Las buenas historias no solo se leen entre las páginas de un libro o se ven en la pantalla de una televisión. También, se guardan bajo el silencio del hogar, esperando a ser rescatadas antes de caer en el olvido.
La vida de Concha es una de esas historias. Nacida en Honrubia de la Cuesta hace 87 años, recuerda el frío y el trabajo, pero lo que más repite es lo feliz que fue en su infancia y su juventud. Allí, en Honrubia, conoció a su futuro marido, Leoncio. Consciente de que las condiciones económicas no eran buenas y de que el campo no daría de comer a toda su familia, Leoncio buscó su futuro dentro de la Guardia Civil. Poco tiempo después de casarse, fue destinado en Puentelarrá (Álava), donde ambos se marcharon a vivir. Fue la primera vez que Concha salió de Honrubia. Más tarde volverían a Segovia, al cuartel de Carabias hasta asentarse definitivamente en Sepúlveda. Allí vivió en el cuartel junto a su marido y sus dos hijas, hasta que él falleció.
Desde entonces, Concha forjó su vida a base de esfuerzo y buena voluntad para poder sacar a su familia adelante. Tuvo que empezar de cero, buscar una vivienda y un trabajo con el que llevar dinero a casa. Después de mucho tiempo limpiando hogares y preparando bodas y eventos en La Violeta, finalmente la contrataron como cocinera en el Restaurante Samoa, donde se ganó a la gente por su habilidad entre los fogones y, en especial, por el cariño que no ha dejado nunca de mostrar.
Esta es la historia de alguien que ha dado sin esperar recibir nada a cambio. Que nunca ha dejado de luchar por su familia, porque si algo tiene presente Concha, es la importancia de mantener unida a la gente que quiere. Esta es la historia de una mujer que, pese a todas las adversidades y el trabajo que ha cargado a sus espaldas, ha conseguido lo más importante en esta vida: ser feliz.

—Si le pregunto por su niñez, ¿cuál es el primer recuerdo que viene a su memoria?
—De mi niñez lo que más recuerdo es el frío que pasaba cuando iba a la escuela. También recuerdo que cuando iba a ver a mi abuela, me daba un trozo de pan y luego le decía a mi madre que ya había comido y me regañaban porque de pequeña yo comía muy mal.
—Aunque ahora esté asentada en Sepúlveda, usted no nació aquí, sino en Honrubia de la Cuesta, ¿cómo era su vida allí?
—Pues muy bonita, he vivido una niñez y una juventud muy buena. Vivía en una casilla de camineros que estaba a un kilómetro del pueblo. Allí no teníamos agua corriente ni luz, así que pasábamos mucho frío. Con la cera que sacábamos de los paneles de las abejas hacíamos las velas para iluminarnos. Cada uno tenía la suya para irse a dormir. Y para calentarnos usábamos una teja o un ladrillo. Lo poníamos encima de la chapa de la cocina y lo llevábamos envuelto a la cama, porque las camas antes no tenían las mantas que hay ahora, entonces eran de lana. Pesaban mucho, pero abrigaban poco, así que las camas estaban muy frías. Por aquella época, además, caían muchas nevadas y tenían que ir mis hermanos mayores y mi padre por delante del resto abriendo camino para ir a la escuela. Yo fui la única chica de entre todos mis hermanos. Mi padre era caminero y mi madre se encargaba de la casa. Aunque luego tanto ellos como mis hermanos y yo, íbamos a trabajar al campo donde teníamos trigo, cebada y otras mieses. Y luego las viñas que había que ir a vendimiar. En casa había mucha tarea, había que hacer la comida, lavar la ropa en el pozo que teníamos en el patio y cuidar el ganado. Aprendí a coser sin que nadie me enseñase porque yo misma tenía que prepararme la ropa. Además, al parar mucha gente de la carretera en la casilla, también tenía que prepararles la comida porque a mi madre no la gustaba cocinar. Otra de las cosas que más recuerdo de mi juventud era los animales que teníamos en la tenada que construyó mi padre al lado de casa, allí había gallinas, conejos, ovejas, burros y el cerdo que preparábamos en el cortijo cada año para el día de la matanza. Ese día nos juntábamos toda la familia a cenar y a jugar a las cartas. Era un día grande, venían mis tíos, mi abuela y también el pastor y el vaquero. Los domingos había baile en la plaza con un tambor y una gaita y nos lo pasábamos muy bien. Y cuando hacía frío recuerdo que nos juntábamos en casa de alguna amiga, partíamos unas almendras y con el azúcar hacíamos un poco de cagadillo. Merendábamos juntas y jugábamos a las cartas. Así era nuestra vida entonces.

—Ha hablado del trabajo en el campo y del cuidado del ganado. Cuénteme un poco más sobre ello.
—Era muy duro tanto por el calor del sol en verano como por las tormentas que nos caían de vez en cuando. Antes no había máquinas para segar el trigo, lo hacíamos a mano y después lo teníamos que acarrear en burros porque en Honrubia había muchas laderas. Lo que más recuerdo es la vendimia en octubre. Era muy costosa porque las cestas llenas de uvas pesaban mucho y había que llevarlas hasta los burros para que luego las acarreasen hasta el pueblo. Pero también era muy bonito porque íbamos todos juntos y nos llevaban la merienda para que comiésemos. Guardo muy buen recuerdo de ir a vendimiar por la amistad y la unión que compartíamos todos en el pueblo.
—Su marido fue guardia civil y estuvo destinado en varios lugares, ¿qué recuerda de cada uno de ellos?
—Fuimos primero a Puentelarrá, en Álava, donde estuvimos dos años. Recuerdo muy poco de allí, solo que íbamos a ver la televisión al Ayuntamiento. Aún así guardo muy buen recuerdo de ello por ser la primera vez que salí de casa y encima recién casada. Allí tampoco teníamos agua corriente así que íbamos a lavar la ropa al Ebro. Luego estuve en Carabias, un pueblo ya cerca del mío donde sí que hice más amistades. Íbamos a lavar juntas al lavadero, salíamos a coser y jugábamos a las cartas. Además, compré mi primera televisión cuando ganó Massiel en Eurovisión con La La La. Lo que pasa es que mi marido allí tenía unas condiciones muy duras porque tenían que ir a todos los lados andando o en bicicleta. De Carabias nos vinimos a Sepúlveda con mis dos niñas pequeñas. Desde entonces he vivido aquí en Sepúlveda. Lo primero que recuerdo es que me pareció algo muy grande dar el grifo y ver salir el agua corriente.

—Lleva más de cincuenta años viviendo en Sepúlveda, ¿qué le ha impulsado a quedarse tanto tiempo?
—Primero el trabajo de mi marido. Estuvimos en el cuartel hasta que él falleció. Después me quedé porque estaba cerca de mi pueblo y podía ir en el coche de línea. Además, mi hija mayor trabajaba en el juzgado de Sepúlveda y yo también empecé a trabajar aquí. Primero limpiando alguna casa y la notaría. Luego trabajé en La Violeta fregando y preparando las cosas para las bodas y, más adelante, en el Samoa donde estuve de cocinera muchos años. Aquí he estado siempre muy agusto porque me he sentido muy arropada y he hecho buenas amistades con gente a la que considero como mi familia.

—Siempre le ha dado mucho valor a la importancia de mantener a la familia unida. Hábleme un poco de su familia.
—La familia es lo más grande. Mantener el contacto y el cariño ha sido muy importante para mí. Siempre he tratado de que todos se llevaran bien, tanto en mis amistades como en mi familia y de cuidarles cuando lo han necesitado. Tengo dos hijas que nacieron en Honrubia. Se han criado en Sepúlveda, pero más tarde, las dos se marcharon a Madrid donde hicieron su vida. Cuando yo trabajaba en Samoa, aprovechaba mi día libre para ir a visitar a mis hijas y a mis hermanos. Mi marido, Leoncio, era muy buena persona. Un hombre que no hacía mal a nadie y muy trabajador. Le gustaban muchísimo los niños. En los bautizos y las comuniones nunca estaba con los mayores, siempre estaba siempre rodeado de niños. Por eso he sentido mucho que no haya podido disfrutar de sus hijas ni de sus nietos porque murió joven, con 49 años. Y luego tengo a mis tres nietos, de los que estoy muy orgullosa y me siento muy querida.
—La vida ha evolucionado mucho en los últimos años, tanto en lo material como en lo social, ¿qué cree que es lo que más ha cambiado?
—La vida es muy distinta, ha cambiado en todo. En lo tecnológico y en la sociedad. Y para mí no ha sido a mejor. Antes vivíamos más en familia y estábamos más unidos. Ahora somos más independientes y nos preocupamos menos por los que tenemos al lado. Se ha perdido el apoyo entre personas cercanas, el ayudarnos los unos a los otros y estar siempre pendiente de la familia y del vecino por si le podías echar una mano. Había mucha más amistad entre la gente. También hemos perdido mucho en modales, en las formas de vestir y en costumbres. Aún así, no todo es malo. La vida ha mejorado en otras cosas, porque yo he vivido muy pobremente , no teníamos luz ni agua ni teléfono y ahora hemos progresado mucho teniendo todo eso a mano.

—Actualmente, parece que, especialmente los jóvenes, necesitamos disponer de muchas cosas para ser felices, ¿cree que se ha perdido el valor que antes se daba a cosas tan sencillas como tener un plato sobre la mesa o disfrutar de cenar en familia?
—Ahora tenemos muchas cosas que antes no teníamos. Pero a cambio hemos dejado de darle valor a otras cosas como la unión y el cariño. Antes con nada nos conformábamos y éramos tan felices. Teníamos un plato del que comíamos todos y nadie se quejaba, todo lo contrario. Por ejemplo, en las fiestas ahora parece que hay que traer camiones enormes y muchas otras cosas para disfrutar, pero antes teníamos simplemente unos músicos que venían a tocar y nos lo pasábamos muy bien bailando y sin hacer botellón en medio de la plaza. Éramos felices jugando a la pelota, a la comba o a los tres navíos.

—Y usted, ¿considera que ha tenido una vida feliz?
—Yo sí. No me quejo de nada de lo que he vivido. Me han pasado cosas, he perdido a mi marido muy joven y a seres queridos, pero aparte de eso he trabajado muy agusto y he vivido muy bien. He disfrutado mucho de mis hijas y de mis nietos porque han estado mucho en mi casa y he podido jugar mucho con ellos. Ahora tengo una invalidez que me impide andar y me hace estar en silla de ruedas, pero estoy contenta porque estoy en la residencia de Sepúlveda y cerca de mi familia que me quiere y de la gente junto a la que he vivido los más de cincuenta años que he estado en Sepúlveda.
—¿Hay algún sueño que tenga pendiente?
—Nada más que mis nietos consigan un buen trabajo y sean felices. Y mis hijas que también sean felices. No aspiro a más.
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Por Marcos García de Blas
