Quiero señalar que un factor importante y aglutinante de la relación entre pintores de dentro y fuera de Segovia se fraguaba en la tienda, casi escondida, que un singular personaje apodado Puchero tenía en la calle Real.
Puchero -pájaro solitario- anidaba en un pequeño habitáculo de la calle Real en el que apenas cabía un saco de cacahuetes, su pequeña figura y un roedor de turno. Durante años fue cita obligada de todo artista o aficionado a las bellas artes, de paso, o vecina de la ciudad. A esta tienda se acercaban los pensionados, quienes nada más llegar a Segovia, informados por los compañeros de anteriores promociones se acercaban a conocer a su peculiar dueño. Recuerdo algunos de ellos con los que trabé amistad, especialmente: Enrique Gran, Juan romero, Agustín de Celis o Manuel Alcorlo, éste último autor de dos estupendos retratos de Puchero que presidían las paredes de la estancia. Puchero fue modelo de algunos pintores locales y su decisión de dedicarse a la pintura fue originada por el retrato que un conocido pintor segoviano le hizo, ante el que dijo que aquello le parecía muy sencillo y que él lo haría mejor. Ahí comenzó la vocación. El trato con los pintores pensionados del Paular y los artistas segovianos, que iniciaban su aventura plástica, aumentó el interés por la pintura que comenzó por casualidad, continuó como vocación y terminará en locura…
