El azar quiso que el pasado fin de semana me cruzara, separado por escasos minutos, con Eduardo Juárez, cronista del Paraíso y viejo compañero del Imperio, y con José Luis Tardón, aunque estudiante en Maristas, jugador de Claret, porque sabía dónde estaba el talento. Al día siguiente, con José María Municio, árbitro eterno de nuestra juventud. Y de ahí, me entró la nostalgia y me puse a montar el mejor equipo de baloncesto posible, de lo que yo conozco, con jugadores formados en Segovia.
Como no abundan los hombres altos, jugaría con un solo pívot. Pensé en Ernesto Martínez y Emilio Herranz, pero Ernesto jugaba más por fuera pese a sus 2,12 y Emilio tenía unas rodillas demasiado frágiles; si no… Así que me quedo con Juan Herrero, el más consistente.
En el puesto de alero fuerte no hay debate: Juanjo Miguel Pérez. Fino, fuerte, con talento y de los que siempre, siempre, hay que tener en el vestuario.
La duda estuvo atrás: ¿dos bases y un alero, o un base y dos aleros? Si son dos bases, elijo a César Gómez y Pedro Rivero, dejando fuera a Porfi Fisac y, con gran dolor, a mi ídolo de infancia, Javier Peñas. César, para mí, es el mejor jugador que ha dado Segovia: inteligente y sensato, con 18 años jugaba fases de ascenso a ACB… pero decidió dejarlo para estudiar la oposición a Inspector de Hacienda y pasarse al lado oscuro. Se lo perdono porque es mi amigo, pero cuánto baloncesto nos robó. Pedro fue durante años el jugador más fiable de la LEB Oro, pero si solo entra uno, juega César.
Y de aleros, Sergio Mingorría y Juan Carlos Manrique. Ambos bajitos y de poco peso, pero el primero con un talento absoluto, rápido y completísimo en ataque y defensa; y el segundo, un anotador compulsivo con un tiro finísimo. Si jugara con dos bases -lo siento, Juan Carlos- creo que jugaría Sergio.
De los que juegan ahora, me quedo con César Cuesta y Javi Barroso. Aún no titulares porque, aunque sean demasiado buenos, aún son demasiado jóvenes y les queda recorrido para desbancar a alguno de los anteriores, aunque lo tienen difícil.
Eso sí, el entrenador sería yo. Y no cambiaría ese banquillo por ningún otro.
