué sentido “evangelizan” estas imágenes?
—En el cristianismo, desde el principio, se comprende muy bien la potencia de la imagen para enseñar. Iconografía significa, literalmente, “escribir con imagen”. Y en una época en la que la mayor parte de la gente no sabía leer, aprender la historia sagrada a través de imágenes era importantísimo.
En el siglo XVII se añade un factor decisivo: el Concilio de Trento, en su última sesión (1563), insiste en la importancia de la imagen religiosa y en la necesidad de representar los episodios de forma fiel al texto. Por eso animo mucho a vivir la exposición como una experiencia: leer los versículos, seguir los episodios, y comprobar cómo texto e imagen coinciden. Hoy, además, podemos hacerlo con el móvil y con los recursos disponibles en la propia Catedral.
—¿Hay ejemplos claros de esa “Biblia en imágenes” dentro de la muestra?
—Sí, por ejemplo, hay una serie muy importante sobre Moisés y el Éxodo. Se percibe incluso en la propia seriación: detrás aparece “Moisés 2”, “Moisés 3”, “Moisés 4”… Es decir, quienes producían estas obras eran plenamente conscientes de que estaban narrando una historia por escenas. Eso permite aprender, reflexionar, fijarse en lo que se representa y también en lo que falta.
Y, además, para la Iglesia católica, el Antiguo Testamento se entiende a la luz del Nuevo: están las prefiguraciones. Un ejemplo muy claro es la serpiente de metal que Moisés eleva: se interpreta como prefiguración de la Crucifixión. Esa lectura simbólica es parte de la riqueza de la iconografía cristiana.

—¿Qué recomienda al visitante para “ver bien” estas obras y no quedarse en la superficie?
—Recomiendo no resignarse a la ignorancia. Quien tiene formación religiosa reconocerá a Moisés, escenas de la Pasión, a San Antonio de Padua o el dogma de la Trinidad. Pero quien no lo entienda, que pregunte, que busque, que aprenda quién es quién. Cuando uno comprende de verdad una escena (por qué ocurre un castigo, un milagro, qué significa un gesto) la obra se abre de una manera impresionante. Y esta exposición es ideal para eso, porque es eminentemente narrativa y didáctica.
—¿Cómo está planteado el recorrido? ¿Sigue un relato concreto?
—Hemos seguido el relato bíblico, dentro de las posibilidades de una colección que contiene series y también historias entrelazadas. El recorrido comienza a la izquierda con el Antiguo Testamento, básicamente Moisés y el Éxodo, ese viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, con la liberación de la esclavitud de Egipto.
Después hay dos escenas muy interesantes que comparan a Sansón, héroe bíblico, con Mucio Escévola, un joven romano dispuesto a dar la vida por su ciudad. En el XVII, y desde el Renacimiento, se intenta integrar lo admirable de la Antigüedad clásica en una cultura cristiana.

Luego aparecen escenas de San Antonio de Padua, con dos episodios muy elocuentes: la obra de caridad de alimentar al pobre y un milagro sorprendente en el que salva a su padre de la horca. Más adelante están las escenas de dogma, como la Trinidad y una alegoría del triunfo de la Eucaristía sobre la idolatría, y ya entramos en el Nuevo Testamento: desde la Visitación de María a Santa Isabel hasta la Tota Pulchra.
Hay también un pequeño paréntesis con dos cobres que no son flamencos, pero que hemos querido incluir porque son pintura sobre cobre y representan temas muy significativos: la decapitación de Santiago Apóstol y la Inmaculada Concepción.
—Cuando decimos “pintura flamenca”, ¿hablamos solo de procedencia o también de una escuela artística?
—“Flamenca” se refiere a Flandes, y conviene recordar el contexto histórico: hablamos de un territorio que formó parte de un conjunto de provincias vinculadas a la Monarquía Hispánica. Artísticamente, la pintura neerlandesa, en la que distinguimos el ámbito flamenco y el holandés, es, junto con Italia, uno de los dos grandes focos fundamentales de la pintura europea. En el XVII, la gran figura flamenca es Rubens; en el ámbito holandés, Rembrandt. Eso ayuda a situar el peso real de esta tradición.

—¿Qué sabemos sobre cómo llegaron estas obras a Segovia o qué rutas siguieron?
—La pintura flamenca se exportó en grandes cantidades, con redes comerciales muy desarrolladas. En el XVII, la pintura sobre cobre estaba especialmente pensada para viajar largas distancias. A España llegó por distintas vías: puertos como Sevilla, Cádiz o Málaga; y también Bilbao, que pudo ser un punto relevante para el acceso a Castilla. En Madrid, además, había una presencia flamenca importante; recordemos San Andrés de los Flamencos, con su iglesia.
A veces los comerciantes traían obras de arte junto con otros productos, pensemos en la lana, tan importante en Castilla, y también existieron compañías comerciales dedicadas casi por completo a las obras de arte. Gran parte de lo que sabemos hoy se apoya, además, en la documentación archivística: precios, anotaciones, envíos… y ahí hay que reconocer el trabajo de los archiveros, especialmente en Amberes, que han dedicado esfuerzos enormes a transcribir y sacar a la luz esas fuentes.
—Usted es también restauradora. ¿Plantea el cobre desafíos específicos de conservación?
—El cobre es más sólido y resistente que la madera. La tabla no se puede mojar y es muy sensible a insectos como la carcoma; el lienzo también es delicado en el transporte. El cobre, en cambio, es muy resistente para viajes largos, y por eso fue tan útil para la exportación. Además, esta exposición ha servido también para restaurar varios cobres, de modo que la conservación del conjunto mejora.
—Después de este trabajo de año y medio, ¿con qué se queda? ¿Qué le sorprendió del proceso?
—Me quedo muy contenta con las atribuciones: poder vincular varias obras a Peter Sion, a Abraham Willemsen y a otras manos es importante. Pero también valoro mucho haber podido presentar al público el disfrute de la iconografía cristiana y volver a llamar la atención sobre esa forma de narrar con imágenes. La Catedral ha tenido una iniciativa muy valiosa: dedicar esfuerzo a estudiar y mostrar su propia obra, reunir piezas que estaban dispersas y ayudar a comprenderlas. A veces esperamos grandes exposiciones “de fuera”, y sin embargo poner en valor lo que es propio, y que a veces pasa desapercibido precisamente por estar ahí, es fundamental.

—¿Qué le gustaría que ocurriera después de la exposición?
—Lo primero, felicitar a la Catedral: es una de las mejor conservadas que conozco. Me gustaría que esta exposición sirviera como aliciente para revisitar la Catedral y para valorar su patrimonio con una mirada más consciente. Y, si además abre nuevas acciones, visitas, actividades, iniciativas vinculadas a estos tres meses, mejor todavía. Esto no ha hecho más que empezar.
—Para terminar, ¿qué representa esta exposición para usted?
—La exposición es un aliciente para visitar una Catedral que es una joya y una ciudad que es otra joya absoluta. Y, sobre todo, que se permita la experiencia: mirar, leer, entender y disfrutar.

