Hay imágenes que definen mejor que cualquier clasificación lo que significa pertenecer a un club deportivo. La escena reciente de sesenta voluntarios de la Segoviana retirando nieve de La Albuera para que pudiera disputarse un partido no fue solo un gesto logístico, fue una declaración de identidad colectiva. Bajo el frío y el peso de las palas, se dibujaba un sentimiento de pertenencia que no cabe en las estadísticas ni se mide por puntos.
Segovia ya había vivido escenas similares en otro tiempo. Por ejemplo, cuando el histórico Club Imperio de baloncesto disputaba sus encuentros en el pabellón Enrique Serichol, entonces completamente descubierto. Aquellos partidos, algunos frente al mismísimo Real Madrid, empezaban mucho antes del salto inicial. Tocaba primero limpiar la nieve que cubría la pista, una tarea que unía a los jugadores, directivos y aficionados en un mismo esfuerzo. No había focos ni teléfonos móviles que registraran el mérito; existía únicamente la convicción de que el equipo debía jugar. Una lealtad que no se compra y no se explica del todo, sencillamente se siente.
Estos dos episodios, separados por décadas, muestran que el voluntariado deportivo no surge de la obligación ni del interés personal. Brota de una emoción intensa, a veces irracional, que hace que un club forme parte de tu biografía. Uno no elige a un club del mismo modo que elige un producto en una tienda; a veces basta un recuerdo de infancia o un simple gesto de cercanía para que el vínculo quede sellado. A partir de ahí, todo cambia.
Por eso, cuando sesenta personas se pasan horas limpiando un campo o cuando un grupo de aficionados y jugadores despeja una pista helada para enfrentarse a un gigante del baloncesto, no están actuando desde la lógica, sino desde la lealtad.
